Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 25: El eco de la sangre desterrada

El viento que soplaba desde el norte sobre los terrenos históricos de Gyeongbokgung parecía arrastrar el olor a pólvora fría, pino húmedo y a fronteras blindadas. El sol de la mañana, aunque alto, no lograba disipar la bruma que se había asentado sobre el estanque, una neblina densa que ahora se sentía como el presagio de una nueva y definitiva condena.

Ha-yun continuaba con la mirada clavada en la pantalla de la tableta digital que el secretario Kim sostenía con manos trémulas. La línea roja que parpadeaba en el Monte Myohyang, en lo profundo del territorio de Corea del Norte, se sentía como un anzuelo enterrado directamente en su memoria. Las palabras del audio seguían flotando en el ambiente, sibilantes, aristocráticas, cargadas de una familiaridad genética que le erizaba la piel: «Felicidades por sobrevivir al eclipse, querida hermana Yeon-woo».

—Mi hermano… —el susurro de Ha-yun fue apenas un hilo de voz que se quebró antes de salir de sus labios.

Se llevó la mano izquierda a la cabeza, sintiendo un vértigo repentino. El elixir azul que había asimilado no solo había destruido la maldición en sus venas, sino que había abierto de par en par los canales de su subconsciente. Las imágenes de su vida pasada en Joseon ya no eran ráfagas difusas; eran recuerdos nítidos, con texturas, olores y dolores reales. Recordó las lágrimas del pequeño príncipe Lee-sun, la textura de su túnica real de seda azul y el sonido de los cascos de los caballos alejándose hacia el destierro mientras ella era arrastrada hacia el verdugo.

—No puede ser él, Ha-yun —intervino Kang-dae, colocándose frente a ella, tomándola firmemente por los hombros para anclarla al presente. Sus ojos negros, ahora completamente humanos pero imbuidos de la lucidez del estratega que había sido, la miraban con una intensidad feroz—. Lee-sun murió en el siglo XVII. El hombre que habló por esa frecuencia es su descendiente. Alguien que ha heredado cuatrocientos años de rencor, secretos y el acceso a una tecnología que ni el Grupo Shinwha ni Hanseong lograron prever.

—Financiaron a la doctora Seo-yoon desde Pionyang —articuló el secretario Kim, apoyando su cuerpo contra una de las columnas de piedra del pabellón mientras un paramédico de la comitiva leal de Shinwha comenzaba a tratar el disparo en su hombro—. Usaron el software de Hanseong y la ambición de la Matriarca como una pantalla de humo. Mientras nosotros peleábamos en las calles de Seúl por nuestras vidas, la Línea de Sangre de los Olvidados esperaba el colapso para quedarse con los datos cuánticos.

Kang-dae soltó a Ha-yun y se giró hacia Kim, su rostro transformándose en una máscara de piedra tallada. El esmoquin deshilachado y manchado de hollín no lograba restar un ápice de la majestuosidad peligrosa que emanaba de su postura.

—Kim, prepara la ruta de extracción. Necesitamos un corredor seguro hacia el norte.

—Señor… cruzar la Zona Desmilitarizada (DMZ) es un suicidio militar —advirtió Kim, con los ojos abiertos por el espanto—. No estamos tratando con una junta directiva a la que podamos comprar con acciones o una adquisición hostil. Es la frontera más vigilada del planeta. Si los radares del ejército captan un movimiento de Shinwha, desataremos un conflicto internacional antes del mediodía.

—No usaremos los métodos de la corporación, Kim —sentenció Kang-dae, desenvainando un centímetro de la espada de plata de la guardia real, cuyo metal emitió un sonido limpio y agudo—. Usaremos los caminos que el general de la guardia real trazó en 1622. Los túneles de infiltración subterráneos de la dinastía que nunca fueron registrados en los mapas modernos. Mi linaje construyó esas vías de escape para el caso de una invasión bárbara. Siguen allí, debajo de la roca de la frontera.

Ha-yun miró la espada y luego miró el amuleto de jade blanco que aún sostenía contra su pecho. El vial azul ya estaba vacío, asimilado en su sistema biológico, convirtiéndola en una biblioteca viviente del ADN imperial. Entendió que la amenaza de su supuesto "hermano" era absoluta: si su identidad genética era filtrada a las agencias de inteligencia mundiales, se convertiría en una prisionera del estado, una propiedad científica en nombre de la seguridad global. Su vida como cirujana en Seúl había muerto en el instante en que el elixir tocó su piel.

—Voy contigo —declaró Ha-yun, dando un paso al frente y entrelazando sus dedos con los de Kang-dae. El contacto ya no desató descargas dolorosas, sino un calor tibio, un pacto silencioso entre dos almas que se negaban a ser separadas de nuevo.

Kang-dae la miró, una mezcla de orgullo y una profunda preocupación cruzando sus pupilas.

—El norte es un territorio hostil, Ha-yun. No hay hospitales privados de Shinwha, ni leyes corporativas que puedan protegerte. Si cruzamos esa línea, solo nos tendremos el uno al otro y al acero de esta espada.

—Llevo cuatrocientos años huyendo de los verdugos, General —respondió ella, sosteniéndole la mirada con una soberbia que evocó a la princesa Yeon-woo—. Es hora de mirar al verdugo a los ojos y descubrir por qué nuestro apellido sigue maldito. Prepárate.

Distrito de Jongno, Seúl.

11:30 AM. Faltan 41 horas para la hora límite.

Mientras las patrullas de la policía y los vehículos oficiales de la fiscalía especial de Corea precintaban el subsuelo del Palacio de Gyeongbokgung y la prensa nacional colapsaba con la noticia del arresto de la Matriarca de Shinwha, una furgoneta de mantenimiento utilitaria de color gris salía por los portones traseros del complejo histórico.

Dentro del vehículo, el ambiente era de una tensión asfixiante. Kang-dae se había despojado finalmente del esmoquin, vistiendo ahora ropa táctica oscura de alta resistencia. Ha-yun se había cambiado el vestido de satén negro por un uniforme de paramédico de Shinwha, el cabello recogido en una trenza ajustada que dejaba al descubierto la palidez de su cuello. Su muñeca derecha, donde el anillo plateado se había fundido, mostraba una sensibilidad térmica inusual; cada vez que la furgoneta avanzaba hacia el norte, la piel le hormigueaba, como si una brújula interna la estuviera guiando.




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