Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 5: La jaula de cristal y niebla

El despertar de Ha-yun no tuvo la ligereza del descanso, sino la pesadez de quien emerge de un desierto de cenizas. Lo primero que recuperó fue el sentido del olfato: ya no había rastro del ozono ni del desinfectante clínico del hospital. En su lugar, el aire era denso, impregnado de un aroma místico a madera de sándalo, lluvia reciente y el frescor silvestre de los pinos de montaña.

Abrió los ojos de golpe, el corazón dándole un vuelco salvaje.

No estaba en el hospital. Tampoco en su pequeño y caótico apartamento del distrito de Mapo. Se encontraba recostada sobre una inmensa cama con dosel, envuelta en sábanas de una seda gris tan suave que parecía flotar sobre la piel. El techo, cruzado por imponentes vigas de madera oscura y pulida, evocaba la arquitectura tradicional coreana, pero las paredes eran de un cristal templado colosal que revelaba un paisaje sobrecogedor: una cadena montañosa devorada por una niebla espesa y perpetua, donde la civilización parecía un mito lejano.

Se incorporó rápidamente, sintiendo un leve mareo. Al mirarse las manos, descubrió que ya no vestía su uniforme médico; alguien la había cambiado a un camisón de lino blanco, sencillo y limpio. La cicatriz en su mano derecha —el ideograma de la Promesa— lucía ahora como una línea plateada y apagada, pero completamente integrada a su piel.

—¿Despertaste?

La voz, profunda y aterciopelada, llegó desde un rincón en penumbra de la inmensa habitación.

Ha-yun giró la cabeza con violencia, descalzándose en el acto y pegando la espalda a la cabecera de la cama en un gesto de pura defensa. Allí, sentado en un sillón de cuero negro que contrastaba con el entorno rústico, estaba Kang-dae. Vestía un suéter de lana oscura que ocultaba sus heridas, y sostenía una taza de porcelana entre sus dedos largos. Su mirada, fija en ella, arrastraba una mezcla indescifrable de alivio y una posesividad silenciosa que congeló el aire.

—¿Dónde estoy? —la voz de Ha-yun sonó ronca, rota—. ¿Qué es esto? ¡Exijo que me devuelvas a Seúl ahora mismo!

—Estás en mi residencia de la montaña Taebaek —respondió él, sin alterar el tono, dejando la taza sobre una mesa lateral con un clic seco—. Y no vas a regresar a Seúl, Ha-yun. No por ahora.

Ha-yun sintió que la indignación y el pánico se mezclaban en su pecho, creando un cóctel explosivo. Saltó de la cama, ignorando el frío del suelo de madera bajo sus pies descalzos, y avanzó hacia él. La distancia entre la doctora racional y la mujer atrapada en una fantasía de época se había evaporado.

—¿Me secuestraste? —le espetó, con los ojos inyectados en rabia y lágrimas contenidas—. ¡Soy una cirujana en un hospital público! ¡Mi equipo me está buscando! ¡La policía te va a rastrear, no importa cuán poderoso sea tu maldito conglomerado! ¡Esto es un delito!

Kang-dae se puso de pie con una lentitud calculada. Su altura y la anchura de sus hombros parecieron absorber la poca luz que entraba por el ventanal. No dio un paso hacia ella, respetando su espacio, pero su sola presencia física era una barrera infranqueable.

—Para el hospital y para el mundo exterior, la doctora Yoo Ha-yun sufrió un colapso por exceso de trabajo tras salvar al presidente del Grupo Shinwha —declaró con una frialdad ejecutiva que helaba la sangre—. Estás bajo una licencia médica pagada y protegida en una clínica privada de mi propiedad. Nadie te está buscando, Ha-yun. Tu registro está limpio. Te saqué de allí porque era el único modo de mantenerte respirando.

—¡No tenías derecho! —gritó ella, frustrada por la red perfecta que él había tejido a su alrededor—. ¡Tú estás loco y pretendes arrastrarme a tu maldita locura! Lo que pasó en esa habitación… ese hombre del cuchillo… fue un ataque terrorista, un ajuste de cuentas de tus enemigos corporativos. ¡La policía debió encargarse!

—¿La policía? —Kang-dae soltó una risa seca, carente de cualquier pizca de humor. Dio un paso al frente, acortando la distancia, obligando a Ha-yun a sostenerle una mirada que quemaba—. ¿Le habrías dicho a la policía que mi sangre era negra y humeante? ¿Les habrías explicado que tu herida se cerró sola y que la tuya curó mi necrosis con solo tocarme? ¿Habrías puesto en el informe policial que el asesino se movía a una velocidad que rompe las leyes de la física y que sus ojos eran de niebla?

Las palabras de Kang-dae cayeron como bloques de cemento sobre la lógica de Ha-yun. Intentó abrir la boca para refutarlo, para encontrar una explicación patológica, una toxina, un alucinógeno colectivo, pero la memoria de su propia sangre hirviendo sobre el pecho de él la silenció. Su mente científica la estaba traicionando porque los hechos no encajaban en ningún libro médico.

—No fue un asesino corporativo —continuó Kang-dae, su voz suavizándose, tornándose dolorosamente íntima—. Son los Cazadores del Velo. Una secta de almas malditas que juraron ante el primer emperador de Joseon que nuestra línea de sangre jamás debía completarse. Ellos provocaron mi paro cardíaco a la distancia, y cuando mi pulso se apagó, mi alma tiró del hilo rojo. Te busqué en el umbral de la muerte, Yeon-woo. Y tú respondiste.

—¡Deja de llamarme así! —suplicó ella, tapándose los oídos con las manos, retrocediendo hasta chocar contra el ventanal de cristal—. ¡No soy tu Yeon-woo! ¡No recuerdo nada! ¡Solo veo destellos, imágenes sueltas que me asustan! ¡Quiero mi vida de vuelta!

Al ver las lágrimas correr finalmente por las mejillas de la joven, la fachada de piedra de Kang-dae se desmoronó. La distancia que había mantenido por respeto se quebró en un segundo. Cruzó la habitación con zancadas firmes y, antes de que Ha-yun pudiera esquivarlo, la tomó suavemente por las muñecas, apartando sus manos de sus oídos.




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