El viento de la noche de Seúl entraba como un torbellino por el espacio vacío donde antes se alzaba el imponente ventanal del ático de Hanseong. El cristal pulverizado, que ahora cubría el hormigón como una alfombra de diamantes rotos, crujía bajo el peso de un silencio sepulcral que aplastaba los hombros de los tres supervivientes. Minutos antes, habían desafiado al tiempo y roto los muros del olvido; ahora, el amanecer del eclipse no traía la paz, sino el peso de un apocalipsis silencioso programado en código binario.
Ha-yun continuaba de pie, su mano derecha fuertemente entrelazada con la de Kang-dae. Sus dedos, entumecidos por el frío ártico que aún emanaba de las paredes, no querían soltar al hombre que acababa de recuperarla de las tinieblas de la estasis. En su muñeca, el anillo plateado —la fusión definitiva del hilo rojo— latía con un compás tibio y constante. Pero sus ojos de cirujana estaban fijos en el mapamundi digital de la pantalla central. Las líneas moradas seguían extendiéndose por los continentes de la pantalla, infectando de manera virtual los suministros de agua de Seúl, Tokio, Nueva York, Londres... Una pandemia mística camuflada de crisis biológica global.
—No… esto no puede ser real —murmuró Ha-yun, dando un paso hacia el monitor. Sus piernas vacilaron por el agotamiento extremo, pero el brazo poderoso de Kang-dae la sostuvo de inmediato por la cintura, atrayéndola contra su cuerpo con esa posesividad feroz y protectora que el General había recuperado.
—Kim, corta las transmisiones salientes del servidor central de Hanseong. Aísla el edificio —ordenó Kang-dae. Su voz ya no arrastraba la soberbia del ejecutivo frío; era el tono de un comandante de guerra que veía el mapa de una invasión total—. Usa los satélites privados de Shinwha para crear un cortafuegos en la red de la Organización de la Salud.
El secretario Kim, con el rostro ensangrentado y la respiración muy superficial por el neumotórax mal curado, tecleaba con desesperación en la consola semidestruida. Las chispas saltaban de los cables violetas que aún colgaban del techo.
—Es tarde, señor —la voz de Kim se quebró, el eco de su frustración rebotando en el hormigón—. El protocolo de Jin-hyuk utilizó una encriptación fantasma de la era Joseon combinada con tecnología cuántica. Los datos ya están replicados en la nube global. Mañana a primera hora, los laboratorios de todo el mundo identificarán la toxina en los ríos como un patógeno mutante de origen desconocido. Y cuando comiencen los primeros síntomas de la necrosis… la prensa descubrirá que la única estructura molecular capaz de neutralizar el virus es el plasma con antígenos reales que solo existe en las venas de la doctora Yoo.
Ha-yun sintió un escalofrío que le congeló la médula ósea. Miró sus propias manos. La palma de su mano derecha, cortada por el bisturí en el búnker, aún conservaba líneas de sangre seca. Su profesión siempre había sido salvar vidas de una en una, en la intimidad de un quirófano, midiendo el éxito en mililitros y latidos. Pero esto... esto la convertía en el objetivo biológico más codiciado y peligroso del planeta.
—Te van a cazar, Ha-yun —susurró Kang-dae. Se giró hacia ella, tomándole el rostro con ambas manos. Sus ojos dorados brillaban en la penumbra del ático con una mezcla de furia y un terror absoluto que nunca había mostrado ante sus propios enemigos—. Los gobiernos, las farmacéuticas, los supervivientes de Hanseong… todos van a querer encerrarte en un laboratorio para desangrarte y clonar la cura. Te convertirán en una propiedad del mundo.
—Soy médica, Kang-dae —respondió ella, con las lágrimas desbordando sus ojos negros pero con una fijeza inquebrantable en la mirada—. Si mi sangre puede evitar que la gente muera con los pulmones llenos de ese humo negro… si puedo evitar que pasen por la agonía por la que tú pasaste…
—¡No voy a permitirlo! —la interrumpió él con un rugido sordo, apretando el agarre de sus mejillas, su frente colapsando contra la de ella en un gesto de pura desesperación—. Pasé cuatrocientos años vagando en la inmortalidad del olvido, viendo tu rostro desvanecerse en cada invierno, muriendo mil veces en secreto solo para tener la oportunidad de volver a escuchar tu voz en este siglo. No te recuperé anoche bajo el eclipse para entregarte como un espécimen a un mundo que ni siquiera sabe quiénes somos. Si el precio de mantenerte a salvo es que las diez metrópolis ardan en cenizas… que ardan. Mi único imperio eres tú.
El egoísmo devastador y romántico de sus palabras golpeó el alma de Ha-yun con la fuerza de un oleaje. Sintió el calor de su aliento, el olor a tormenta que emanaba de su piel y la vibración de ese amor prohibido que los había condenado en el pasado. Era el General que prefería quemar el palacio imperial antes que ver a su princesa prisionera.
—Presidente… doctora Yoo… tenemos movimiento en el vestíbulo inferior —advirtió el secretario Kim, desenfundando su arma táctica con manos trémulas—. Los equipos de respuesta rápida de la junta directiva de Shinwha acaban de entrar al edificio. Pero no vienen a rescatarnos. La Matriarca emitió una orden de captura confidencial a nivel cinco. Ella también vio las alertas del servidor cuántico. Sabe lo que la sangre de la doctora representa ahora en el mercado global.
Kang-dae se enderezó de golpe, la ternura desapareciendo de sus facciones para dar paso a la máscara del depredador letal. Caminó hacia el centro de la sala y recogió del suelo la espada de plata de la guardia real, cuyo acero aún conservaba el tinte rosado de la bendición de Ha-yun.
—Mi abuela quiere el monopolio de la cura para asegurar que el Grupo Shinwha gobierne el nuevo orden mundial —siseó Kang-dae, envainando el arma en su estuche oculto debajo del esmoquin rasgado—. Ella es el primer lobo que debemos cazar.