Tarde En El Verano

—Capítulo 7—

ALFRED.

(PASADO).

Nunca en toda mi vida había sentido tanto coraje hacía alguien, y no porque no tenga un modo de ser amable, sino que nadie me evadía tanto como lo ha hecho ella.

Lo único que me queda hacer es esperar, esperar, dicen que sana, que cura y que remedia los males. Al menos es una buena frase barata donde desplazamos la justificación al tiempo, a lo divino, a la suerte misma y a lo único que se debe esperar es a que la notificación de transferencia exitosa se haya realizado.

Cierro los ojos en el transcurso de ida al colegio, dicen que se debe resolver y estoy a punto de hacerlo, eso es lo que debemos hacer los hombres, nada de tener el complejo de poncio pilatos, lavarnos las manos y ser hombres tibios, no hay peor pecado que no tener las suficientes agallas para hacer lo que realmente nos dicta el alma sino lo que otros piden que hagamos para no provocar una inconformidad ajena.

Cuando bajo del autobús mi chofer ya me esta esperando dispuesto a llevarme a casa, subo y no evito sonreír cuando lleva una de mis melodías favoritas, “Caballo negro”, tengo algo que me genera paz que son el sonido de las guitarras al son del flamenco, dan vida, dan paz, relajan y te hacen expandir la mente y como lo mencione, la idea me llega en el momento. Gracias a mis padres se que puedo hacer lo que me plazca y el mundo ha de obedecer mis ordenes, me he codeado con la crema y nata de la sociedad desde antes de estar en el vientre de Zinaida Black.

Y lo fui todo desde que en mi acta de nacimiento obtuve el apellido Cromwell. Que mayor deseo se puede tener, dicen que elegimos a nuestros progenitores, pues desde entonces he sido un buen elector de decisiones.

Arribo a la mansión de mi madre ubicada en Mayfair.

—Llegaste, creí que irías con tu padre. —dice la mujer que sostiene una copa de vino blanco y un cigarrillo. Mientras las perlas que carga en el cuello reflejan la luz de los candelabros.

—creía lo mismo hasta que la lluvia cambio mis planes. —me acerco y le beso la mejilla.

Me mira con esos ojos azules que hielan a cualquiera de sus hombres de seguridad o quien quiera que ella quiera atemorizar.

­—Me alegro por ello, —me sonríe finalmente, no suele hacerlo con frecuencia, de hecho, el temperamento lo herede de ambos, y efectivamente ambos son terribles, así que no juzgan el mío, — ¿quieres hablar de algo antes de ir a cenar?

Algo que siempre he aprendido de ellos, es que pueden atormentar el mundo que los rodea, pero si quieren a alguien bajan su armadura. Le cuento mi día y escucho el de ella.

En la mañana siguiente al despertar me siento sobre la destendida cama y me preparo para el nuevo día, me dirijo a la sala donde permanecen las joyas familiares y tomo un reloj, totalmente clásico, me coloco mi anillo sello y la cadena que nunca me quito.

Al salir no veo a mi madre por lo que me marcho sin necesidad de que alguien tolere mi mal humor.

En los pasillos del B college, espero a mi próxima víctima, lamentablemente.

—Señor Cromwell, que placer verle. —me tiende la mano y la acepto con un fuerte apretón.

—Señor Nichols. espero que tenga un momento para mí.

Me mira con escepticismo.

—No me sonó a pregunta.

Y pro primera vez en el día alguien me hace sonreír, de manera irónica pero sonrisa la fin de cuentas.

—Es que no lo es.

Resopla algo y me indica que lo siga.

—¿Qué desea? — se sienta sobre su silla de cuero pulido, estableciendo esa postura como si tuviera el poder aquí.

—Más que un deseo, es un… aviso, tal vez. —me acomodo la corbata color marino. —quiero un cambio al aula 345, de séptimo.

El hombre suelta una risa, que me hace tronar los oídos.

—¿ocurre algo?

—tal cambio no se puede, estamos en exámenes, y sin mencionar que aquí las reglas se respetan, ¿no le enseñaron eso en todos sus anteriores años en Eton?

—No es un permiso, ya mencioné eso, es algo que quiero y lo obtendré. —sonrío, —mis años en Eton, lo avalan.

—peca de soberbia.

—No sabía que era sacerdote, y no lo niego, —lo miro con indiferencia, — espero ver mi nombre en las listas de las próximas clases de esa aula.

—creo que no…

Trueno mi cuello, al escuchar esa jodida palabra.

—Yo creo que sí, no queremos que Sir H. se involucre en esto, sabemos como se pone.

Me doy la media vuelta y avanzo un par de pasos.

—El cambio se autorizó. —dice el hombrecillo.

Sigo mi avance y en los pasillos de este histórico lugar me encuentro con una amiga.

—¿Alfi en problemas? — se acerca a mí, —no lo creo.

Me peino con las manos y la miro con detalle.

—No lo creas entonces.

Sonríe y me pone sus manos sobre el pecho.

—eres brutal.

Me jala hacía ella y me besa. Camino hacía atrás y entramos al salón de música.

El beso tiene su toque, como siempre.

No es uno de los que son cursis, no, es uno de los que te hacen voltear la cara y pensar que asco, solo porque no eres tú quien se lo esta dando. Algo brilla y cuando vuelvo la mirada a ese punto veo un saxofón, lo que me hace voltear la cara y alejarme de Sylvia.

—¿Qué te ocurre?

—Nada, solo es que estamos en la escuela.

—y ¿desde cuándo eso te preocupa?

—desde hoy.

Salgo dejándola sola, y es que una de las cosas que descubrí de la irreverente de Rebecca es que le apasiona tocar el saxofón, verlo dentro de la sala me la trajo a la mente. Y lo odio.

Hola, volvimos, sucedió que mi computadora se descompuso, hasta hace poco tuve otra y lo peor de todo fue que lo que llevaba avanzado del libro se borró por suerte creo tener buena memoria y aquí estamos de vuelta. espero que les guste y nos estaremos viendo muy seguido por aquí. les agradezco, cuidense y amense. :)




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