Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 7: El búnker de los espejos rotos

El búnker subterráneo de la residencia Taebaek no parecía el refugio de un magnate moderno, sino la fusión perfecta entre un quirófano de alta tecnología militar y una cámara secreta de la realeza ancestral. Las paredes eran de hormigón armado pulido, pero estaban cubiertas por hileras de vitrinas de cristal blindado que albergaban reliquias: pergaminos amarillentos, dagas ceremoniales y fragmentos de armaduras de la era Joseon. En el centro de la habitación, una mesa quirúrgica de acero quirúrgico relucía bajo una potente lámpara cialítica.

El secretario Kim depositó el cuerpo inerte de Kang-dae sobre la mesa. Su respiración ya no era un silbido, sino un estertor espasmódico que hacía que su pecho se sacudiera de forma alarmante.

—¡Ya tengo los suministros, doctora! —dijo Kim, con la voz entrecortada por el esfuerzo físico y la adrenalina, mientras dejaba caer sobre una mesa auxiliar una bandeja con gasas estériles, jeringas, soluciones salinas y un juego de suturas quirúrgicas de emergencia.

Ha-yun no perdió un solo segundo. El pánico que había sentido en la planta superior se transformó, por pura necesidad de supervivencia, en una concentración gélida y analítica. Se lavó las manos frenéticamente con alcohol antiséptico y se colocó unos guantes de látex que encontró en los estantes médicos del búnker.

—Corta el suéter. Necesito ver la magnitud del daño ahora mismo —ordenó, su voz resonando con la autoridad inquebrantable de una jefa de trauma.

Kim usó unas tijeras médicas para rasgar la prenda oscura. Ha-yun contuvo el aliento. La herida en el costado izquierdo de Kang-dae era un horror biológico. El corte, de unos diez centímetros de largo, no sangraba de forma convencional; los bordes de la piel estaban completamente carbonizados, de un tono negro azabache que desprendía un sutil pero constante hilillo de humo gris. Lo peor eran las ramificaciones: líneas de un violeta oscuro y necrótico se extendían desde la incisión hacia arriba, trepando por sus costillas como enredaderas venenosas, buscando desesperadamente el camino hacia su corazón.

—La necrosis se está expandiendo el triple de rápido que en el hospital —diagnosticó Ha-yun, su mente científica intentando calcular la velocidad de la falla orgánica—. A este ritmo, el veneno llegará a la base de la aorta en menos de veinte minutos. Su miocardio colapsará.

—¿Qué hacemos, doctora? ¿Le inyecto un choque de epinefrina o un antitoxina de amplio espectro? —preguntó Kim, con la jeringa en la mano.

—No. Los fármacos humanos no detienen una maldición de cuatrocientos años, Kim —sentenció Ha-yun, mirándose la palma de su mano derecha. La cicatriz con el ideograma de la Promesa latía de forma visible debajo del guante de látex, emitiendo un calor que perforaba el plástico—. Prepara una vía intravenosa con solución salina. Necesito mantener su volumen de sangre alto. Yo me encargaré del resto.

Ha-yun se despojó del guante de la mano derecha con un movimiento seco. Con una hoja de bisturí estéril, realizó un corte limpio y firme en su propia palma, cruzando exactamente el ideograma plateado. El dolor fue agudo, pero ella ni siquiera parpadeó. Una sangre roja, densa y cargada de una extraña luminosidad carmesí comenzó a brotar de su mano.

Se inclinó sobre Kang-dae. Con la mano izquierda le sostuvo la mandíbula, obligándolo a entreabrir los labios, y dejó caer varias gotas de su propia sangre directamente dentro de su boca. Luego, sin vacilar, presionó su palma abierta y sangrante con fuerza absoluta sobre la llaga negra y humeante de su costado.

El efecto fue inmediato y violento.

Kang-dae abrió los ojos de golpe, arqueando la espalda con una fuerza tan brutal que las correas de sujeción de la mesa de acero crujieron. Sus pupilas desaparecieron, reemplazadas por un destello dorado que iluminó el búnker. Un grito desgarrado, que combinaba la agonía física con un alivio espiritual profundo, escapó de su garganta.

—¡Sostenlo, Kim! —gritó Ha-yun, hundiendo más su mano en la herida, sintiendo cómo el veneno negro quemaba su propia piel, en una batalla celular y mística que se libraba en milímetros de carne.

Alrededor del búnker, las luces cialíticas parpadearon con violencia. Los cristales de las vitrinas que guardaban las reliquias antiguas comenzaron a vibrar, emitiendo un zumbido agudo. De repente, una ráfaga de viento invisible azotó el interior de la habitación cerrada, haciendo que los pergaminos históricos se agitaran dentro de sus estuches.

Pero Ha-yun ya no estaba en el búnker.

El contacto de su sangre con el veneno de los Cazadores abrió un portal directo en su subconsciente, un túnel del tiempo sin control. Su mente fue arrastrada hacia atrás, ya no en destellos difusos, sino en una secuencia continua, nítida y devastadora.

Era el año 1622. Una noche de eclipse lunar. El palacio real de la dinastía Joseon estaba en llamas. Ella corría por los pasillos de madera, vestida con un hanbok de seda real, con los pies ensangrentados. Detrás de ella, los gritos de los guardias siendo masacrados resonaban en la oscuridad. Su padre, el consejero real, la había traicionado, vendiéndola al enemigo para consolidar su poder sobre el trono.

—¡Yeon-woo! —la voz de un joven Kang-dae, vestido con la armadura oficial de la Guardia Real, rompió el estrépito de las llamas. Él apareció al final del pasillo, su espada de plata ya manchada de sangre rebelde.

Ella corrió hacia sus brazos, refugiándose en su pecho con una devoción absoluta. —General… mi padre… él envió a los Cazadores de Sombras. Nos han vendido.




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