Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 6: El rugido del acero y la ceniza

El estallido del cristal templado sonó como la detonación de una granada en el espacio confinado de la habitación. Millones de fragmentos transparentes volaron por el aire, brillando como diamantes letales bajo la lúgubre luz de la tormenta. El viento helado de la montaña Taebaek irrumpió con violencia, arrastrando jirones de esa niebla antinatural que olía a tierra mojada y a cripta olvidada.

Ha-yun no tuvo tiempo de gritar. La fuerza de la onda expansiva la habría lanzado contra el suelo si el secretario Kim no hubiera reaccionado con la velocidad de un felino entrenado, interponiendo su cuerpo y arrastrándola detrás de una columna de piedra que sostenía la estructura de la suite.

—¡Quédese abajo, doctora! —bramó Kim por encima del rugido del viento, levantando su arma con ambas manos.

A través de la cortina de nieve y vidrio pulverizado, las tres siluetas oscuras se materializaron. No caminaban; sus movimientos eran fluidos, casi flotantes, como si la gravedad no se aplicara a ellos de la misma forma que a los mortales. Vestían largas gabardinas que se agitaban con el vendaval, pero debajo de la tela se intuían armaduras de cuero tachonadas de la era Joseon. Sus rostros eran máscaras de una palidez grisácea, y sus ojos —desprovistos de iris o pupilas— brillaban con un fulgor lechoso que helaba la sangre.

—Kang-dae… —susurró Ha-yun, con el corazón golpeándole las costillas con tanta fuerza que sentía dolor físico.

El presidente de Shinwha no retrocedió ni un milímetro. De pie en el centro de la destrucción, con los pies descalzos firmemente plantados sobre los cristales rotos que extrañamente no lograban cortar su piel, sostenía la espada de plata con una mano. El arma emitía un zumbido vibrante, una nota musical aguda que parecía estabilizar el aire a su alrededor. El suéter oscuro que vestía comenzó a agitarse cuando un aura de calor invisible, una distorsión térmica, comenzó a emanar de su cuerpo.

—Han tardado cuatrocientos años en encontrar el valor para volver a enfrentarme —la voz de Kang-dae no fue un grito, sino un susurro cargado de un poder tan antiguo y soberbio que acalló el silbido del viento—. ¿Y solo envían a tres lacayos?

El Cazador del centro, cuya gabardina estaba rasgada revelando runas grabadas en su piel marchita, siseó. De las mangas de su abrigo se deslizaron dos espadas cortas, de metal negro y mellado, oxidadas por el tiempo pero letales.

—Tu poder está fragmentado, General —respondió el espectro con una voz que sonaba como el roce de hojas secas sobre una tumba—. Tu corazón la mitad en este siglo, pero tu alma sigue desangrándose en el pasado. Y ella… ella ni siquiera recuerda quién eres. Esta noche, el hilo rojo se corta para siempre.

Con una velocidad que desafió la percepción humana, los tres Cazadores se lanzaron al ataque de forma simultánea.

Lo que siguió ante los ojos de Ha-yun no fue una pelea callejera ni un asalto moderno; fue una danza de guerra coreografiada por la muerte misma. El secretario Kim abrió fuego, el estruendo de los disparos de su pistola de grueso calibre ensordeció la habitación. Las balas impactaron en el pecho del Cazador de la izquierda, abriendo agujeros en su abrigo, pero de las heridas no brotó sangre, sino un humo ceniciento. El espectro ni siquiera se detuvo; simplemente ladeó la cabeza y continuó avanzando.

—¡Kim, saca de aquí a Ha-yun! —ordenó Kang-dae.

Antes de que el primer enemigo pudiera alcanzarlo, Kang-dae levantó su espada de plata. El acero cortó el aire dibujando un arco de luz blanca tan brillante que cegó a Ha-yun por un segundo. El sonido del choque de metales —el acero de Joseon contra las hojas negras de los Cazadores— fue un trueno físico que hizo vibrar las paredes de la residencia.

Kang-dae se movía con una gracia devastadora. Bloqueó las dos dagas del líder, usó el pomo de su espada para destrozar la mandíbula del segundo atacante y, girando sobre sus propios talones, lanzó una patada lateral que mandó al tercer espectro a estrellarse contra los restos del marco del ventanal.

—¡Doctora, muévase! —el secretario Kim la tomó del brazo con firmeza, obligándola a levantarse.

Ha-yun, con las piernas temblando y la mente colapsada entre la realidad médica y el mito viviente que presenciaba, comenzó a correr hacia la puerta trasera de la suite. Sin embargo, antes de cruzar el umbral, una extraña pulsación en su mano derecha la hizo detenerse. La cicatriz en forma de ideograma comenzó a arder, no con un calor doloroso, sino con una advertencia desesperada.

Se giró.

El Cazador que había sido disparado por Kim se había recuperado con una rapidez sobrenatural. Había evadido el perímetro de Kang-dae y, arrastrándose por el techo como una araña humana, se descolgó justo detrás del presidente de Shinwha. En su mano derecha sostenía un dardo largo de madera negra, cuya punta goteaba el mismo fluido espeso y oscuro que casi mata a Kang-dae en el hospital.

—¡Kang-dae, cuidado detrás de ti! —gritó Ha-yun con todas las fuerzas de sus pulmones.

El grito de ella no solo alertó al hombre, sino que pareció desencadenar algo más. Al pronunciar su nombre con verdadera angustia, una barrera invisible pareció romperse en la mente de Ha-yun. Un nuevo latigazo de memoria la golpeó con la fuerza de un mazo: el mismo guerrero, rodeado por diez hombres en un callejón embarrado, y ella gritando desde un palanquín real para advertirle del asesino oculto en las sombras.

Kang-dae reaccionó al instante del grito. Sin mirar atrás, echó el cuerpo hacia un lado. El dardo envenenado rozó su hombro, rasgando el suéter y clavándose profundamente en el suelo de madera, donde el linóleo comenzó a burbujear y derretirse instantáneamente.




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