El primer choque de las líneas enemigas no produjo el sonido de la carne rasgada, sino un estrépito metafísico, como si dos placas tectónicas de eras distintas colisionaran en el fondo de la Tierra. El búnker y la caverna se sacudieron, desprendiendo estalactitas de piedra y polvo de carbón que caían como una lluvia negra sobre el abismo.
—¡A cubierto! —rugió el secretario Kim, empujando a Ha-yun detrás de una imponente columna de piedra que servía de contrafuerte natural a la mina.
Kim vació el cargador de su arma automática contra la primera oleada de Cazadores que descendía por las vías oxidadas. Los fogonazos de la pólvora moderna iluminaban las paredes de la caverna en ráfagas intermitentes de un blanco azulado. Las balas perforaban los torsos de los soldados de sombras, abriendo boquetes de los que brotaban remolinos de ceniza densa, pero los cuerpos sin alma no caían; se recomponían en un pestañeo, impulsados por la voluntad del Ministro Yoon.
En el centro del caos, Kang-dae se transformó en un torbellino de plata y muerte.
Ya no había rastro del empresario sofisticado de Seúl. Sus movimientos eran de una ferocidad quirúrgica, perfeccionada en cien batallas olvidadas por la historia. La espada de plata de la guardia real trazaba arcos concéntricos en el aire, dejando estelas de luz blanca que cortaban limpiamente las lanzas de madera oscura y decapitan a los espectros. Cada vez que el acero de Kang-dae tocaba a un Cazador, este estallaba en un alarido sordo y se disolvía en volutas de humo que el viento del abismo succionaba.
—¡Es inútil, General! —la voz del Ministro Yoon flotaba por encima del estruendo, cargada de un sadismo refinado—. Puedes cortar el humo mil veces, pero las sombras no sangran. Tu resistencia solo prolonga su agonía.
El Ministro levantó su bastón ceremonial y el cascabel de bronce emitió un nuevo tañido, esta vez más grave, que vibró directamente en los dientes de Ha-yun.
De inmediato, tres Cazadores armados con arcos de madera negra se posicionaron en los salientes superiores de la caverna. Apuntaron directamente hacia la columna donde se escondía la doctora. Tres flechas con puntas de hueso y envueltas en llamas de un fuego violeta y frío salieron disparadas simultáneamente.
—¡Ha-yun! —Kang-dae lo vio de reojo.
Sin dudarlo, arrojó su cuerpo hacia atrás, cruzando el espacio de la caverna en un salto inverosímil. Interpuso el plano de su espada para desviar las dos primeras flechas, que estallaron contra la piedra en chispas moradas, pero la tercera logró evadir su defensa. El proyectil de sombras impactó de lleno en el hombro derecho de Kang-dae, atravesando la carne y clavándose profundamente en la articulación.
Un gemido ahogado escapó de los labios del hombre al caer de rodillas frente a la columna de Ha-yun. El fuego violeta comenzó a lamer su piel, devorando la tela de su ropa y extendiendo esa conocida parálisis necrótica por todo su brazo derecho. La espada de plata resbaló de sus dedos, golpeando el suelo con un lamento metálico.
—¡Kang-dae! —Ha-yun salió de su escondite, arrodillándose a su lado a pesar de los gritos de protesta del secretario Kim.
—Vuelve… atrás… —alcanzó a decir él, con los dientes apretados, la mandíbula rígida por el dolor y los ojos tiñéndose de esa penumbra dorada que delataba el límite de sus fuerzas espirituales.
Ha-yun no lo escuchó. Sus manos de cirujana, entrenadas para actuar bajo la presión del cronómetro de la muerte, se movieron de forma instintiva. Agarró la base de la flecha negra. Al tocar el proyectil de sombras, una descarga de frío polar le recorrió los brazos, amenazando con congelarle el corazón, pero ella apretó los dientes. La cicatriz de la Promesa en su mano derecha se encendió con un brillo plateado tan intenso que iluminó el rostro sudoroso de Kang-dae.
—No te vas a apagar aquí —declaró ella, con una fiereza que no sabía que poseía.
Con un movimiento seco y firme, Ha-yun arrancó la flecha del hombro de Kang-dae. El fluido oscuro salpicó sus manos, mezclándose de inmediato con la sangre fresca que aún brotaba de su propia palma abierta. La combinación de ambos fluidos provocó una pequeña explosión de vapor blanco. El fuego violeta que consumía al hombre se extinguió en el acto, y las venas necróticas retrocedieron con un siseo de derrota.
Kang-dae inspiró una gran bocanada de aire, el calor regresando a su rostro. Miró a Ha-yun con una mezcla de devoción y espanto.
—Tu sangre… está alterando el equilibrio de la maldición —susurró él, recuperando el agarre de su espada con la mano izquierda—. Cada vez que me curas, el velo entre nuestras vidas se vuelve más delgado. Si sigues haciendo esto, Ha-yun, llegará un punto en el que no podrás regresar a tu presente. Te quedarás atrapada en el limbo de Joseon.
—Prefiero estar atrapada contigo que volver a una vida vacía donde solo soy un fantasma que viste bata blanca —respondió ella, limpiándose el sudor de la frente con el brazo, sosteniéndole la mirada con una determinación absoluta.
El Ministro Yoon, al ver la escena desde el puente colgante, frunció el ceño. La paciencia aristocrática del espectro se había agotado.
—Suficiente —siseó el Ministro.
Caminó a pasos lentos por el puente de cuerdas, descendiendo hacia la plataforma central de la caverna. A medida que avanzaba, los Cazadores supervivientes se apartaban, abriendo un pasillo de sombras. El Ministro Yoon extendió su mano izquierda, y la sustancia violeta que cubría su piel se condensó, materializando una espada larga y curva, de un acero negro que parecía absorber la poca luz roja del búnker.