El eco del disparo con silenciador aún vibraba en el aire matutino del Pabellón Gyeonghoe-ru, devorado casi de inmediato por el siseo del agua que regresaba a su temperatura normal. Sobre las maderas pulidas del muelle ancestral, el secretario Kim presionaba su hombro herido, soltando un gemido de pura impotencia mientras veía su arma perderse en las profundidades verdosas del estanque.
Ha-yun sintió que el frío de la fosa subterránea regresaba a sus venas, pero esta vez no era un frío místico; era el frío helado de la realidad. Miró a la doctora Seo-yoon. La mujer que los había guiado a través del laboratorio, la científica que parecía sostener la última línea de defensa racional de la corporación, permanecía inmóvil frente a ellos. Su bata blanca ya no simbolizaba la curación, sino la pulcritud de un matadero corporativo.
—¿Por qué, Seo-yoon? —la voz de Kang-dae no fue un rugido esta vez. Fue una nota baja, cargada de una decepción tan profunda que cortaba más que el acero de su propia espada. Dio un paso al frente en la plataforma de granito, cubriendo a Ha-yun con su cuerpo, sus ojos negros fijos en la bioingeniera—. Te di el control total de la división de desarrollo de Shinwha. Te di los recursos para desafiar las leyes de la biología.
—Y se lo agradezco, presidente —respondió Seo-yoon, sin un solo rasgo de culpa en sus facciones perfectas. Hizo una sutil señal con la mano y los diez tiradores de uniforme gris ajustaron sus miras láser, dibujando puntos de un rojo brillante sobre el pecho de Kang-dae y la frente de Ha-yun—. Pero Shinwha y Hanseong son dinastías miopes, atrapadas en un feudo familiar de hace cuatrocientos años. Ustedes pelean por el trono de una península; mis nuevos inversores pelean por el monopolio de la inmortalidad global.
—El virus en las metrópolis… —articuló Ha-yun, dando un paso al costado para mirar a la científica por encima del hombro de Kang-dae. Sus dedos apretaban el jade blanco contra su pecho con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en la piel—. No fue un desecho de la paradoja. Tú lo liberaste a propósito.
—Considérelo un estudio de mercado, doctora Yoo —sonrió Seo-yoon, una sonrisa carente de cualquier rastro de humanidad—. Para que el mundo entienda el valor de un elixir, primero debe comprender el terror de la enfermedad. El espejo de bronce de Hanseong abrió la puerta, la Matriarca forzó el latido, y ustedes, con su patético y predecible romance del hilo rojo, hicieron el trabajo sucio de extraer el amuleto del pozo. Ahora, entreguen el jade.
Kang-dae apretó el puño izquierdo alrededor de la empuñadura de la espada de plata de la guardia real. El acero bendito emitió un destello blanco, sutil pero furioso, respondiendo a la tensión de su portador.
—Si das la orden de disparar, Seo-yoon, esta plataforma será lo último que veas —sentenció el General, su aura dorada intentando encenderse de nuevo, luchando contra el cansancio de su cuerpo.
—Si yo doy la orden de disparar, presidente, la doctora Yoo morirá en el acto. Y con ella, cualquier posibilidad de replicar los antígenos vivos —replicó la científica, señalando el estuche de transporte biológico de alta seguridad—. No queremos matarlos. Solo queremos el jade y el vial azul. Entréguenlo, y les permitiré vivir en esta era como los mortales comunes que desean ser. Quédense con su amor ordinario. Denme la eternidad.
Ha-yun miró el vial azul que reposaba en el compartimento de seda del jade. Sabía que si entregaba ese fluido, la farmacéutica global controlaría el destino biológico de la humanidad, decidiendo quién vivía y quién moría bajo el pretexto de una cura patentada. Pero si se negaba, Kang-dae moriría frente a sus ojos, en este mismo estanque donde su historia de amor real se había congelado siglos atrás.
Miró a Kang-dae. Él no la estaba mirando a ella; mantenía la vista fija en los tiradores, midiendo las distancias, calculando un ángulo de ataque imposible con la memoria del estratega militar de Joseon. Estaba dispuesto a morir otra vez solo para darle un segundo de ventaja.
«No de nuevo», pensó Ha-yun, sintiendo una fuerza inmensa nacer de la misma marca plateada que ahora rodeaba su muñeca como un anillo invisible. «No voy a dejar que te desangres en la nieve de este siglo».
—Está bien —declaró Ha-yun en voz alta, dando un paso definitivo al frente, extendiendo su mano derecha con el amuleto de jade abierto—. Tú ganas, Seo-yoon. Quédate con el elixir. Pero deja que los paramédicos se lleven al secretario Kim de inmediato. Él no es parte de este trato.
—¡Ha-yun, no! —intentó detenerla Kang-dae, agarrándola del brazo izquierdo, pero ella lo miró a los ojos con una fijeza tan intensa, tan llena de un código secreto de cirujana, que el General se detuvo, desarmado por la lucidez de su mirada.
—Confía en mí —le susurró ella, tan bajo que solo el viento del estanque pudo registrarlo.
La doctora Seo-yoon asintió con la cabeza, una chispa de codicia brillando en sus pupilas. Hizo una señal a uno de sus investigadores, quien avanzó por el muelle de madera sosteniendo el maletín de seguridad abierto, listo para recibir el tesoro de jade.
Ha-yun avanzó por la pasarela de madera, alejándose de la protección de Kang-dae. Cada uno de sus pasos resonaba en el silencio del pabellón. Su mente de médica estaba calculando algo que Seo-yoon, en su obsesión analítica, había pasado por alto en los informes biológicos.
El elixir azul no era una sustancia química estable. Era una contra-maldición cuántica pura. Y las anomalías cuánticas responden a un solo catalizador en este planeta: la presencia simultánea de las dos marcas del hilo rojo activas.