Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 22: El amuleto del estanque hirviente

El dolor en el hombro de Ha-yun se había transformado en un latido sordo, una pulsación rítmica que parecía sincronizarse con el anillo plateado de su muñeca. La luz blanca de emergencia del búnker bañaba la estancia, otorgándole al hormigón y a los servidores destrozados un aspecto de ruina futurista. En el centro, la cápsula de criogenia contenía ahora un fluido inerte y ennegrecido; el cadáver de Joseon se había convertido finalmente en lo que debió ser desde un principio: polvo entregado al olvido del tiempo.

Kang-dae la sostenía contra su pecho con una firmeza que rozaba la desesperación. Su esmoquin, impregnado del olor a ozono y pólvora, era el único refugio cálido en ese subsuelo gélido.

—¿Puedes caminar? —le susurró él, rozándole la frente con los labios. La ferocidad del General había dado paso a una ternura tan vulnerable que a Ha-yun se le encogió el corazón.

—Soy médica, Kang-dae. He visto heridas peores que un roce de bala —respondió ella, forzando una sonrisa rota mientras apoyaba los pies en el suelo—. El desgarro es superficial. La adrenalina está haciendo su trabajo, pero mi curiosidad científica lo está haciendo mejor. Kim, ¿qué es lo que emergió en el estanque?

El secretario Kim guardó su teléfono satelital, manteniendo una mano apoyada en la pared para no sobrecargar sus costillas vendadas.

—Los sensores térmicos del palacio indican que el agua subterránea que alimenta el estanque del Pabellón Gyeonghoe-ru alcanzó los cien grados Celsius en el instante en que el corazón del pasado se detuvo. No es un fenómeno geológico, doctora. El vapor está bloqueando las cámaras de seguridad perimetrales, pero los guardias que custodian el jardín exterior informan que el agua ha cambiado de densidad. Algo empujó una estructura de piedra desde el fondo del pozo ancestral.

—Debemos subir —sentenció Kang-dae, ayudando a Ha-yun a ajustarse el abrigo de lana sobre el hombro herido. Recogió la espada de plata de la guardia real, cuya hoja ahora lucía un brillo limpio, libre de toda vibración necrótica—. El arresto de mi abuela mantendrá a la junta directiva ocupada por unas horas, pero los fiscales no tardarán en precintar el subsuelo. Si el pasado nos dejó una última respuesta, tenemos que tomarla antes de que la conviertan en evidencia gubernamental.

El trayecto de regreso por el túnel inclinado fue un ascenso hacia la realidad del Seúl de 2026. Al cruzar la puerta de servicio metálica y salir a los jardines exteriores del Palacio de Gyeongbokgung, el aire fresco de la mañana golpeó sus rostros, barriendo los restos de ceniza y humo que cargaban en la piel. El sol ya se había alzado por completo, tiñendo de un dorado pálido los tejados curvos tradicionales y las majestuosas estructuras de madera que habían sobrevivido a invasiones y guerras.

Sin embargo, al aproximarse al Pabellón Gyeonghoe-ru —la imponente estructura que se alzaba sobre un estanque artificial sustentado por cuarenta y ocho columnas de piedra—, el paisaje pacífico se transformó en una escena mística.

Una columna de vapor denso, blanco y cálido, se elevaba desde la superficie del agua, envolviendo el pabellón en una nube que parecía aislarlo del resto de la ciudad. El agua del estanque, habitualmente verdosa y calma, burbujeaba con una furia sorda, emitiendo un sonido de siseo constante que acallaba el ruido del tráfico lejano de Jongno. Los pocos guardias del palacio presentes permanecían a una distancia prudencial, con los rostros desencajados, hablando por sus radios de comunicación en un estado de pánico absoluto.

—Miren el centro del estanque —susurró Ha-yun, deteniéndose al borde del muelle de madera.

A través de los jirones de vapor, justo en el espacio intermedio entre las columnas centrales del pabellón, una plataforma de granito oscuro había emergido desde el lecho del pozo. Sobre la piedra húmeda, liberado del lodo de cuatro siglos, reposaba un objeto circular de unos veinte centímetros de diámetro. No era de bronce ni de plata; estaba hecho de un jade blanco de una pureza inverosímil, un material que no reflejaba la luz del sol, sino que parecía absorberla, emitiendo un resplandor lechoso y limpio.

Al ver el objeto, una violenta punzada de memoria, desprovista de dolor pero cargada de una profunda melancolía, sacudió la mente de Ha-yun.

Era la tarde anterior a la masacre de 1622. Ella, como la princesa Yeon-woo, permanecía oculta en el Pabellón Gyeonghoe-ru. En sus manos sostenía ese mismo amuleto de jade, un regalo de su madre antes de morir. "Este jade guarda el equilibrio de la estirpe, hija mía", le había advertido la reina. "Si la traición llegara a manchar este palacio, arrójalo al pozo profundo. Mientras el jade permanezca oculto en el agua, las sombras no podrán devorar tu alma por completo; te guardará para el día en que el hilo rojo vuelva a tensarse".

—Lo arrojé allí… justo antes de que los hombres de mi padre me capturaran —articuló Ha-yun, con la voz temblando por la emoción. Miró a Kang-dae—. No fue una coincidencia que Shinwha financiara la restauración de este pabellón en los años noventa. Tu abuela no buscaba solo tu cadáver, Kang-dae; buscaba el amuleto de jade. Ella sabía que el espejo de bronce de Hanseong era solo la mitad de la ecuación.

Kang-dae apretó los dientes, sus ojos negros fijos en el objeto de jade.

—El espejo de bronce era el emisor del vacío, el que permitía que las sombras cruzaran el velo del tiempo —analizó el General, su mente militar conectando las piezas del laberinto—. Pero este amuleto es el regulador. Al inyectar tu sangre en la cápsula y detener el corazón del pasado, el amuleto reconoció que la paradoja había terminado. Ha subido a la superficie para cerrar el portal de forma definitiva.




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