La luz del sol de la mañana golpeaba las aguas ahora calmas del estanque del Pabellón Gyeonghoe-ru, pero el calor que Ha-yun sentía en su pecho no provenía del cielo, sino de los brazos de Kang-dae. El abrazo en el que se fundían era un puerto seguro tras cuatrocientos años de tormentas y naufragios temporales. El anillo plateado en la muñeca de la doctora se había asentado bajo su piel, transformándose en una línea sutil, casi invisible, que ya no quemaba ni dolía. Eran libres. La paradoja cuántica se había cerrado y la humanidad respiraba aliviada mientras el virus necrótico se disolvía en los acuíferos del mundo.
Sin embargo, en el universo de las altas finanzas y las conspiraciones místicas de Seúl, la paz es solo el intervalo entre dos batallas.
Unos pasos apresurados sobre las maderas del muelle rompieron la intimidad del momento. Ha-yun se separó sutilmente del pecho de Kang-dae, girándose hacia la entrada del pabellón. El secretario Kim avanzaba con dificultad, sostenido por dos miembros del equipo de seguridad leal de Shinwha. Su hombro estaba vendado apresuradamente tras el disparo del silenciador, y su rostro, habitualmente imperturbable, lucía una palidez cenicienta que no se debía al dolor físico, sino al pánico.
—Señor… doctora Yoo… tienen que ver esto de inmediato —dijo Kim, su voz apenas un hilo de aire que competía con el sonido de las sirenas de la policía que ya rodeaban los muros exteriores del Palacio de Gyeongbokgung.
—Kim, los hombres de la farmacéutica global están desarmados y la doctora Seo-yoon está bajo custodia —respondió Kang-dae, su tono recuperando la autoridad del General, aunque su mano izquierda no soltaba la de Ha-yun—. La fiscalía especial está tomando el control del subsuelo. La guerra terminó.
—No para nuestros servidores, señor —Kim extendió una tableta digital de alta seguridad táctica. La pantalla parpadeaba con una línea de código militar de color rojo encendido—. En el instante en que la doctora Yoo asimiló el elixir azul y estabilizó la red cuántica, un protocolo de transferencia fantasma se activó de forma automatizada desde el exterior. Alguien no estaba usando la Corporación Hanseong como base; la usaban como un pararrayos para ocultar su verdadera ubicación.
Ha-yun se inclinó sobre la pantalla al lado de Kang-dae. Sus ojos de cirujana, entrenados para detectar anomalías en gráficos complejos, captaron de inmediato la ruta del paquete de datos. Las líneas de transferencia digital no morían en las sedes financieras de Suiza o Nueva York. Cruzaban la frontera del Paralelo 38, internándose en las montañas del norte de la península, en una zona militarizada de acceso restringido en los mapas oficiales de Pionyang.
—¿Corea del Norte? —murmuró Ha-yun, sintiendo un presentimiento gélido en la boca del estómago.
—No es el gobierno del norte, doctora —explicó Kim, tecleando un comando que amplió la imagen satelital del punto de origen. El mapa tridimensional mostró un antiguo búnker subterráneo de la era de la Guerra Fría, excavado en las entrañas del Monte Myohyang—. Es la Línea de Sangre de los Olvidados. Los descendientes directos del príncipe heredero de la dinastía Joseon que fue desterrado tras la masacre de 1622. El hermano de Yeon-woo.
Un relámpago de memoria pura, nítida y dolorosa atravesó la mente de Ha-yun.
Era la noche de la traición en el palacio real. Su hermano menor, el príncipe Lee-sun, de apenas doce años, lloraba mientras los guardias rebeldes lo arrastraban hacia un palanquín sellado. "¡Huye, hermana! ¡No dejes que borren nuestro apellido!", le había gritado el niño antes de desaparecer en la oscuridad de la frontera norte.
—Él no murió en el destierro… —articuló Ha-yun, las lágrimas acudiendo a sus ojos negros de forma instantánea—. Tuvo descendencia. Su linaje sobrevivió en las sombras del norte durante cuatro siglos, esperando que el hilo rojo volviera a encenderse en Seúl.
—Ellos financiaron a la doctora Seo-yoon —dedujo Kang-dae, su mandíbula apretándose con una furia fría. Agarró la espada de plata de la guardia real, sintiendo que el acero vibraba sutilmente, no con el veneno de Hanseong, sino con una llamada directa desde la frontera—. Sabían que la Matriarca de Shinwha y el director de Hanseong se destruirían mutuamente en su codicia corporativa. Querían que el amuleto de jade y el elixir azul subieran a la superficie para poder clonar el código genético original de la familia real.
De repente, la pantalla de la tableta digital se tiñó de estática gris. El zumbido electrónico fue reemplazado por una transmisión de audio de alta fidelidad. Una voz de hombre, joven, de una modulación perfecta, pausada y escalofriantemente similar a la de la propia Ha-yun, emergió de los altavoces:
"Felicidades por sobrevivir al eclipse, querida hermana Yeon-woo. Y a ti también, General Kang-dae. Han jugado sus papeles con una belleza trágica digna de nuestra estirpe. Pero el elixir que asimilaste en tus venas no es solo una cura para el siglo XXI; es la llave de acceso a las bóvedas imperiales que mi línea de sangre ha custodiado en el norte. La verdadera dinastía no se destruye con un software corporativo en Gangnam. Los esperamos en el Monte Myohyang antes de que la luna vuelva a completarse. Si no cruzan la frontera en cuarenta y ocho horas, el archivo que revela la identidad biológica de la doctora Yoo será liberado a las agencias de inteligencia global. Que el viaje les sea leve, amantes del tiempo".
La transmisión se cortó con un pitido seco, dejando al Pabellón Gyeonghoe-ru sumergido en un silencio de tumba.
Ha-yun miró a Kang-dae. El sol de la mañana iluminaba sus rostros, pero la línea del horizonte hacia el norte parecía haberse cubierto de una neblina densa y oscura. Habían derrotado a los lobos del presente, pero el laberinto de su pasado real acababa de abrir una última y letal frontera más allá de las fronteras de la guerra moderna. El juego de la reencarnación y la alta traición no había terminado; se mudaba al corazón del santuario más hermético del planeta, y la cuenta regresiva hacia el reencuentro de la sangre acababa de iniciar su compás más adictivo.