El efecto del Suero de la Estasis se propagó por las venas de Kang-dae con la brutalidad de un invierno instantáneo. Ha-yun vio, con una mezcla de horror y fascinación médica, cómo el color ceniza que amenazaba con devorar su brazo se detenía en seco, atrapado detrás de una barrera de líneas doradas que destellaban bajo su piel antes de apagarse por completo. El humo negro cesó. La respiración agónica del hombre se estabilizó, tornándose pausada, casi robótica.
Pero el verdadero precio no se cobró en su cuerpo. Se cobró en su mirada.
Kang-dae pestañeó lentamente. Cuando sus párpados se alzaron de nuevo, el fuego dorado de sus pupilas había desaparecido. Ya no quedaba rastro de la devoción milenaria, ni de la desesperación agónica que había humedecido sus ojos segundos antes. Su mirada se volvió opaca, fría, pulida como el cristal de un rascacielos corporativo. Miró la mano de Ha-yun, que aún sujetaba la solapa de su saco gris, y luego la miró a ella a los ojos.
No la reconoció.
—Suelte mi traje, doctora —dijo Kang-dae. Su voz ya no arrastraba la calidez aterciopelada del General que la llamaba Yeon-woo; era la voz distante, cortante y soberbia del director ejecutivo del Grupo Shinwha.
Ha-yun sintió como si un bisturí al rojo vivo le atravesara el esternón. Dio un paso atrás de golpe, su mano cayendo inerte a su costado. La marca de la Promesa en su palma derecha emitió una última pulsación dolorosa y helada, antes de volverse opaca, transformándose en una cicatriz común y corriente que ya no desprendía calor.
—¿Qué… qué acabas de decir? —alcanzó a articular Ha-yun, sintiendo que el aire de sus pulmones se convertía en astillas de hielo.
—Le he dicho que se aparte —repitió Kang-dae, poniéndose de pie con una rectitud impecable, ajustándose los puños de la camisa blanca y el saco de sastre como si no acabara de sobrevivir a un ataque biológico ancestral. Miró a la doctora Seo-yoon con fastidio—. ¿Quién es esta mujer, jefa Seo? ¿Y por qué está en el pasillo de seguridad durante un código rojo de Hanseong?
La doctora Seo-yoon no mostró ni una pizca de empatía. Se limitó a cerrar el estuche metálico con un clic seco y profesional.
—Es la cirujana de urgencias que estuvo a cargo de su reanimación en el hospital, presidente —explicó Seo-yoon, manteniendo la mentira técnica—. Debido a la sensibilidad de la información sobre su colapso, la Matriarca ordenó traerla aquí para asegurar su confidencialidad. Pero el perímetro está comprometido. Debemos evacuarlo a usted ahora.
Un nuevo estruendo, esta vez proveniente del vestíbulo principal, anunció que los hombres de la Corporación Hanseong habían volado los sistemas de contención neumática. Las alarmas pasaron de emitir un pitido azul a un destello intermitente de color blanco, el nivel máximo de evacuación.
—Muévanse —ordenó Kang-dae a sus escoltas, quienes aparecieron al final del pasillo con armas automáticas listas—. Abuela, al búnker inferior. Jefa Seo, asegure los servidores de bioingeniería. No dejen que Hanseong toque una sola base de datos.
Kang-dae avanzó por el pasillo a zancadas firmes, flanqueado por sus hombres de seguridad. Al pasar al lado de Ha-yun, ni siquiera detuvo el paso. Su hombro rozó el de ella, un contacto físico que en cualquier otro momento habría desatado una tormenta de recuerdos compartidos, pero que ahora no provocó absolutamente nada. Él continuó caminando, dejándola atrás en la penumbra del corredor, como si ella fuera un mueble más de la residencia destruida.
Ha-yun se quedó inmóvil, las lágrimas cayendo en silencio por sus mejillas, sintiendo un vacío tan inmenso en el alma que por un segundo deseó que una de las balas perdidas de Hanseong la alcanzara. Recordarlo todo para luego ser olvidada por el dueño de esos recuerdos era una tortura que ningún libro de psicología médica podía describir.
—No hay tiempo para llorar por el amor que ya no existe, doctora Yoo —la voz de la doctora Seo-yoon la sacó del estupor. La bioingeniera la tomó del brazo con un agarre sorprendentemente firme—. Si se queda aquí, los soldados de Hanseong no le harán preguntas; le cortarán la cabeza para asegurarse de que el hilo rojo no vuelva a unirse. Camine.
—Me olvidó… —susurró Ha-yun, dejándose arrastrar por un pasillo técnico oculto detrás de un panel de madera—. Prometió que me buscaría a través del infierno de la reencarnación, y me olvidó en un segundo.
—El suero bloqueó los receptores cuánticos de su cerebro, Ha-yun. Su mente racional ha tomado el control para proteger su vida —explicó Seo-yoon mientras bajaban a toda velocidad por una escalera de caracol metálica que se hundía en las entrañas del ala de investigación corporativa—. Y lo mismo te pasará a ti en menos de diez minutos. El entrelazamiento funciona en ambas direcciones. Tu marca se está apagando. Pronto, las imágenes de Joseon, la nieve y el General serán solo el eco de un sueño borroso que tu cerebro descartará como un brote psicótico.
—¡No quiero olvidarlo! —gritó Ha-yun, plantando los pies en el descanso de la escalera, aferrándose a la barandilla con desesperación—. ¡Prefiero el dolor de recordar que la paz de la ignorancia! ¡Es mi vida! ¡Son mis cuatrocientos años!
—Si no olvidas, tu cerebro sufrirá un derrame masivo por la presión de la estasis —le espetó Seo-yoon, mirándola con una severidad implacable—. Escúchame bien, Yoo Ha-yun. Tienen exactamente setenta y dos horas. He preparado un pase de acceso de alta seguridad para ti como asesora médica externa del Grupo Shinwha. Mañana por la mañana, te presentarás en la sede central de Shinwha en Gangnam. El presidente Kang-dae estará allí, actuando como el tiburón corporativo que es, preparando el contraataque contra Hanseong. Él no sabrá quién eres, pero tu credencial te permitirá estar cerca de él.