Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 3: El precio del reencuentro

El amanecer sobre Seúl no trajo la luz, sino una niebla grisácea y densa que envolvía los rascacielos del distrito de Gangnam como un sudario. En el ala VIP del décimo piso, el silencio era tan espeso que el eco de los pasos de Ha-yun parecía agrietar los pasillos. Llevaba dos horas encerrada en el laboratorio de patología, mirando fijamente la pantalla del ordenador.

Los resultados de la analítica de sangre de Kang-dae no tenían sentido.

—No es posible… —murmuró ella, ampliando los gráficos de la estructura molecular.

Los marcadores cardíacos, que deberían reflejar el daño celular masivo de un órgano que estuvo detenido por cinco minutos, estaban intactos. Más que intactos: su actividad celular mostraba una tasa de regeneración mitocondrial que desafiaba cualquier tratado de medicina moderna. Su cuerpo no se estaba recuperando de la muerte; parecía estarse alimentando de ella.

Una mano se posó suavemente en su hombro, haciéndola saltar en la silla.

—Ha-yun, llevas veinticuatro horas de guardia. Tienes ojeras profundas y estás temblando —dijo el doctor Park Jin-woo, el jefe del departamento de cirugía y su mentor—. Deja que el equipo de cardiología se encargue del presidente de Shinwha. Ese hombre es veneno para los médicos. Despide un aura que paraliza a cualquiera.

—¿Tú también lo sentiste, Sunbae? —preguntó ella, volteándose con la mirada desorbitada.

Jin-woo suspiró, cruzando los brazos.

—El Grupo Shinwha no es solo un conglomerado financiero, Ha-yun. Es una dinastía familiar que se remonta a los terratenientes más oscuros de la era de Joseon. Corren rumores extraños sobre ellos. Dicen que cada tres generaciones, el primogénito nace con una enfermedad de la sangre que nadie puede diagnosticar, y que mueren jóvenes... o desaparecen sin dejar rastro. No te involucres emocionalmente.

—Ya es tarde para eso —susurró Ha-yun para sí misma, tocándose inconscientemente la cicatriz en forma de ideograma antiguo que ahora decoraba su mano derecha. La marca ya no dolía, pero pulsaba con un calor sutil cada vez que pensaba en él.

Decidida a terminar con la tortura de la incertidumbre, Ha-yun se puso de pie, se ajustó la bata y caminó con paso firme hacia la suite presidencial de la UCI. Necesitaba respuestas médicas. Necesitaba demostrarse que el hombre de la camilla era solo carne, hueso y delirios de grandeza.

Al llegar a la puerta, los dos guardaespaldas se tensaron, pero el secretario Kim apareció de la nada, haciéndoles una señal para que se apartaran.

—Está esperándola, doctora Yoo —dijo el secretario Kim, con una reverencia que pareció más una disculpa que un saludo.

Ha-yun tragó el nudo de su garganta, empujó la pesada puerta de madera insonorizada y entró.

La habitación era inmensa, iluminada solo por la tenue luz gris que se filtraba por el ventanal. Los monitores cardíacos emitían un pitido bajo y constante. Kang-dae no estaba en la cama. Vestido con un pantalón negro de seda y una camisa blanca semiabierta, estaba de pie junto al ventanal, observando la niebla de la ciudad. Su espalda era ancha, imponente, pero la forma en que sostenía sus manos detrás de ella evocaba una postura militar, una rectitud que no pertenecía a un empresario del siglo XXI.

Al escuchar el clic de la puerta, no se giró de inmediato.

—Sabía que vendrías —su voz arrastró una gravedad magnética que hizo que el aire de la habitación se volviera denso—. La marca en tu mano te trajo hasta aquí, ¿verdad, Yeon-woo?

—Mi nombre es Yoo Ha-yun —sentenció ella, forzando una voz dura y profesional mientras se acercaba con la tableta médica en la mano—. Soy su cirujana de urgencias. Y le exijo que se acueste inmediatamente. Su corazón se detuvo hace unas horas; que pueda estar de pie es un milagro estadístico que pone en riesgo su vida.

Kang-dae se giró lentamente. La luz de la mañana iluminó su rostro perfecto y pálido, pero lo que desarmó por completo a Ha-yun fueron sus ojos. No eran los ojos fríos de un chaebol despiadado; estaban inundados de una tristeza milenaria, un océano de dolor reprimido que amenazaba con desbordarse.

Se acercó a ella. Cada uno de sus pasos parecía congelar el suelo intermedio. Ha-yun quiso retroceder, pero su cuerpo se negó a obedecerle. El magnetismo era absoluto, casi físico.

—Puedes cambiarte el nombre, puedes vestir ropas extrañas y cortar tu cabello —dijo él, deteniéndose a escasos centímetros de ella, obligándola a levantar la mirada—. Puedes engañar a tu mente con palabras de ciencia, pero no puedes engañar a tu sangre.

Él levantó su mano derecha. Ha-yun ahogó un gemido. En el dorso de la mano de Kang-dae, exactamente en el mismo lugar que en la de ella, brillaba una cicatriz idéntica: el ideograma coreano antiguo para la palabra "Promesa".

—¿Qué es esto? —preguntó Ha-yun, con la voz quebrada, sintiendo que las lágrimas empezaban a nublarle la vista—. ¿Qué me hiciste cuando te toqué en la sala de urgencias? ¡Esto es científicamente imposible! ¡Yo no te conozco!

—Me conoces desde hace cuatrocientos años —respondió él, y por primera vez, su voz firme flaqueó, rompiéndose por la emoción—. Me conoces desde el día en que tu padre, el consejero real, te prohibió mirarme porque yo era solo el comandante de la guardia. Me conoces porque moriste en mis brazos bajo la nieve de la frontera, con una espada atravesando mi pecho y otra cortando tu garganta.

—¡Basta! ¡Cállese! —gritó ella, dejando caer la tableta médica, que impactó contra el suelo con un chasquido sordo—. ¡Son alucinaciones! ¡Sufrió una hipoxia cerebral debido al paro cardíaco! Su cerebro está creando falsos recuerdos para llenar el vacío de los cinco minutos que estuvo muerto.




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