Tarde En El Verano

—Capítulo 9—

REBECCA.

(PRESENTE).

Al llegar a casa tiro mi bolso y de ella se desparrama lo que cargaba en su interior, al igual que mis ojos inundados de lágrimas, suelto la primera y después una horda me invade.

El ventanal abierto hace que el viento de mayo me abrace, el silencio inunda el Pent House y el arreglo floral de hortensias y rosas me hacen estremecer.

Pensar en lo que pudo ser, siempre me va a atormentar, debido a que muy en el fondo siempre quise eso.

Ahora miro a mi alrededor y no hay nadie, la vida, el trabajo, la rutina, la costumbre, no me permitió explorar a más, cerré puertas y ventanas y me quedé dentro yo sola.

No me permití más, porque no lo creí merecer.

Tomo mi celular y envió esa solicitud, porque sí, después de años me elimino.

Me siento en la sala y espero, porque me pesa el que no suceda. Así que alejo el aparato lo mas que puedo de mí como si fuera radioactivo, como si tuviera 18 otra vez.

A Cromwell.

Hola.

La notificación me hace saltar del sofá.

Bee Bélanger.

Hola.

A.Cromwell.

No se que decir.

Bee Belánger.

Siempre tienes algo que decir.

A.Cromwell.

Es verdad, estabas hermosa hoy, Bee.

Ese ceño fruncido sigue dándote el toque.

Bee Belánger.

Que gracioso.

A.Cromwell.

A la orden.

Y de nueva cuenta me tienes dando el primer paso,

es irónico que algunas cosas no cambien.

Por ello me atrevo a preguntar ¿mi ratón ya se cansó de jugar?

Sonrío al recordar nuestras palabras, “parecemos gato y ratón, siempre uno siguiendo al otro y el otro huyendo porque le aterra la persecución”.

Bee Belanger.

Que no se pierdan las costumbres.

Y respondiendo a tu pregunta, sí, el ratón se ha cansado.

Ha corrido mas de la cuenta, por lo que me atrevo a preguntar, ¿el gato sigue tras de él? Porque he notado que desde un buen tiempo no he escuchado sus agiles pasos detrás del ratón.

No me responde, pasan dos minutos, cinco, diez, me quedo en el limbo, me quedo viendo las consecuencias de mis actos, merecidos lo sé, en la final no solo sufrió él sino yo también, el daño fue por parte y parte, nunca se justificó, y siempre he creído que, aunque las justificaciones solo son excusas, a veces nos dan paz, nos hacen ver algo más, y es ahí donde uno desea que hacer con lo que se tiene, y finalmente mi celular suena. Es una videollamada.

Nos miramos, no nos decimos nada, solo viéndonos.

—hice una pregunta, señor. —rompo el silencio, con poco temple como siempre y digamos que mi dureza al hablar siempre le provocó algo.

Sonríe y veo como los ojos le brillan, como se le achinan cuando lo hace de buena manera, cuando no hay maldad en sus acciones, no hay soberbia y se permite ser él. Cuando se convierte en mío, cuando se que hay completa vulnerabilidad en su ser y el poder absoluto de romperlo como una vil rama seca.

—este gato, aunque cansado, siempre irá detrás de ese ratoncillo veloz y astuto.

Ahora la que sonríe soy yo.

—pues creo que la velocidad ya no es su fuerte. Lo noto cansado sin atisbo de adrenalina.

—te dije que algún día ocurriría. El ratón vendría al gato.

Asiento y las lagrimas me brotan.

—¿todavía se puede?

—todavía se puede, mi belleza.

Las lagrimas me brotan, no las puedo detener. Y es que en este punto la historia de ambos viene a mí, viene como un fantasma de la navidad, el pasado, siempre nos dicen que debemos enfocarnos en el aquí y el ahora, pero es el pasado los que nos condena y el que nos impulsa, es nuestro y de nadie más, es lo único que se tiene con certeza. Es la raíz de todo incluso del futuro.

—¿en verdad?

—en verdad, cariño, si hay alguien que me puede moldear a su antojo eres tú. Así que adelante. —siempre tuvo esa certeza, y en el fondo siempre lo supe.

—Ajá, si odias seguir ordenes, las únicas que sigues son las que te dice el hombre frente al espejo. —lo tiento, mi pasatiempo favorito con él.

—tienes razón.

Me mira como siempre, los años han pasado; pocos, pero lo han hecho y ahora él ya es un hombre, esa barba cuidada, ese cabello bien peinado, ese vaso de whiskey en las rocas, ese gesto de un adulto cansado, los hombros caídos, porque esta relajado lo hacen ver como lo que es el hombre que prometió convertirse.

—los años te volvieron más guapo.

—y a ti no te quitaron lo atrevida. A decir verdad, nadie podría.

—y eso te encanta ¿o no?

—por supuesto.

Las miradas dicen mas que todo, siempre me miro como si tuviera dentro de mí todas las constelaciones y él fuera el más grande astrologo.

Como se ve al cielo cuando se tiñe naranja y nos promete un nuevo día, esperanza le llamó yo.

—Me sonrojas.

— me parece perfecto. Cariño, un pequeño placer que me concediste.

—¿entonces desayuno, almuerzo, comida o cena?

—todas las anteriores.

—vamos Alfred, tiene una agenda ocupada.

—¿agenda? Eso no existe ahora. Solo mi belleza de chica pidiéndome una cita.

—basta…

—No quiero.

—elige, entonces.




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