El aire dentro del ático de la Corporación Hanseong no pertenecía a la atmósfera templada de un edificio vanguardista; era una corriente gélida y rancia que sabía a metal oxidado, ceniza y ozono quemado. Al dar el primer paso fuera de la cabina del ascensor, Ha-yun sintió que sus tacones se hundían sutilmente en una fina capa de escarcha que cubría el hormigón pulido. La inmensa estancia carecía de divisiones, un diseño minimalista e industrial que se abría hacia el cielo de Seúl a través de un ventanal semicircular de treinta metros de altura.
Afuera, la luna llena ya no brillaba con su habitual fulgor plateado. Una silueta curva y oscura —la sombra de la Tierra— devoraba su superficie a una velocidad alarmante, tiñendo el cielo nocturno del distrito de Mapo de un color rojo carmesí, espeso y tétrico, que se filtraba por el cristal como un manto de sangre.
En el epicentro del ático, suspendido en el aire mediante enormes bobinas electromagnéticas industriales que zumbaban con una vibración que hacía temblar los dientes, se alzaba el artefacto.
Era el Espejo de Bronce Imperial. Un objeto que Ha-yun reconoció de inmediato, no por sus libros de historia, sino por las cicatrices de su propia alma. El metal de los bordes estaba labrado con figuras de tigres y dragones ciegos que parecían retorcerse bajo la corriente eléctrica violeta que le inyectaban los cables de alta tensión. Pero lo verdaderamente aterrador era la superficie del espejo: no devolvía el reflejo del ático, ni las luces rojas del eclipse, ni las siluetas de los presentes. En su bronce pulido se proyectaba, con una nitidez cinematográfica e hiperrealista, una tormenta de nieve perpetua azotando el borde de un acantilado del año 1622.
—Es hermoso, ¿verdad? —la voz de Yoon Jin-hyuk rompió la estática del ambiente. El director ejecutivo de Hanseong avanzó desde el altar magnético, arrastrando los pies con una parsimonia sádica—. La tecnología moderna tiene sus ventajas, General. En Joseon, tuvimos que esperar meses para que la alineación de los astros nos permitiera canalizar el vacío. Hoy, gracias a la red de fibra óptica y a los generadores de este rascacielos, hemos podido estabilizar el portal cuántico antes de que la sombra cubra la luna por completo.
Kang-dae no respondió de inmediato. Su cuerpo, atrapado en la encrucijada definitiva entre el Suero de la Estasis y la proximidad del artefacto ancestral, comenzó a experimentar una transformación violenta. Ha-yun sintió que el brazo izquierdo del hombre, del cual aún permanecía sujeta, se tensaba como una barra de acero.
Debajo de la tela de su esmoquin negro, las líneas dorado cenizo comenzaron a brillar con una intensidad cegadora, perforando el tejido y dibujando un mapa de luz sobre su torso. Sus ojos negros se inundaron de ese oro líquido, divino y letal, destruyendo por completo la barrera del olvido que la doctora Seo-yoon había inyectado en su carótida. La máscara del frío empresario de Seúl se rompió en mil pedazos, revelando al General herido que reclamaba su destino.
—Jin-hyuk… —el nombre brotó del pecho de Kang-dae con un rugido sordo, una vibración profunda que hizo que las pantallas analíticas de las paredes del ático parpadearan y estallaran en estática—. Pagaste con tu vida la traición en el acantilado hace cuatro siglos, y has vuelto de la tumba solo para convertirte en el perro de una corporación moribunda. Tu linaje sigue oliendo a cobardía.
Jin-hyuk borró la sonrisa de sus labios. Sus ojos se tiñeron de esa penumbra grisácea y lechosa que delataba la posesión de las sombras. Levanto su espada de acero negro, apuntando directamente al corazón de Kang-dae.
—¡Mátenlos! —ordenó el heredero de los traidores.
Los diez hombres de la fuerza táctica de Hanseong se abalanzaron de forma coordinada. No dispararon armas modernas; desenvainaron katanas y sables de combate táctico de acero oscuro, moviéndose con una agilidad sobrenatural que cortaba el aire helado.
—¡Ha-yun, detrás de la bobina central! —bramó Kang-dae.
Con un movimiento que desafió la lógica física, Kang-dae extendió su mano izquierda hacia el suelo. La espada de plata de la guardia real, que el secretario Kim había transportado oculta en un maletín de seguridad de Shinwha, voló hacia su mano como si respondiera a un llamado magnético. Al cerrar sus dedos alrededor de la empuñadura de plata, el acero bendito se encendió en ese fuego blanco y radiante que Ha-yun había bautizado con su propia sangre en la caverna.
El General se lanzó al encuentro de los atacantes.
Lo que siguió fue una sinfonía de destrucción ejecutada con la gracia de un k-drama y la crudeza de una guerra histórica. Kang-dae bloqueó tres sables simultáneamente, el sonido del choque de metales resonando en el ático como un trueno continuo. Con un giro de cadera, hundió el filo de plata en el torso del primer soldado táctico; el cuerpo del hombre no sangró, sino que se fragmentó en un remolino de ceniza violeta que fue absorbido de inmediato por la superficie del espejo de bronce.
El secretario Kim, a pesar de sus costillas vendadas y la dificultad para respirar, se interpuso en el flanco derecho, abriendo fuego con una pistola de repetición táctica contra los arqueros de sombras que intentaban posicionarse en las vigas del techo.
—¡Doctora Yoo! —gritó Kim, mientras esquivaba un corte descendente—. ¡El panel de control magnético está detrás del espejo! ¡Si logra sobrecargar las bobinas, el campo colapsará y el espejo estallará!
Ha-yun, con el vestido de satén negro medianoche rasgado en el dobladillo para poder moverse, corrió por el perímetro de la sala, pegando la espalda a las inmensas columnas de hormigón. Su mirada de cirujana escaneó el entorno con una velocidad frenética. Detrás del artefacto flotante, una consola de cristal líquido brillaba con una secuencia de códigos binarios y runas coreanas antiguas que se entrelazaban en la pantalla.