Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 2: La marca del juramento

El sonido del cristal rompiéndose actuó como un disparo en la pequeña sala de trauma. Los fragmentos de la ampolla tintinearon sobre la bandeja de acero inoxidable, pero nadie se movió para limpiarlos. Los enfermeros y el médico residente miraban alternativamente el monitor cardíaco, que ahora registraba un ritmo perfectamente estable, y a la doctora Yoo Ha-yun, quien permanecía de pie contra la pared, pálida como un espectro y con la respiración entrecortada.

—Doctora Yoo… ¿se encuentra bien? —preguntó Min-woo, el residente, con la voz teñida de una profunda confusión—. Su mano… está sangrando.

Ha-yun bajó la mirada, aturdida. No se había dado cuenta de que, al dar el paso atrás, había rozado la bandeja metálica donde uno de los fragmentos de vidrio rotos se había alojado. Un hilo delgado y brillante de sangre corría por el dorso de su mano derecha, justo por encima de la palma que, segundos antes, había estado presionada contra el pecho de Kang-dae.

—Estoy bien —consiguió articular, aunque su voz sonó extraña, lejana, como si perteneciera a otra persona. Se presionó la herida con un trozo de gasa limpia, intentando desesperadamente que el dolor físico borrara las imágenes de la nieve, la espada y los ojos agonizantes del guerrero de Joseon—. Solo fue un rasguño. Registren los signos vitales del paciente y preparen su traslado a la Unidad de Cuidados Intensivos. Ahora.

Mientras el equipo médico reaccionaba, saliendo del estupor para acatar las órdenes, Ha-yun obligó a sus piernas a moverse. Evitó a toda costa mirar los ojos de Kang-dae. Sabía, con una certeza intuitiva que la aterrorizaba, que si volvía a sostenerle la mirada, el suelo bajo sus pies se disolvería de nuevo.

Salió al pasillo a zancadas rápidas, empujando la puerta batiente con el hombro. El aire del corredor, aunque viciado por el encierro del hospital, se sintió como una bendición en sus pulmones asfixiados. Se apoyó contra el mostrador de enfermería, cerrando los ojos.

«Es estrés. Alucinaciones por privación del sueño. Un brote psicótico transitorio», se repitió a sí misma, buscando desesperadamente una explicación médica, lógica y científica. Ella era una cirujana respetada en Seúl. Su mente estaba entrenada para la anatomía, la patología y la farmacología, no para fantasmas del pasado ni recuerdos de vidas que jamás había vivido.

Sin embargo, cuando apartó la gasa de su mano para revisar el corte, el corazón se le detuvo un instante.

La herida ya no sangraba. El corte superficial provocado por el vidrio se estaba cerrando a una velocidad anormal, dejando en su lugar una delgada línea rosada que adoptaba una forma extraña. No era una cicatriz común. Parecía el trazo sutil de un ideograma antiguo, una marca quemada en su piel que desprendía un calor tenue pero constante.

Antes de que pudiera procesar el pánico que amenazaba con devorarla, unos pasos pesados y apresurados resonaron en el pasillo.

Un hombre de mediana edad, vestido con un traje gris impecable a pesar de la hora, se acercó a ella flanqueado por dos guardaespaldas de hombros anchos. Su rostro reflejaba una mezcla de autoridad y una profunda y contenida angustia. Era el secretario Kim, la mano derecha del presidente del Grupo Shinwha.

—¿Usted es la médica a cargo? —preguntó el hombre, deteniéndose frente a ella y haciendo una rápida pero formal inclinación de cabeza—. Soy Kim Do-yoon. ¿Cómo está el presidente Kang-dae? Nos dijeron que sufrió un paro cardíaco.

Ha-yun tragó saliva, forzándose a recuperar su postura profesional. Enderezó la espalda y cruzó los brazos para ocultar el temblor de sus manos y la extraña marca en su piel.

—El paciente sufrió una arritmia severa que desencadenó un paro cardiorrespiratorio —explicó, manteniendo la voz lo más firme posible—. Estuvo clínicamente muerto durante casi cinco minutos. Sin embargo, logramos reanimarlo. Sus signos vitales son estables ahora, pero debemos realizar una serie de estudios neurológicos y cardiológicos de inmediato. Un colapso de esta magnitud en un hombre joven y aparentemente sano no es normal.

El secretario Kim exhaló un suspiro largo, como si le hubieran quitado un peso colosal de encima, pero sus ojos permanecieron sombríos. Miró a través del cristal de la sala de trauma, donde los enfermeros terminaban de acomodar a Kang-dae para el traslado.

—No es la primera vez —susurró el secretario, casi para sí mismo.

Ha-yun frunció el ceño, captando el comentario de inmediato. El instinto médico —y algo más oscuro y curioso— se encendió en su interior.

—¿A qué se refiere con que no es la primera vez? ¿Tiene antecedentes de cardiopatías? Su historial médico digitalizado no muestra nada de eso.

El secretario Kim miró a Ha-yun con detenimiento, evaluándola. Había una intensidad en la mirada de la joven cirujana que parecía exigir respuestas que él no estaba autorizado a dar. Tras unos segundos de tenso silencio, habló en voz baja, asegurándose de que sus guardaespaldas mantuvieran la distancia.

—El presidente Kang-dae no sufre del corazón, doctora Yoo. O al menos, ningún cardiólogo en el mundo ha encontrado un defecto físico en él. Pero cada año, exactamente en la misma fecha del calendario lunar, su temperatura corporal desciende a niveles peligrosos y experimenta dolores en el pecho que él describe como... «el frío de una hoja de metal». Esta noche fue la peor. Su pulso simplemente se apagó.

Un frío glacial recorrió las venas de Ha-yun. El frío de una hoja de metal. La espada atravesando su costado bajo la nieve.

—Eso... eso médicamente no tiene sentido —alcanzó a decir Ha-yun, aunque sus propias palabras sonaron huecas en sus oídos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.