El olor a desinfectante industrial y a café recalentado siempre había sido el ancla de Ha-yun. En la sala de urgencias del Hospital Universitario de Seúl, el caos era una partitura que ella sabía interpretar a la perfección. Monitores cardíacos pitando en un compás frenético, el roce de las camillas contra el suelo de linóleo y las voces amortiguadas de los enfermeros componían su zona de confort. Allí, entre la vida y la muerte, todo era predecible. La ciencia no mentía; los cuerpos seguían reglas biológicas estrictas.
O al menos eso creía ella hasta las 3:14 de la madrugada de aquel martes de invierno.
La noche avanzaba con una calma engañosa. Ha-yun se ajustó la bata blanca, sintiendo el frío de la tela contra su cuello, e inhaló el vapor de su taza de papel. Sus ojos negros, fijos en el gran ventanal, observaban los primeros copos de nieve caer sobre los rascacielos de la ciudad. Una extraña opresión en el pecho, una punzada fría y aguda, la hizo detenerse. No era fatiga. Era algo más primitivo, como el presentimiento de un animal antes de la tormenta.
Entonces, las puertas automáticas de la ambulancia se abrieron de par en par con un estruendo que trizó el silencio.
—¡Código rojo! ¡Traumatismo severo por colapso, pérdida de conocimiento idiopática y arritmia refractaria! —gritó el paramédico jefe mientras empujaba la camilla a toda velocidad.
El equipo médico se movilizó por puro instinto, pero Ha-yun se quedó paralizada un milisegundo que pareció una eternidad. El hombre en la camilla no vestía como un paciente común. Llevaba un traje de alta costura, negro y gris, ahora manchado de una sustancia oscura que parecía ceniza. Su rostro era de una belleza aristocrática y severa, de facciones tan afiladas que parecían esculpidas en mármol, pero su piel lucía una palidez mortal. Su cabello, inusualmente largo y azabache, caía desordenado sobre la almohada.
—¿Identidad? —preguntó Ha-yun, recuperando la voz mientras corría al lado de la camilla, colocando sus dedos sobre la arteria carótida del hombre.
—Kang-dae —respondió la enfermera jefa, revisando los documentos que traían los escoltas en pánico que esperaban en la sala de recepción—. El director ejecutivo del Grupo Shinwha. Colapsó en su oficina sin previo aviso. La presión arterial está cayendo en picado.
"Kang-dae". Al pronunciar ese nombre mentalmente, un escalofrío violento recorrió la espina dorsal de Ha-yun. La temperatura de la sala pareció descender diez grados de golpe.
—Llévenlo al trauma uno. Preparen el desfibrilador y dos miligramos de epinefrina —ordenó, tratando de ahogar el temblor de sus propias manos.
Al entrar al cubículo, el monitor estalló en un pitido largo y continuo. El corazón de Kang-dae se había detenido.
—¡Iniciando RCP! —Ha-yun se subió a la tarima lateral, entrelazó sus manos y comenzó a presionar el pecho del hombre. Uno, dos, tres... El pecho de él se sentía rígido, extrañamente frío, como si guardara un invierno eterno en su interior. —¡Carguen a doscientos julios! ¡Fuera!
El cuerpo de Kang-dae se arqueó con la descarga, pero la línea en el monitor permaneció plana. Una línea horizontal, implacable.
—¡Otra vez! ¡Carguen a trescientos! ¡Fuera!
Nada. El sudor comenzó a perlar la frente de Ha-yun. Una desesperación irracional, que iba mucho más allá de su deber profesional, comenzó a asfixiarla. Sentía que si ese hombre moría, algo vital dentro de ella se apagaría para siempre.
—Doctora Yoo, ha estado en asistolia por más de cuatro minutos... —susurró el residente a su lado, con la voz apagada por la resignación.
—¡Cállese y cargue de nuevo! —rugió ella, con los ojos inyectados en sangre.
Apartó las paletas del desfibrilador y, en un acto de pura desesperación, desnudó sus manos quitándose los guantes de látex. Necesitaba sentirlo. Colocó la palma de su mano derecha directamente sobre la piel desnuda del pecho de Kang-dae, justo encima de su corazón detenido.
Y en ese instante, el mundo exterior desapareció.
No hubo un chasquido, sino una explosión silenciosa de luz y dolor que arrasó con los sentidos de Ha-yun. El hospital se disolvió. El olor a desinfectante fue reemplazado instantáneamente por el olor acre de la sangre fresca, el humo de las antorchas y el aroma a pino quemado.
Ya no estaba en una sala de urgencias iluminada con luces fluorescentes. Estaba de rodillas sobre la nieve pura, una nieve que se teñía rápidamente de un rojo carmesí espantoso. Llevaba un hanbok de seda blanca, desgarrado y cubierto de barro. El frío del suelo le calaba los huesos, pero el dolor en su pecho era mil veces peor.
Frente a ella, un hombre yacía de rodillas, con una espada atravesándole el costado. El diseño de su armadura oscura, con hilos de plata que formaban el emblema de la guardia real de la dinastía Joseon, estaba empapado en sangre. El hombre levantó la mirada con esfuerzo. Tenía los mismos ojos felinos, la misma línea severa de la mandíbula... Era Kang-dae, pero con el cabello recogido y la mirada cargada de una devoción agónica.
—Ha-yun... —la voz del hombre resonó en la mente de ella, un susurro roto que arrastraba el peso de siglos—. Huye... Tienes que vivir...
—¡No! —escuchó su propia voz gritar, pero no era la voz de la doctora del siglo XXI; era una voz rota por la pérdida de un amor prohibido—. ¡No te dejaré aquí! ¡Prometiste que cruzaríamos la frontera juntos!
Alrededor de ellos, sombras de soldados con antorchas se acercaban. El destello del acero de otra espada se alzó sobre la cabeza de ella. Kang-dae, reuniendo el último aliento de su vida, se interpuso, abrazándola contra su pecho mientras el golpe final caía sobre ellos. El dolor de la hoja cortando la carne no fue físico, fue espiritual.