Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 10: El precio del amanecer

La luz blanca que brotaba de la espada de plata no era sutil; era un torrente cegador, una energía pura que rugía en el interior de la caverna como el nacimiento de una estrella en confinamiento. El acero, bautizado por la sangre de Ha-yun, no reflejaba la iluminación roja de emergencia, sino que la erradicaba.

Kang-dae avanzó. El aire a su alrededor se distorsionó por la temperatura mística que emanaba de su cuerpo. El Ministro Yoon, despojado de su altivez aristocrática, levantó su espada de acero negro en un gesto desesperado de defensa.

El impacto de ambas armas no produjo un eco metálico. Fue un estallido sónico.

La hoja negra del Ministro comenzó a agrietarse desde el punto de contacto, abriéndose en líneas luminosas de color blanco que devoraban la oscuridad del metal. El espectro soltó un alarido desgarrador, un sonido agudo que hizo que las pocas estalactitas que quedaban en el techo de la mina se pulverizaran, cayendo como una neblina de piedra sobre el abismo.

—¡Tú no eres un dios, Kang-dae! —aulló el Ministro Yoon, mientras la luz de la espada de plata comenzaba a lamer sus manos de seda, quemando las runas violetas de su piel—. ¡Aunque me destruyas hoy, el pacto de sangre está sellado en los cimientos de Seúl! ¡Ella morirá cuando la luna se complete! ¡No puedes salvarla de su propia estirpe!

—En esta vida —respondió Kang-dae, con una voz que arrastraba la gravedad de un juez supremo—, yo ya no soy el General que acataba las órdenes de un trono corrupto. Y ella no es una pieza en tu tablero.

Con un giro limpio de su muñeca izquierda, Kang-dae ejerció una presión lateral. La espada negra del Ministro se astilló en mil pedazos de hielo oscuro que se evaporaron antes de tocar el suelo. Sin detener el impulso, el filo de plata bendita atravesó el pecho del Ministro Yoon, justo en el centro del bordado de dragones ciegos de su túnica real.

El tiempo se detuvo.

El Ministro Yoon congeló su expresión de horror. Las líneas de fuego blanco se extendieron por todo su cuerpo como venas de luz incandescente. Su sombrero tradicional voló por los aires, deshaciéndose en ceniza gris. Poco a poco, desde los pies hasta la frente, el gran conspirador de la dinastía Joseon se disolvió en un resplandor dorado que barrió las últimas sombras de los Cazadores que quedaban en las paredes de la caverna. El ejército de espectros se desvaneció en el aire como humo dispersado por un ventilador gigante.

La espada de plata perdió su brillo lentamente, regresando a su tono metálico original, aunque ahora conservaba un tinte ligeramente rosado en el canal de la hoja, donde la sangre de Ha-yun se había impregnado de forma permanente.

Kang-dae permaneció de pie, con la respiración entrecortada, bajando el arma con lentitud. El silencio que regresó a la caverna era absoluto, roto únicamente por el goteo sutil de agua filtrada desde las rocas superiores.

—¿Se acabó? —la voz de Ha-yun rompió la quietud, saliendo de detrás de la columna con las manos apretadas contra el pecho.

Kang-dae se giró hacia ella. El brillo dorado de sus ojos se había apagado, dejando paso a esa mirada negra, profunda y humana que ella conocía. Dejó caer la espada al suelo y caminó hacia ella con pasos vacilantes. Todo el esfuerzo místico y físico de las últimas horas pareció pasarle factura de golpe; su rostro lucía una palidez extrema y sus hombros se desplomaron sutilmente.

Antes de que pudiera caer, Ha-yun corrió el último tramo de distancia y lo rodeó con sus brazos, sosteniendo su peso contra su propio cuerpo. Kang-dae dejó caer la cabeza en el cuello de ella, aspirando su aroma a hospital y a vida, entrelazando sus brazos alrededor de su cintura con una fuerza desesperada.

—Estamos vivos… —susurró ella contra su oído, sintiendo las lágrimas rodar por sus mejillas—. Lo logramos, Kang-dae. Los destruiste.

—Te lo prometí… —alcanzó a articular él, con la voz ronca, acariciándole el cabello con dedos trémulos—. Te prometí que esta vez la nieve no se teñiría con tu sangre.

Un quejido sordo proveniente del borde del precipicio interrumpió el abrazo.

Ha-yun se separó sutilmente, recordando de inmediato su deber profesional. ¡El secretario Kim! Había olvidado por completo al hombre que se había sacrificado para darles tiempo.

Corrió hacia las vías del tren minero, donde el cuerpo del secretario yacía inmóvil. Se arrodilló a su lado, colocando dos dedos sobre su arteria carótida. El pulso era débil, rápido y superficial. Su respiración era asimétrica, lo que indicaba un posible neumotórax debido al impacto contra el metal de las vías. El fluido oscuro que el Ministro le había inyectado con la onda de choque había dejado una mancha violeta en su esternón, pero no se estaba expandiendo. Al disolverse el Ministro, el veneno había perdido su fuente de energía.

—Está vivo, pero su pulmón izquierdo está colapsando —diagnosticó Ha-yun, su mente regresando al modo quirúrgico de emergencia—. Necesito liberar la presión en su caja torácica de inmediato o sufrirá un paro cardíaco por tensión. Kim, escúchame, quédate conmigo.

Kang-dae se acercó, arrodillándose al otro lado del secretario. Su rostro reflejaba una profunda culpa.

—Él ha dado su vida por mí en tres reencarnaciones distintas, Ha-yun —dijo el General, con la mandíbula apretada—. En Joseon era mi teniente de confianza. En el siglo XX fue mi hermano de armas en la guerra. Y ahora… sigue desangrándose por mis errores. No dejes que muera.

—No va a morir —sentenció la doctora Yoo, con una frialdad profesional que infundió respeto en Kang-dae—. Trae la bandeja de instrumental que dejamos junto a la columna. Hay una aguja de gran calibre en el kit de suturas de emergencia.




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