Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 15: El susurro en la estática

El silencio que siguió a la transmisión televisiva en la oficina presidencial de la torre Shinwha era tan afilado que recordaba al frío de un quirófano antes de la primera incisión. En la pantalla gigante, el rostro de Yoon Jin-hyuk se desvaneció para dar paso a los gráficos habituales del mercado bursátil, pero la tensión eléctrica flotando en el ambiente permanecía intacta.

Kang-dae continuaba de pie frente a su escritorio de cristal negro, estático, con la mirada clavada en el vacío donde antes se proyectaba la imagen de su rival. Su respiración se había normalizado superficialmente, pero Ha-yun notó que el monitor inteligente en la muñeca del chaebol seguía parpadeando en un tono ámbar de advertencia. El Suero de la Estasis estaba haciendo un esfuerzo titánico por contener la anomalía en sus venas, pero la sola mención del proyecto "Velo" de la Corporación Hanseong parecía actuar como un imán que tiraba de la ponzoña oculta en su antebrazo.

—Presidente, por favor, siéntese —insistió Ha-yun, dando un paso hacia adelante y dejando de lado la distancia que él le había exigido hacía unos minutos. Su tono ya no era el de una espectadora atónita; era la voz de la cirujana que veía a un paciente ignorar una hemorragia interna—. Su presión sistólica experimentó un pico peligroso durante el contacto físico y la transmisión. No importa cuántos fondos privados posea para destruir a Hanseong; si su corazón colapsa por el esfuerzo, no estará vivo para firmar la adquisición.

Kang-dae giró la cabeza despacio. La severidad aristocrática de sus facciones se acentuó bajo las luces de la oficina.

—Ya se lo advertí, doctora Yoo —dijo, con una voz baja que arrastraba una vibración gélida—. No se meta en mis decisiones. Mis finanzas y mi salud son asuntos separados.

—No en mi expediente —le espetó ella, sosteniéndole la mirada con una audacia que hizo que el secretario Kim contuviera el aliento en una esquina—. Su salud es el motor de esta corporación. Si usted se desmorona, sus acciones valdrán menos que el papel en el que están impresas. Remánguese la camisa de nuevo. Necesito aplicar un estabilizador térmico local en la zona de la punción.

Kang-dae frunció el ceño, estudiándola. Había una fuerza incomprensible en esa mujer menuda de traje negro. Su mente racional le decía que era solo una empleada médica externa enviada por su abuela para incomodarlo, pero una parte más primitiva y oculta de su ser —una parte atrapada detrás de los muros que el suero había levantado— se doblegaba ante su autoridad.

Sin emitir una palabra, se sentó de nuevo en su silla de cuero y extendió el brazo derecho sobre el escritorio, apartando bruscamente los documentos financieros.

Ha-yun se acercó. Sus dedos se movieron con rapidez profesional: extrajo de su maletín un parche transdérmico de polímero frío, diseñado para ralentizar la necrosis celular en traumas severos. Mientras retiraba el protector del parche, sus ojos recorrieron la línea del antebrazo de Kang-dae. Las ramificaciones dorado cenizo seguían allí, parpadeando sutilmente bajo la piel como un circuito integrado moribundo.

Para evitar otra descarga cuántica como la anterior, Ha-yun utilizó unas pinzas estériles para colocar el parche directamente sobre la cicatriz de la bayoneta, evitando el contacto directo de su piel con la de él. En cuanto el polímero tocó el brazo del hombre, un siseo casi imperceptible de vapor frío se elevó en el aire.

Kang-dae soltó un suspiro largo, relajando los hombros. El dolor de agujas de hielo pareció disminuir.

—La doctora Seo-yoon es una genio en bioingeniería, pero sus métodos son demasiado experimentales —comentó Kang-dae, mirando el parche con desapego—. ¿Cómo sabía que este estabilizador detendría el ardor?

—Porque el frío ralentiza las reacciones patológicas desconocidas —mintió Ha-yun, manteniendo la voz firme. En realidad, no lo sabía por la ciencia moderna; lo sabía porque una intuición profunda, una memoria sin imágenes, le decía que ese hombre necesitaba el invierno para mantenerse con vida cuando el fuego de su sangre amenazaba con consumirlo.

—Señor —interrumpió el secretario Kim, acercándose a la mesa con una tableta digitalizada que mostraba un plano arquitectónico tridimensional—. El equipo de contrainteligencia de Shinwha acaba de enviar esto. Es el diseño estructural del edificio central de la Corporación Hanseong. Como usted sospechaba, el ático del edificio no figura en los registros públicos de la ciudad de Seúl. Está registrado como una "zona de servidores privados de alta seguridad" con acceso restringido mediante encriptación biométrica.

Kang-dae se inclinó sobre la pantalla, sus ojos negros escaneando el holograma azul del rascacielos enemigo.

—El proyecto "Velo" se maneja desde allí —analizó el presidente, con la mandíbula apretada—. Yoon Jin-hyuk planea utilizar la presentación de mañana durante el eclipse para activar algo a gran escala. No es una simple innovación tecnológica, Kim. Es un ataque directo a nuestra infraestructura.

Ha-yun, que permanecía al lado del escritorio guardando sus instrumentos, sintió que una oleada de frío le recorría la nuca al escuchar las especificaciones del edificio Hanseong. Recordó las palabras de la doctora Seo-yoon en el estacionamiento subterráneo: «El artefacto que emite la maldición está en el ático del edificio Hanseong... Tienen exactamente setenta y dos horas». El reloj avanzaba implacable. Faltaban menos de sesenta horas, y el enemigo ya los estaba invitando formalmente a entrar en su territorio.

—Si va a asistir a esa presentación, presidente, yo iré con usted —declaró Ha-yun de golpe, sorprendiendo a ambos hombres.




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