Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 11: La mesa de los lobos

La limusina negra del Grupo Shinwha se desplazaba por las calles de Seúl como un depredador silencioso. El contraste entre la naturaleza salvaje de la montaña Taebaek y el asfalto resplandeciente del distrito de Jongno era abrumador. Afuera, las pantallas LED gigantes proyectaban anuncios de cosméticos y tecnología; adentro, el aire acondicionado mantenía una temperatura gélida y un silencio sepulcral.

Ha-yun miraba de reojo a Kang-dae. Él ya no vestía el suéter desgarrado por la batalla; se había cambiado en el coche a un traje de sastre gris marengo, una camisa blanca de cuello rígido y una corbata de seda oscura. Su cabello negro estaba perfectamente peinado hacia atrás. El guerrero de Joseon se había vuelto a camuflar bajo la armadura del chaebol más poderoso del país, pero la tensión en su mandíbula delataba que la verdadera guerra estaba a punto de comenzar.

—No tienes que hacer esto, Ha-yun —dijo él sin apartar la vista de la ventana, aunque su mano izquierda buscó la derecha de ella en el asiento de cuero. Sus dedos se entrelazaron, y el calor de sus marcas gemelas volvió a estabilizar el pulso acelerado de la doctora—. Puedo dejarte en un hotel seguro bajo una identidad falsa. Mi abuela es peligrosa. No conoce el concepto de piedad.

—Ya es tarde para esconderse, Kang-dae —respondió ella, forzando una firmeza que no sentía. Sostuvo el agarre de su mano—. Ella sabe quién soy. Si huyo ahora, seré una presa fácil. Además… soy médica. He tratado con directores de hospital corruptos y juntas médicas despiadadas. Sé cómo lucen los monstruos con trajes caros.

El vehículo cruzó los imponentes portones de hierro de la residencia ancestral de la familia Shinwha, una descomunal propiedad que combinaba un hanok tradicional perfectamente preservado con una estructura de cristal y acero arquitectónico de vanguardia. Era el reflejo exacto de la familia: un pie en las raíces feudales y el otro en el capitalismo más agresivo de Asia.

Al bajarse, una hilera de sirvientes vestidos con uniformes negros se inclinó al unísono. Al final del pasillo de piedra, esperándolos con una postura rígida, se encontraba una mujer anciana de una elegancia intimidante. Vestía un hanbok de seda negra moderna con sutiles brocados de hilos de oro. Su cabello blanco estaba recogido en un moño perfecto, sujeto por una horquilla de jade tradicional (binyeo). Era la Matriarca de Shinwha, la abuela de Kang-dae.

Sus ojos, afilados como garras de halcón, ignoraron por completo a su nieto y se clavaron directamente en Ha-yun.

—Así que esta es la mujer que interrumpió el ciclo —la voz de la Matriarca era un susurro rasposo pero cargado de una autoridad que hizo que los guardaespaldas de la entrada se tensaran—. Yoo Ha-yun. La hija de la línea de los traidores. Entren. La comida se está enfriando.

El comedor principal era una sala inmensa, presidida por una mesa de madera de nogal pulida. El almuerzo era un despliegue de la alta cocina real coreana (Surasang), pero nadie tenía apetito. Kang-dae se sentó al lado de Ha-yun, manteniendo una postura protectora, mientras la Matriarca ocupaba la cabecera.

—Anoche destruiste al Ministro Yoon en las minas, Kang-dae —comenzó la anciana, tomando unos palillos de plata con una calma exasperante—. Las frecuencias energéticas de la empresa registraron la fluctuación. Fue un movimiento arriesgado. El Grupo Hanseong ya está utilizando la destrucción de su presidente para declarar una guerra abierta en la bolsa de valores esta mañana. Nuestras acciones han caído un cuatro por ciento en las últimas dos horas.

—El Ministro Yoon intentó matarnos, abuela —replicó Kang-dae, su voz resonando con una vibración peligrosa—. No era un hombre de negocios; era un espectro que usaba la Corporación Hanseong como fachada para completar una ejecución de cuatrocientos años.

—Las empresas son fachadas, estúpido muchacho —escupió la Matriarca, dejando los palillos sobre la mesa con un golpe seco que resonó en el comedor—. El pacto de sangre que nuestra familia firmó en la dinastía Joseon no se hizo para proteger el amor. Se hizo para asegurar la supervivencia y el poder de nuestro apellido a través de las eras. Si el precio de mantener el monopolio de Shinwha es que la reencarnación de Yeon-woo muera… entonces debe morir.

Kang-dae se puso de pie de golpe, apoyando las palmas sobre la mesa de nogal. Las luces de la sala parpadearon sutilmente, respondiendo a la oleada de furia que emanaba de su cuerpo.

—Si tocas un solo cabello de Ha-yun, abuela, destruiré esta corporación con mis propias manos. Quemaré los cimientos de Shinwha hasta que no quede más que ceniza. No soy el General sumiso del pasado.

La Matriarca no se inmutó ante la amenaza de su nieto. En lugar de eso, dirigió una sonrisa macabra hacia Ha-yun.

—¿Ves lo que provoca tu presencia, doctora Yoo? Lo transforma en un animal —dijo la anciana con frialdad—. Pero tú eres una mujer de ciencia. Déjame mostrarte la verdad de lo que estás defendiendo. Déjame mostrarte lo que tu querido General oculta bajo su traje de sastre.

La Matriarca presionó un botón oculto debajo de la mesa. La pared del fondo del comedor, que parecía ser de madera tallada, se deslizó hacia un lado, revelando una pantalla de monitoreo médico de última generación conectada a los laboratorios subterráneos de la residencia.

En la pantalla aparecieron los gráficos de la estructura genética de Kang-dae, pero al lado, se mostraban imágenes de vídeo de alta definición de las bóvedas secretas que la familia poseía bajo el Palacio de Gyeongbokgung. En el interior de una cámara de criogenia blindada, yacía un cuerpo preservado en un fluido transparente.




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