Sede Central del Grupo Shinwha, Distrito de Gangnam.
19:30 PM. Faltan 24 horas para la Luna de Sangre.
El espejo de tres cuerpos del vestidor privado del piso sesenta devolvía una imagen que Yoo Ha-yun apenas lograba asociar consigo misma. La bata blanca y el estetoscopio habían sido reemplazados por un vestido de noche de satén negro medianoche, de corte asimétrico que dejaba al descubierto su hombro izquierdo y caía en líneas líquidas y pesadas hasta el suelo. El diseño, seleccionado bajo las estrictas órdenes del secretario Kim, era una armadura moderna: sobrio, impecable, pero dotado de una elegancia trágica que realzaba la palidez de su piel y la profundidad de sus ojos oscuros.
Su mano derecha, oculta tras los pliegues de la tela, sostenía un pequeño embrague de terciopelo donde, además de su identificación médica, reposaba una jeringa de titanio cargada con la última dosis del Suero de la Estasis.
—La comitiva está lista, doctora Yoo. El presidente la espera en el helipuerto —la voz de una de las asistentes de la corporación interrumpió su inspección.
Ha-yun exhaló un suspiro largo, sintiendo el frío metálico de la jeringa a través de la tela del bolso. Salió del vestidor y caminó por los pasillos desiertos de la planta ejecutiva. Los tacones de aguja resonaban como el mecanismo de un reloj de arena marcando el fin de una tregua. Al llegar a las puertas de cristal que daban acceso a la azotea, el viento de la noche de Seúl la golpeó de lleno, agitando los mechones oscuros de su cabello que caían sueltos sobre sus hombros.
En el centro de la pista de aterrizaje, con las hélices del helicóptero corporativo Shinwha girando en un zumbido ensordecedor que cortaba el aire helado, estaba él.
Kang-dae vestía un esmoquin negro a medida que acentuaba la rectitud militar de su postura. El corte de la chaqueta ocultaba por completo el vendaje de su antebrazo, pero la rigidez con la que sostenía su brazo derecho delataba que la tregua del suero pendía de un hilo. Su cabello, ligeramente desordenado por el viento de las hélices, enmarcaba un rostro de facciones severas y gélidas.
Cuando Ha-yun se acercó, él se giró despacio. Sus ojos negros recorrieron la figura de la doctora en el vestido de satén. Por una fracción de segundo, las pupilas de Kang-dae se dilataron de una forma que la ciencia médica solo asociaría con un choque de adrenalina puro. El monitor inteligente de su muñeca izquierda emitió una vibración sutil debajo de la tela del esmoquin. Sintió una punzada repentina en el pecho, un calor sofocante que desafiaba el frío de la azotea, pero su mente —adormecida por la estasis— tradujo el impacto como una simple molestia biológica.
—Llega tarde, doctora Yoo —dijo él, con una voz que pretendía ser un témpano de hielo, pero que arrastró una nota áspera, casi rota.
—El protocolo de seguridad de su abuela requirió tres revisiones de mi equipo médico, presidente —replicó Ha-yun, sosteniéndole la mirada con una audacia que desafiaba el ruido del motor—. No querrá que ingrese al edificio de Hanseong sin los estabilizadores para su corazón.
Kang-dae la observó un instante más, el viento agitando las solapas de su esmoquin. Había algo en la forma en que ella lo miraba, una mezcla de dolor contenido y una determinación feroz, que le provocaba un sordo malestar en el centro del pecho. Se dio la vuelta bruscamente, extendiendo la mano izquierda para guiarla hacia el interior de la cabina del helicóptero.
—Suba. No hagamos esperar a los lobos —sentenció él.
El trayecto aéreo sobre Seúl fue un viaje a través de una galaxia de luces de neón y rascacielos que se extendían hasta el horizonte. Abajo, la ciudad bullía con la ignorancia feliz de los mortales comunes; arriba, en la cabina presurizada, el silencio era tan espeso que Ha-yun podía escuchar el ritmo acelerado del corazón de Kang-dae compitiendo con el rugido amortiguado de las hélices. Ninguno de los dos habló. El hilo rojo que los unía, invisible y tenso por el olvido, parecía vibrar con cada kilómetro que los acercaba a la torre de la Corporación Hanseong.
Sede Central de la Corporación Hanseong, Distrito de Mapo.
20:15 PM.
El rascacielos de Hanseong era una mole de cristal oscuro y líneas angulares que se alzaba hacia el cielo como una aguja negra. La entrada principal estaba flanqueada por una alfombra roja y una marea de fotógrafos de prensa, cuyas luces de flash estallaban en ráfagas intermitentes que iluminaban las fachadas. La élite empresarial, política y social de Corea del Sur desfilaba por el vestíbulo, vistiendo galas de alta costura, ajena a la penumbra mística que envolvía los pisos superiores del edificio.
Cuando el coche de seguridad de Shinwha —que los había recogido en el helipuerto cercano— se detuvo frente a la entrada, los guardaespaldas de Kang-dae abrieron la puerta de inmediato.
Kang-dae bajó del vehículo, e inmediatamente los murmullos de los reporteros se intensificaron. Él era el sol negro del mercado financiero; su presencia en la gala de su mayor rival era el giro dramático que la prensa económica había estado esperando todo el día. Se giró hacia el interior del coche y extendió su brazo izquierdo. Ha-yun colocó sus dedos enguantados sobre su mano, sintiendo la vibración eléctrica que el contacto directo provocaba en sus venas.
Caminaron juntos por la alfombra roja, flanqueados por el secretario Kim, quien mantenía una mano oculta dentro de su abrigo, cerca de su arma, a pesar del dolor de sus costillas vendadas.
Al cruzar las puertas giratorias de cristal del vestíbulo principal, la temperatura descendió de golpe. No era el aire acondicionado del edificio; era ese frío viejo, rancio, que Ha-yun reconoció de inmediato. Las luces de diseño del techo, aunque brillantes, proyectaban sombras inusualmente largas y densas en las esquinas de la inmensa estancia de mármol.