La tecnología del siglo XXI murió con un sutil chasquido electrónico. Las linternas tácticas de alta potencia que Kang-dae llevaba en su equipo militar parpadearon dos veces antes de quedar reducidas a carcasas inútiles de plástico y metal. En cualquier otro túnel subterráneo del mundo, aquello habría significado la negrura absoluta, el confinamiento claustrofóbico de la roca viva. Pero en este pasadizo ancestral, enterrado a cientos de metros bajo las alambradas y los campos minados de la Zona Desmilitarizada, la oscuridad fue desterrada por una fuerza mucho más antigua.
Un siseo colectivo recorrió las paredes de magnetita. Una a una, incrustadas en nichos de piedra tallados con la caligrafía de la dinastía Joseon, decenas de antorchas se encendieron solas.
Pero su fuego no era naranja ni danzaba con el calor de la madera quemada. Era una llama de un color violeta eléctrico y gélido. Un resplandor espectral que no emitía calor, sino que devoraba la temperatura ambiente, haciendo que el aliento de Ha-yun escapara de sus labios en densas bocanadas de vapor blanco. Las sombras que proyectaban las llamas en las paredes de roca volcánica no imitaban sus movimientos; parecían estirarse y retorcerse por su cuenta, como si el subsuelo de la frontera estuviera custodiado por los fantasmas de los soldados que alguna vez juraron proteger ese camino.
Kang-dae reaccionó con la velocidad de un felino que detecta una emboscada en la espesura. Soltó la linterna inútil y, en un movimiento fluido que hizo crujir el cuero de su chaleco táctico, desenvainó la espada de plata de la guardia real.
El acero bendito, impregnado para siempre de la línea plateada que Ha-yun le había otorgado con su sangre, reaccionó de inmediato al fuego violeta. La hoja se encendió en un resplandor blanco, quirúrgico y radiante, que actuó como un escudo de luz pura, empujando la penumbra morada a dos metros de distancia de ellos.
—No te sueltes de mí, Ha-yun —ordenó Kang-dae, su voz resonando con la vibración profunda del comandante de Joseon. Dio un paso al frente, colocándose de medio lado para cubrir el flanco de la doctora—. Este fuego… no es el veneno de Hanseong. Es la Llama del Confinamiento. Mi linaje usaba este mecanismo para sellar los túneles imperiales en caso de alta traición. El norte sabe exactamente en qué escalón estamos parados.
Ha-yun apretó los dedos de su mano derecha alrededor de la mano izquierda de él. El contacto era su única ancla a la cordura en mitad de ese delirio temporal. Su muñeca, donde el anillo plateado se había asimilado por completo bajo la epidermis, hormigueaba con una intensidad que rozaba el dolor físico. El elixir azul que corría por sus venas parecía pulsar al mismo ritmo que las antorchas violetas, como si su propio corazón fuera el metrónomo que controlaba la magia oscura del túnel.
—No tengo intenciones de volver atrás, General —respondió Ha-yun, forzando a su voz de cirujana a sonar firme, aunque sus rodillas amenazaban con ceder por el cansancio acumulado—. Mi hermano... o quienquiera que sea el hombre que heredó su sangre en el norte, nos abrió la puerta. Si este es el camino hacia su santuario, caminemos.
Avanzaron en fila india, descendiendo por los escalones de piedra que se hundían en las entrañas de la frontera más vigilada del planeta. El suelo estaba cubierto por una fina capa de escarcha cristalina que crujía bajo las botas tácticas de Kang-dae y las zapatillas de Ha-yun. Con cada metro que descendían, el siseo de las antorchas se mezclaba con un eco sordo, una vibración rítmica que no provenía de las máquinas modernas del ejército coreano, sino de un tambor de guerra que Ha-yun reconoció con el alma: el mismo compás atávico que habían escuchado en el búnker de la montaña Taebaek.
La Línea de Sangre de los Olvidados los estaba guiando hacia su propio patíbulo.
Treinta minutos de descenso continuo los llevaron al final de la escalinata. El túnel de piedra se abrió de golpe, revelando una inmensa caverna subterránea que desafiaba toda lógica geológica y arquitectónica.
Ha-yun se detuvo en seco, ahogando un gemido de pura sorpresa.
Estaban exactamente debajo del Paralelo 38, en la fosa neutra que separaba a las dos Coreas. Pero lo que se alzaba ante ellos no era una fortificación militar de la Guerra Fría. Era una réplica exacta, a escala real, del patio principal del Palacio Real de Joseon, esculpida directamente en la roca viva de la montaña profunda. Columnas de granito oscuro sostenían un techo de piedra que imitaba las vigas de madera quemada de la masacre de 1622. En lugar de antorchas, el inmenso patio estaba iluminado por un lago subterráneo de agua pesada que brillaba con ese mismo fulgor violeta y gélido, proyectando reflejos espectrales en las paredes de la cripta.
Y en el centro del patio, sentado sobre un trono de piedra tallado con figuras de fénix decapitados, esperaba el fin de su viaje.
El hombre no vestía la ropa táctica del norte ni el uniforme militar de Pionyang. Llevaba un gonryongpo —la túnica real del príncipe heredero— de una seda azul cobalto tan profunda que parecía absorber la luz violeta del lago. Sus facciones eran de una simetría perfecta, aristocrática, y su palidez evocaba la de un cadáver preservado bajo el hielo. Pero lo que hizo que a Ha-yun se le congelara la sangre en las venas fueron sus ojos. Sus pupilas eran idénticas a las de ella: dos esferas de un negro absoluto, limpias, pero cargadas de una melancolía milenaria que delataba el peso de la misma herencia de sangre real.
A su lado, inmóvil como una estatua de sal, permanecía una figura que Ha-yun no esperaba volver a ver en esta vida: la doctora Seo-yoon. La bioingeniera cuántica ya no vestía su impecable bata de sastre blanca; llevaba un hanbok de luto de color blanco crudo, y sus ojos, antes fríos y analíticos, miraban al suelo en una sumisión absoluta que revelaba quién había sido su verdadero amo desde el principio.