La oscuridad en el búnker no era una simple ausencia de luz; era una entidad densa y gélida que parecía devorar el aire. El eco distorsionado de las mil voces unísonas seguía vibrando en las paredes de hormigón armado, dejando un pitido agudo en los oídos de Ha-yun. El tambor de guerra, sordo y constante, marcaba un compás que no aceleraba el pulso por miedo, sino por una resonancia atávica. Era el ritmo de la muerte que los perseguía desde hacía cuatro siglos.
—Kim, activa el sistema de energía neumática de emergencia. Eléctricamente estamos aislados —la voz de Kang-dae cortó la penumbra con la precisión de una cuchilla. No había pánico en él; la inminencia del desastre total había despertado por completo al general de la dinastía Joseon.
—Entendido, señor —se escuchó la voz a ciegas del secretario Kim, seguida por el sonido metálico de una palanca pesada siendo arrastrada en el fondo del búnker.
Con un quejido mecánico e hidráulico, una línea de luces LED de color rojo de baja intensidad se encendió a lo largo del suelo y el techo, tiñendo el búnker de un tono carmesí que evocaba la profecía de la luna de sangre.
Ha-yun miró sus propias manos bajo el resplandor rojo. La costra de la herida que se había autoinfligido con el bisturí seguía tibia, y la marca de la Promesa en su palma derecha destellaba con un fulgor plateado que contrastaba violentamente con la atmósfera sangrienta de la habitación. Miró a Kang-dae. Él ya se había dirigido a la vitrina central blindada. Con un golpe seco del puño, destrozó el cristal de seguridad sin que un solo fragmento le rozara la piel y extrajo la espada de plata de la guardia real.
—No podemos quedarnos aquí —dijo él, girándose hacia ella. Su rostro, esculpido por las sombras rojas, reflejaba una determinación feroz—. El búnker está diseñado para resistir armamento moderno, pero los Cazadores del Velo no usan fuerza física. Usan el vacío. Van a drenar el oxígeno de este lugar hasta que tus pulmones colapsen, Yeon-woo.
—Ha-yun —lo corrigió ella, con la voz temblando pero con los ojos fijos en los suyos—. En este siglo mi nombre es Yoo Ha-yun, Kang-dae. Y si voy a luchar por mi vida, quiero que uses el nombre de la mujer que decidió salvarte hoy, no solo el de la que murió por ti hace cuatrocientos años.
Un destello de sutil sorpresa, seguido de una admiración profunda y ardiente, cruzó las pupilas del hombre. Dio un paso hacia ella, extendió su mano izquierda y entrelazó sus dedos con los de ella. El contacto provocó una nueva oleada de calor que estabilizó el temblor de Ha-yun.
—Ha-yun… —pronunció él, y el nombre sonó en sus labios como un juramento completamente nuevo—. Tienes razón. El pasado nos trajo aquí, pero el presente es nuestro. No voy a permitir que te conviertan en ceniza otra vez.
—Señor, los monitores externos de presión están cayendo —interrumpió el secretario Kim, apuntando a una pequeña pantalla auxiliar que parpadeaba en la pared—. El aire en el pozo de ventilación principal se está congelando. El vacío está bajando.
—Abriremos la salida de escape del túnel sur, la que conecta con las minas de carbón abandonadas de la ladera inferior —ordenó Kang-dae—. Kim, tú irás al frente. Despeja el camino. Yo cubriré la retaguardia con Ha-yun.
Kim asintió con una reverencia solemne, revisó el mecanismo de su pistola y avanzó hacia una pesada compuerta circular de acero situada en el fondo del búnker. Con un esfuerzo coordinado, la compuerta giró, abriéndose hacia un corredor oscuro, húmedo y estrecho que se hundía en las entrañas de la montaña Taebaek. El olor a tierra húmeda, carbón viejo y azufre inundó el búnker.
—Camina detrás de mí y no te sueltes de mi mano, pase lo que pase —le susurró Kang-dae al oído, su aliento cálido fue el último reducto de humanidad antes de adentrarse en la boca del lobo.
El grupo avanzó en fila india por el túnel. La única iluminación provenía de una pequeña linterna táctica que Kim llevaba acoplada a su arma y del sutil brillo plateado que emanaba de las marcas en las manos de los protagonistas. El suelo era irregular, sembrado de rocas y vigas de madera podrida que crujían bajo sus pies. El frío era cada vez más intenso, un frío que no congelaba la piel exterior, sino que calaba directamente en los huesos, ralentizando los movimientos.
Ha-yun sentía que el aire se volvía pesado, obligándola a inspirar con dificultad. Como cirujana, sabía perfectamente lo que le ocurría a un cuerpo cuando los niveles de oxígeno descendían, pero lo que experimentaba en ese momento no era una hipoxia común. Cada vez que inhalaba, sentía un siseo en su mente, como si miles de almas invisibles estuvieran susurrándole al oído los nombres de los muertos de la dinastía Joseon.
De repente, el secretario Kim se detuvo en seco, levantando la mano libre en señal de alerta.
La linterna táctica iluminó el final del túnel, una caverna natural inmensa donde las antiguas vías del tren minero se cortaban al borde de un abismo subterráneo. Pero las vías no estaban vacías.
En el centro de la caverna, bloqueando el único puente colgante de madera y cuerdas que cruzaba el abismo hacia la salida exterior, se alzaba una figura solitaria. No vestía la gabardina moderna de los cazadores anteriores. Llevaba el uniforme completo de un alto magistrado de la corte de Joseon: un hanbok de seda roja y negra, bordado con hilos de oro que formaban figuras de dragones ciegos, y un sombrero tradicional (gat) que ocultaba la mitad de su rostro. En su mano derecha no sostenía una espada, sino un bastón ceremonial de madera oscura con un cascabel de bronce en la punta.