Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 4: El veneno de la eternidad

El tiempo pareció dilatarse, fragmentándose en una sucesión de instantes hiperrealistas y aterradores. El filo de la daga avanzaba en una trayectoria perfecta hacia el pecho de Ha-yun, cortando el aire con un silbido agudo. Ella no podía moverse; el miedo había transformado sus músculos en piedra, pero sus ojos de cirujana registraron cada detalle: la empuñadura de bronce desgastado de la mítica daga, las runas oscuras grabadas en el metal y la fría determinación en la mirada del asesino.

Entonces, el espacio entre la vida y la muerte se colapsó.

Kang-dae no usó una técnica de defensa personal moderna. Con un movimiento felino y ancestral, interceptó el brazo del atacante. El impacto de sus huesos al chocar resonó en la habitación como un madero rompiéndose. Con la mano izquierda, Kang-dae aferró la muñeca del agresor, mientras que con la derecha presionó un punto de presión en el cuello de este.

La fuerza de Kang-dae era inhumana, pero el atacante no emitió un solo gemido de dolor. En lugar de eso, soltó una carcajada ronca, siseante, que helaba la sangre.

—Es inútil, General —escupió el hombre de la gabardina, cuyos ojos, de cerca, no tenían pupilas, sino una neblina grisácea y lechosa—. Tu fuerza pertenece a un mundo que ya no existe. El veneno de la herida ya está reclamando tu alma.

Ha-yun ahogó un grito al ver el pecho de Kang-dae. Del corte que el asesino le había infligido segundos antes, no brotaba la sustancia roja de la vida, sino un fluido denso, casi negro, que desprendía un vapor gélido. La piel alrededor de la herida comenzaba a necrosarse a una velocidad alarmante, tornándose de un gris ceniza que se extendía como venas de tinta por su torso esculpido.

—¡Kang-dae! —el nombre salió de los labios de Ha-yun cargado de una desesperación que ella misma no lograba comprender. No era la voz de la doctora Yoo protegiendo a un paciente; era el grito desgarrado de una mujer que veía al protector de su alma desmoronarse.

Kang-dae apretó los dientes, una línea de sudor frío corriendo por su sien. Ignorando el dolor agónico que crispaba sus facciones, utilizó el peso de su propio cuerpo para estampar al atacante contra el gran ventanal. El vidrio de seguridad de la suite VIP crujió, dibujando una telaraña de fracturas blancas.

—Fuera de mi vista —rugió Kang-dae, su voz resonando con un eco grave, casi divino.

Con un empuje final, desarmó al agresor, haciendo que la daga cayera al suelo con un tintineo metálico. El asesino, al verse superado en fuerza bruta, dio un salto hacia atrás con una agilidad sobrenatural, deslizándose hacia la puerta que daba a la terraza de escape. Antes de desaparecer en la niebla matutina de Seúl, miró a Ha-yun y susurró unas últimas palabras que quedaron flotando en el aire como una maldición:

—La luna de sangre se alza en tres días, Yeon-woo. Si él no muere, tú arderás. El destino no acepta sustitutos.

La puerta se cerró de golpe, y el silencio regresó a la habitación, interrumpido únicamente por el pitido desbocado del monitor cardíaco.

Kang-dae se tambaleó. La altivez militar y el aura de poder que lo envolvían se evaporaron de golpe. Cayó de rodillas sobre el linóleo, apoyando una mano en el suelo para no colapsar por completo. Su respiración era un silbido asmático, doloroso; el humo negro seguía brotando de su pecho, y la palidez de su rostro era la de un cadáver.

El instinto médico de Ha-yun, sepultado por el pánico, reaccionó con la fuerza de un resorte. Olvidó las profecías, olvidó los asesinos con ojos de niebla y corrió hacia él, dejándose caer de rodillas a su lado.

—¡Kang-dae! Mírame, quédate conmigo —ordenó, colocando sus manos sobre los hombros del hombre para sostenerlo. Al tocarlo, el frío que emanaba de su piel casi le quema los dedos. Era como tocar un bloque de hielo flotando en un río ártico.

—Huye… —alcanzó a susurrar él, con los ojos entreabiertos, fijos en ella—. Si te quedas aquí… te arrastraré a mi tumba otra vez…

—Cállate. Soy tu médica, y no permito que mis pacientes mueran dos veces en la misma noche —declaró ella, con las lágrimas desbordando sus ojos, nublándole la vista.

Con manos temblorosas, Ha-yun arrancó los botones restantes de la camisa de Kang-dae para inspeccionar la herida. Lo que vio la dejó sin aliento. No era una infección bacteriana, no era un veneno químico conocido. Las venas negras que se extendían desde el corte formaban un patrón intrincado, casi como raíces de un árbol maldito que buscaban envolver su corazón. La ciencia de su mente le decía que ese hombre debería estar muerto; la lógica le gritaba que corriera a buscar ayuda.

Pero cuando estiró la mano hacia el carrito de curaciones, los dedos largos de Kang-dae, débiles pero firmes, le apresaron la muñeca derecha. Específicamente, presionó la zona donde se encontraba la marca rosada con forma de ideograma antiguo.

En el momento en que sus marcas entraron en contacto, una vibración violenta sacudió los cuerpos de ambos.

Ha-yun cerró los ojos con fuerza, atrapada en un nuevo torbellino de recuerdos flotantes. No fue una visión larga, sino un destello de pura emoción: la sensación de la mano de este mismo hombre entrelazada con la suya mientras corrían por un bosque oscuro, el sonido de flechas silbando a sus espaldas, y la certeza absoluta de que prefería morir a su lado que vivir una eternidad sin él. El amor que sentía en esa visión era tan vasto, tan devastadoramente puro, que al abrir los ojos en el presente, el pecho le dolió de una forma física.

Miró a Kang-dae. Él la observaba a través de la neblina de su propia agonía, con una devoción tan profunda que desarmaba cualquier defensa que ella hubiera construido.




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