La distancia entre el escritorio de cristal negro de Kang-dae y el umbral donde permanecía Ha-yun no superaba los cinco metros, pero se sentía como un abismo insondable custodiado por el peso de un secreto enterrado. El aire en el piso sesenta de la torre Shinwha estaba impregnado de un aroma a tecnología limpia, cuero nuevo y el amargor sutil del café espresso. Todo en ese espacio gritaba modernidad, frialdad y lógica. Sin embargo, la atmósfera se había vuelto tan densa que a Ha-yun le costaba llenar los pulmones.
Kang-dae mantuvo sus ojos felinos fijos en ella. Había una rigidez en su postura, una tensión que no encajaba con la imagen del magnate que dominaba el mercado financiero de Seúl. Su mano izquierda, que sostenía la taza de porcelana, apretaba el asa con tanta fuerza que los nudillos se le habían tornado blancos.
—Doctora Yoo —pronunció él, arrastrando cada sílaba como si estuviera probando el peso de una palabra extranjera en su boca—. El secretario Kim dice que es una orden de mi abuela. Pero en esta empresa, la única última palabra es la mía. No me agrada que me impongan personal, y mucho menos cuando se trata de vigilarme.
Ha-yun dio dos pasos al frente, obligando a sus tacones a resonar con firmeza sobre el suelo de mármol. La carpeta médica que presionaba contra su pecho era su único escudo. En su mente, no había imágenes del palacio en llamas de la dinastía Joseon, ni de la nieve tiñéndose de rojo; el Suero de la Estasis había hecho su trabajo con una eficiencia aterradora. Para ella, el hombre sentado detrás del escritorio era un paciente crítico que había sobrevivido a un paro cardíaco inexplicable y que ahora sufría las secuelas de una toxina desconocida.
Pero su cuerpo... su cuerpo protestaba contra la lógica de su mente.
Cada vez que lo miraba, una punzada sorda y cálida nacía en el centro de su esternón. Su pulso, habitualmente calmado por sus años de entrenamiento en salas de trauma, imitaba la arritmia de un paciente en pánico.
—Presidente Kang-dae —respondió ella, manteniendo una modulación de voz perfecta, profesional y gélida—. No estoy aquí para vigilar sus negocios, ni para ser un estorbo en sus reuniones de la junta directiva. Estoy aquí porque el informe de bioingeniería de la doctora Seo-yoon indica que la sustancia a la que estuvo expuesto anoche tiene una tasa de rebote del cien por cien si no se monitoriza el ritmo cardíaco de manera presencial. Si su corazón se detiene en mitad de una negociación con la Corporación Hanseong, Shinwha caerá antes de que sus abogados puedan parpadear. Considéreme un seguro de vida. Nada más.
Kang-dae entrecerró los ojos, buscando en el rostro de la cirujana algún rastro de falsedad, alguna ambición oculta. Estaba acostumbrado a que las personas se acercaran a él por su dinero, por su estatus o por el pánico que infundía su apellido. Pero la doctora Yoo lo miraba con una mezcla contradictoria de distancia profesional y una profunda, casi desgarradora, melancolía. Una mirada que le resultaba irritantemente familiar.
—Un seguro de vida —repitió él con una sonrisa cínica, dejando la taza sobre el escritorio con un golpe seco—. Bien. Si va a jugar ese papel, empiece por hacer su trabajo. Mi antebrazo derecho arde. La jefa Seo dijo que el suero había neutralizado todo, pero siento como si tuviera agujas de hielo corriendo por debajo de la piel.
Ha-yun no vaciló. Avanzó hasta quedar al lado del escritorio de cristal negro. Dejó su carpeta sobre la superficie y extrajo de su bolsillo un estetoscopio y un esfigmomanómetro digital portátil.
—Con su permiso, presidente. Necesito que se quite el saco de sastre y se remangue la camisa —ordenó, su tono recuperando la autoridad del quirófano.
Kang-dae la observó un segundo en silencio, evaluando su audacia. Luego, con movimientos lentos y elegantes, se despojó del costoso saco azul marino, dejándolo caer sobre el respaldo de su silla de cuero. Comenzó a desabotonar el puño de su camisa blanca. Al remangar la tela, el vendaje clínico que cubría su antebrazo quedó expuesto.
Ha-yun se acercó un paso más. El aroma a madera y tormenta que emanaba de la piel del hombre la golpeó de lleno, provocando que sus dedos temblaran sutilmente mientras cortaba la cinta médica con unas tijeras quirúrgicas.
Al retirar la gasa, ambos contuvieron el aliento.
La herida de la bayoneta estaba cerrada, pero la piel alrededor de la cicatriz rosada mostraba un fenómeno que desafiaba la patología médica común. Debajo de la epidermis, unas líneas sutiles de un color dorado cenizo parpadeaban al compás de sus latidos, como si una corriente eléctrica estuviera atrapada en sus venas. Al mismo tiempo, una delgada línea grisácea, casi invisible, comenzaba a avanzar desde la muñeca hacia el codo. El veneno no estaba destruido; estaba contenido por una presa que ya empezaba a agrietarse.
—Esto no es una infección bacteriana común —murmuró Ha-yun, olvidando por un segundo su distancia y acercando sus dedos a la piel del hombre.
—No lo toque —advirtió el secretario Kim desde la esquina de la oficina, dando un paso al frente con el rostro desencajado por el miedo. Él sabía lo que pasaría si la sangre de Ha-yun entraba en contacto con el cuerpo de Kang-dae antes de tiempo.
—Soy su médica, secretario Kim. Necesito evaluar la temperatura local —replicó Ha-yun con firmeza.
Colocó las yemas de sus dedos de la mano izquierda sobre el antebrazo de Kang-dae, justo un centímetro por encima de la marca dorada.
En el instante en que la piel de ambos entró en contacto, un cortocircuito invisible sacudió la oficina.