REBECCA.
(PASADO).
Avanzo con mi querida detective Cox, mientras el viento nos mueve el cabello, es fácil sonreír con ella a mí lado, es fácil hablar de cualquier tema por más insignificante que lo parezca, no tenemos algún secreto de la otra, si algo puedo decir es que somos amigas de las que harían un pacto de sangre y encubrirían un hecho poco moral y ético de la otra.
—Scott, es lindo. —dice con voz chillona cuando ve que no dejo de fastidiarla.
—Sí claro, es un torpe que tiene sentido del humor.
—claro, me encanta que sea tímido cuando no se siente en super confianza.
—eso dices tú. Pero ambos sabemos que cuando no quiere serlo se comporta como un ser detestable.
—por suerte le caemos bien.
Al llegar al aula todo cambia, un estornudo surge de mi cuerpo como si hubiera inhalado tres aspiradoras llenas de polvo.
Como si hubiera estado conteniéndolo desde hace años, es ruidoso, y sobre todo inusual en mí, pues no padezco de alergias y pocas veces suelo enfermarme de gripa. ¿Qué lo pudo provocar? No tengo idea, solo sé que hasta pude haberme partido una costilla con el esfuerzo.
Y la sonrisa del hombre mas detestable a mis ojos aparece. Como si nada le afectara.
—Señoritas. —dice con un tono de burla que me dan ganas de arrancarle los dientes yo sola, uno a uno, con paciencia y demasiada satisfacción.
Pero es la voz de Sylvia la que me saca de mi turbación.
—¿Alfi?
Pregunta con gran asombro.
Cox se sonroja y aprieta los dientes para evitar reír como una ardilla que ha consumido algún tipo de drogas.
Scott se rasca la cabeza y se mete el dedo pulgar a la boca para mordisquear la uña.
Y yo, no sé ni que es de mí en ese momento hasta que llega el profesor de física.
—Buenos días señores y señoritas.
Avanzo a mi lugar y saco en fingido orden mi material de estudio. De esas ocasionas que ralentizas cada movimiento, como si la plumilla pesara diez kilos y te costará demasiado sostenerla.
Las siguientes dos horas participo más que nunca, rivalizo con Sylvia, y evito enfocarme en el sonido molesto de una risita que zumba detrás de mí. Es como el ligero zumbido de un sancudo, casi indetectable, pero sabes que está produciéndolo y te causa molestia.
Antes de terminar la clase siento como me acarician mi cabello y eso hace que me vuelva de inmediato. Odio con todo mi ser que se me toque, es como si me apresaran las manos para no moverme.
—¿Qué haces? —digo molesta.
—llamando tu atención, ¿funciona?
—déjame en paz. —sé que no es normal mi reacción, sin embargo, odio definitivamente este tipo de tacto.
—aún no, apenas me comienzo a divertir.
—basta.
—me gustaría invitarte a salir.
—no puedo, soy una mujer ocupada.
—no importa, podemos establecer un horario, me ajusto a lo que mandes.
—no salgo con desconocidos.
—no lo somos.
—no salgo con compañeros de clase.
—no, lo tuyo es hablar con los jodidos. —responde con fingido desinterés, su ceja curveada y el gesto serio me lo dicen.
—¿de qué hablas?
—del imbécil que nos mira, ¿cree que porque te presto el paraguas tiene poder sobre ti? —se ríe, — lo que no sabe es que estaba practicando para su futuro trabajo. ¿quiere una propina a caso?
—de que hablas.
—es un jodido becado.
Dice con suficiencia. Soy detestable, pero con los de mi clase, jamás con los que no me han hecho ningún mal. Y menos si les debo un favor, aunque sea mínimo.
—déjalo en paz, no tiene nada que ver en esto.
—lo defiendes, haberme dicho que prestarte un jodido paraguas era lo que necesitabas. —cruza sus manos sobre su pecho, dejando ver su reloj de cuero y el anillo que me dice quien es.
—imbécil. —me volteo de nueva cuenta al frente.
No soy de usar malas palabras, pero se lo merece.
—que no te sorprenda que mañana no este aquí.
—anda, compruébame porque no mereces que te hable ni un minuto más.
Me pongo de pie y salgo del aula cuando el profesor lo hace.
ALFRED.
Camino hacia Cox, que está entablando una conversación muy sonrojada por lo visto con mi colega Scott. Y por alguna razón siento que deberé hablar con él, se ve que Rebecca le tiene demasiado afecto a ella y como deseo tener su afecto el cuidado mental y sentimental de su amiga recae sobre mí.
—habla… —le digo a ella. Me gusta ser directo con lo que quiero.
—eres un imbécil. —se burla de mí.
—¿por? —respondo ofendido.
—si algo odia ella es que ataques a alguien injustamente, como lo hiciste hoy con el chico de la lluvia.
—y por ello soy un imbécil. —sigo molesto, odio las faltas hacía mi persona.
—sí y porque tienes novia, odia a los infieles. Y digamos que te ha visto con muchas.
—no tengo novia.
—a no, ¿y Sylvia?
—amiga con derechos, y antes de que preguntes las otras son solo citas.
—ella odia todo eso. Se hace la ruda, pero la monogamia es lo suyo.
No digo nada y espero a que Ariadne suelte más información, aunque decide que se quedará en silencio.
—habla.
—no quiero, Alfi.
—que hago para convencerla.
—nada. Eso sería lo ideal. Pero eres torpe y lo seguirás intentando.
La miro mal.
—ni me mires así, que, si te odió por el chico paraguas, por mí es capaz de descuartizarte con sus propias manos. Tú sabrás. —me siento tomado de…
Tuerzo la boca con ese comentario.
—alguien desequilibrando a Alfred Cromwell. Maravilloso. —dice el somnoliento de Scott.
Si alguien me quisiera decir que me está sucediendo se lo agradecería con el maldito alma, no es posible que una persona se te clave tanto solo por un par de palabras, un movimiento rudo y una altanería indescriptible. Es tonto, casi casi ficticio, pero es realidad, porque lo estoy viviendo en carne propia. Y lo odio. Pero a su vez me gusta.