Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 21: El latido del espejo cuántico

El aire en el Santuario de la Estasis se había vuelto tan denso que cada inspiración quemaba la garganta de Ha-yun como si tragara fragmentos de hielo seco. El zumbido de las bobinas criogénicas, sumado al pitido rítmico y mortuorio de las pantallas de bioingeniería, componían la banda sonora de una ejecución inminente. El resplandor rojo del eclipse ya se había desvanecido en el exterior, pero dentro de este búnker bajo el Palacio de Gyeongbokgung, la penumbra se teñía de un violeta cenizo y letal.

—¡Noventa y seis por ciento! —la voz de la doctora Seo-yoon cortó la estática, desprovista de su habitual frialdad analítica. Sus dedos golpeaban el teclado de la consola con una velocidad desesperada, intentando inyectar virus informáticos en el sistema de la Matriarca—. ¡No puedo frenar la transferencia desde aquí! La Matriarca ha puenteado el servidor central con las baterías de respaldo de la torre Shinwha. Está drenando la red eléctrica de medio distrito de Jongno para forzar el ancla.

Kang-dae continuaba de rodillas, con las palmas de las manos apoyadas en el hormigón pulido. La rectitud del General se había quebrado bajo el peso de una gravedad metafísica. Su esmoquin negro, desgarrado y manchado de hollín, se ajustaba a un cuerpo que temblaba de forma violenta. Cada vez que el cilindro de criogenia emitía una pulsación dorada, el pecho de Kang-dae se hundía y una bocanada de humo gris, denso y helado, escapaba de sus labios. Sus ojos dorados parpadeaban, perdiendo el iris humano, flotando en un vacío de siglos que intentaba succionarlo.

—Ha-yun… —su voz fue un susurro roto, una vibración agonizante que rozó el oído de la doctora—. Tienes que… apartarte. El nexo… está absorbiendo también tu calor. Si me quedo aquí… te vaciaré.

—¡Cállate! —gritó ella, con las lágrimas desbordando sus ojos negros y deslizándose calientes por sus mejillas, evaporándose al tocar la piel gélida del hombre—. ¡Te lo dije en el pasillo y te lo repito bajo este palacio: no te voy a soltar! Soy tu médica, Kang-dae. He cosido arterias rotas, he devuelto el pulso a cuerpos vacíos, y no voy a dejar que una anciana loca y un cadáver de hace cuatrocientos años me roben al hombre que amo hoy.

Ha-yun lo rodeó con sus brazos desde atrás, pegando su pecho contra la espalda de él, entrelazando sus dedos con los de la mano izquierda de Kang-dae. En ese instante, la marca de la Promesa en la muñeca de ella —ese anillo plateado y permanente— resplandeció con una luz blanca y quirúrgica que perforó la penumbra violeta de la sala.

Un chispazo cuántico recorrió la columna de ambos. El monitor médico de la cápsula registró una desaceleración instantánea en la reconexión neurológica, clavándose en el noventa y siete por ciento. El entrelazamiento biológico de su amor era la única resistencia real contra la máquina corporativa.

—¡Qué conmovedor! —la voz rasposa de la Matriarca emergió de los altavoces de alta fidelidad, cargada de un desprecio soberbio—. El amor de la dinastía Joseon intentando detener el avance del progreso global. Doctora Yoo, su terquedad es admirable, pero la ciencia de Shinwha no se detiene por lágrimas. Si no se aparta, la transferencia la consumirá a usted también. Se convertirá en una cáscara vacía al lado de mi nieto.

A través del cristal de la cámara superior, Ha-yun pudo ver la silueta rígida de la anciana, rodeada por los cañones oscuros de los fusiles tácticos.

—¡Doctora Yoo, mire el panel de soporte vital de la cápsula! —gritó Seo-yoon, señalando una pequeña pantalla auxiliar de color ámbar situada en la base del cilindro de cristal—. No es solo energía cuántica. El fluido criogénico es plasma enriquecido con los mismos antígenos de la línea de sangre real de tu pasado. La Matriarca saqueó las tumbas de tus antepasados durante décadas para destilar ese líquido. ¡Por eso el corazón de Joseon está latiendo! Se alimenta del ADN de tu estirpe.

Ha-yun entendió la ecuación médica en un parpadeo de lucidez absoluta. La paradoja no se sostenía en el aire; se sostenía en la biología. El virus necrótico que infectaba los ríos del mundo, la parálisis de Kang-dae y el latido del cadáver eran ramificaciones de un mismo árbol cuya raíz era la sangre real que corría por sus propias venas.

—Si el fluido se contamina… el corazón del pasado se detendrá —dedujo Ha-yun, poniéndose de pie con esfuerzo, soltando sutilmente el agarre de Kang-dae.

—Sí, pero para contaminar un fluido criogénico de base cuántica se necesita un agente patógeno con un factor de transcripción inverso perfecto —respondió Seo-yoon, frustrada—. Algo que destruya la estructura del ADN real en segundos. No tenemos ese tipo de material biológico aquí abajo.

—Sí lo tenemos —sentenció Ha-yun.

Con una calma que heló la sangre de la bioingeniera, Ha-yun caminó hacia la mesa de instrumental de emergencia que Kim había bajado en la furgoneta. Recogió una jeringa de extracción de gran calibre y una aguja de punción lumbar. Sin mirar a la cámara de la Matriarca, clavó la aguja directamente en la vena cubital de su propio brazo izquierdo, tirando del émbolo con firmeza.

Una sangre de un rojo brillante, denso y cargado de ese fulgor carmesí y plateado, comenzó a llenar el cilindro transparente de la jeringa. Diez mililitros. Veinte. Treinta. El esfuerzo hizo que la cabeza de Ha-yun diera un vuelco de mareo, pero su mano no flaqueó.

—¿Qué estás haciendo, Ha-yun? —Kang-dae intentó levantar la cabeza, sus ojos dorados abriéndose con horror al ver lo que la doctora pretendía—. ¡No! ¡Tu sangre es la cura, no el veneno! ¡Si la inyectas allí, te destruirás!

—Mi sangre es la cura en el presente, Kang-dae, porque está viva —explicó ella, con una sonrisa triste y hermosa, mientras caminaba hacia los tubos de alimentación de la cápsula criogénica—. Pero para el pasado, mi sangre actual es una anomalía temporal, un anticuerpo del año 2026. Si introduzco el presente dentro del fluido que preserva el siglo XVII, la paradoja colapsará desde el interior. Es un choque anafiláctico cuántico.




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