La marea de trajes de gala y vestidos de noche comenzó a fluir de manera uniforme hacia los mega ascensores panorámicos que conducían al auditorio del piso cincuenta y cinco. Risas refinadas, tintineo de copas de champán y el murmullo de conversaciones sobre acciones y mercados globales creaban una falsa sensación de normalidad. Sin embargo, para Ha-yun, cada paso dentro del edificio de la Corporación Hanseong se sentía como adentrarse en la boca de un depredador que digería el tiempo.
La capa de escarcha en los bordes de los inmensos ventanales de la entrada ya no era una sutil condensación. Se extendía en patrones geométricos afilados, congelando el aire y atrapando los reflejos de las luces ámbar en un laberinto de espejos deformes.
Kang-dae soltó la muñeca de Ha-yun con lentitud, pero sus ojos negros no se apartaron de ella. Una punzada de desconfianza ejecutiva batallaba en su mente contra una fuerza invisible, un tirón magnético que le exigía no alejarse de esa mujer ni un solo milímetro.
—Kim —dijo Kang-dae, con la voz apagada para que solo ellos tres la escucharan—. Olvida el auditorio. No tengo intenciones de sentarme a ver el teatro de Jin-hyuk mientras mi sistema sigue registrando anomalías. Buscaremos el nodo del ascensor privado.
—Señor, los guardias del vestíbulo bloquean los accesos de servicio —advirtió el secretario Kim, presionando discretamente su mano herida contra sus costillas vendadas—. Necesitamos una distracción o una credencial clonada de nivel cinco.
—Yo tengo el acceso —intervino Ha-yun, abriendo su bolso de terciopelo.
Con los dedos tensos, extrajo la tarjeta magnética de policarbonato gris que la doctora Seo-yoon le había entregado en el estacionamiento subterráneo de la residencia. La banda magnética del pase tenía un sutil grabado plateado que, al contacto con la iluminación ámbar del vestíbulo, destelló levemente.
Kang-dae interceptó la tarjeta con sus dedos largos, examinándola con una ceja arqueada.
—Esta es una credencial de encriptación cuántica de Shinwha, modificada con un código de puente —analizó el presidente, reconociendo la tecnología de su propia división de bioingeniería. Miró a Ha-yun con una frialdad renovada—. La jefa Seo ha estado jugando a mis espaldas. ¿Desde cuándo mi departamento de desarrollo trabaja para una médica de urgencias?
—Desde que tu departamento de desarrollo descubrió que ibas a morir esta noche si te quedabas sentado en tu oficina —le espetó Ha-yun, acortando la distancia entre ambos, ignorando la diferencia de estatus y la rigidez de su esmoquin—. No me mires como si fuera una espía de Hanseong, Kang-dae. Si quisiera destruirte, solo tendría que dar la vuelta, salir por esas puertas y dejar que el suero en tu carótida se agote. Pero estoy aquí, arriesgando mi carrera y mi vida en el nido de lobos de tu enemigo. Así que camina.
Un silencio pesado se instaló entre ellos. Kang-dae apretó la mandíbula, pero la audacia de la doctora, esa mirada de dolor y rabia contenida que parecía exigirle un reconocimiento que él no lograba articular en su cerebro, lo obligó a ceder. Guardó la tarjeta en el bolsillo de su pantalón y le ofreció el brazo izquierdo.
—Si esto es una trampa, doctora Yoo, le aseguro que será la última que pise —susurró él.
—Si esto fuera una trampa, presidente, ya estaríamos muertos —respondió ella, deslizando su mano enguantada por la manga de su esmoquin, sintiendo de inmediato la vibración templada que emanaba de sus venas.
El trío se separó sutilmente del flujo principal de invitados, deslizándose por un pasillo lateral oculto detrás de una mampara de cristal ahumado. El secretario Kim se colocó en la retaguardia, cubriendo los ángulos ciegos mientras caminaban por los corredores desiertos de la planta de administración. Aquí, lejos del glamur de la gala, el rascacielos se sentía como una máquina viviente: el zumbido de los servidores ocultos en las paredes y el siseo del sistema de ventilación creaban un compás monótono y opresivo.
Al final del corredor, una imponente puerta de acero negro con un lector biométrico y magnético custodiaba el acceso al ascensor del ático.
—Kim, vigila el ángulo del pasillo —ordenó Kang-dae.
Sacó la tarjeta gris y la deslizó por el lector. La pantalla del dispositivo parpadeó en rojo tres veces antes de que el código puente de la doctora Seo-yoon forzara el sistema. El mecanismo emitió un clic hidráulico profundo y la puerta de acero se deslizó hacia un lado, revelando una cabina de ascensor completamente revestida de espejos oscuros.
Entraron los tres. La puerta se cerró a sus espaldas, sellándolos en una caja de cristal negro.
Kang-dae presionó el único botón de la botonera digital: una runa estilizada en lugar de un número. El ascensor no se movió hacia arriba de inmediato; en su lugar, una vibración sorda sacudió la cabina y el indicador digital comenzó a contar los pisos en orden descendente por una fracción de segundo, antes de dispararse hacia el cielo de Seúl con una aceleración que hizo que a Ha-yun se le taparan los oídos.
—Treinta pisos… cuarenta… —murmuraba Kim, mirando la pantalla del indicador.
De repente, a la altura del piso cincuenta, las luces de la cabina se apagaron por completo.
El ascensor se detuvo en seco con un crujido metálico violento que hizo que Ha-yun perdiera el equilibrio. Kang-dae la atrapó por la cintura con su brazo izquierdo, atrayéndola contra su pecho con una fuerza refleja que desafió la parálisis de la estasis. En la oscuridad total de la cabina, el aroma a madera y tormenta del hombre envolvió a Ha-yun, y el contacto de sus cuerpos provocó una reacción en cadena.