El choque de los primeros aceros bajo el cielo de piedra del Paralelo 38 no produjo el sonido seco del armamento moderno, sino un lamento metálico, agudo y prolongado, que pareció rasgar la atmósfera de la caverna. Las espadas de acero negro de los soldados del norte, imbuidas de esa energía violeta y gélida, colisionaron contra la hoja de plata de Kang-dae en una ráfaga de chispas moradas y blancas que iluminaron el patio simulado como relámpagos en una noche de tormenta.
—¡Quédate detrás de la columna central, Ha-yun! —bramó Kang-dae, su voz barriendo el siseo del lago subterráneo.
Con un giro de muñeca que desafió la velocidad de la percepción humana, el General desvió el ataque de tres sables enemigos. La espada de plata de la guardia real trazó un arco ascendente perfecto, cortando el aire con un zumbido musical que purificaba la penumbra. Al contacto con el acero bendito, las armas negras de los atacantes se astillaban como cristal templado, y los soldados —despojados de su fuerza mística— eran lanzados hacia atrás, golpeando las losas de granito con la violencia de cuerpos vacíos.
Kang-dae se movía con una Gracia Devastadora. No había flaqueza en su hombro herido, ni rastro del cansancio corporativo de Seúl. Volvía a ser el comandante supremo de la élite imperial, el hombre que había jurado ante el cielo que ninguna dinastía, viva o muerta, volverá a poner una mano sobre la mujer que amaba.
Ha-yun, con la espalda pegada al granito frío de la columna, presionaba el amuleto de jade blanco contra su pecho. Sus ojos negros no perdían un solo movimiento del General. El pánico que había sentido al principio se había transformado en una lucidez gélida, la misma concentración que utilizaba en el quirófano cuando el monitor cardíaco de un paciente entraba en línea recta. Podía ver las líneas de luz azul cobalto que recorrían los vasos sanguíneos de sus propios brazos, pulsando en una perfecta y dolorosa sincronía con cada estocada de la espada de Kang-dae. Sus vidas no solo estaban unidas por un hilo invisible; ahora compartían el mismo sistema nervioso cuántico.
—¡Es una danza patética, General! —la voz del príncipe Lee Jin-wook resonó desde lo alto de los escalones del trono, su tono cargado de un desprecio patricia—. Puedes cortar a diez de mis guardias, o a cien, pero el Trono del Retorno ya está conectado a la red de alta tensión del sector militar. El tiempo no se detiene por la espada de un lacayo.
Jin-wook se giró hacia la doctora Seo-yoon, quien permanecía de rodillas ante la consola de bioingeniería cuántica, con los dedos temblando sobre el teclado.
—Jefa Seo… inicie la fase de compresión temporal ahora mismo —ordenó el príncipe del norte, sus ojos negros destellando con un sadismo real—. Si el General no entrega a mi hermana, forzaremos la extracción magnética de su plasma directamente desde la consola.
—Príncipe Jin-wook… el campo cuántico de la doctora Yoo está inestable —advirtió Seo-yoon, su voz perdiendo toda la soberbia científica que había mostrado en el palacio—. Al asimilar el elixir azul, su ADN se ha vuelto un vector reversible. Si activamos la sobrecarga antes de que el General esté encadenado al Trono, corremos el riesgo de crear un horizonte de sucesos que no regrese a 1622… sino que desintegre la materia orgánica de toda la península en este siglo.
—¡No me importa el riesgo! —rugió Jin-wook, perdiendo por un segundo su calma aristocrática, sus facciones perfectas contorsionándose en una mueca de pura ambición dinástica—. Llevamos cuatrocientos años viviendo como ratas en los túneles del destierro, viendo a los traidores heredar la luz del sol. ¡Prefiero ver esta península convertida en un desierto de ceniza antes que pasar un solo día más a la sombra de su progreso! ¡Active la secuencia!
Seo-yoon cerró los ojos, tragó saliva y presionó el comando de ejecución final.
Un quejido hidráulico gigantesco, sordo y subterráneo, sacudió los cimientos de la caverna. Detrás del trono de piedra, las descomunales bobinas de aleación de plata de la maquinaria del norte comenzaron a girar a máxima potencia. El fluido azul cobalto que corría por los cables de alimentación comenzó a hervir, emitiendo un vapor denso que tiñó el aire de un olor a ozono y azufre que ahogaba los pulmones.
En las pantallas de monitoreo de la cripta, el indicador digital del tiempo comenzó a parpadear de forma errática. Los relojes del año 2026 retrocedían en segundos, luego en minutos, saltando de golpe entre eras distintas. Las luces violetas del lago subterráneo estallaron en una frecuencia intermitente que cegaba la vista.
Ha-yun sintió una punzada brutal en el centro de su esternón. La cicatriz de su muñeca derecha ardió con un fuego tan intenso que la obligó a caer de rodillas sobre las losas de granito. El plasma en sus venas comenzó a responder al magnetismo del Trono del Retorno; sentía como si miles de agujas invisibles tiraran de su sangre, intentando arrancarla de su cuerpo para alimentar el vórtice temporal que se abría detrás del trono.
—¡Ha-yun! —Kang-dae lo vio.
Olvidando la guardia militar, se giró hacia ella. Aprovechando ese segundo de distracción, el líder de los guardias del norte avanzó por su flanco ciego, hundiendo su sable de acero negro directamente en el costado derecho de Kang-dae, justo por debajo de la línea de su chaleco táctico.
El filo oscuro atravesó la carne. El fluido necrótico violeta de la espada enemiga siseó al entrar en contacto con la sangre caliente del General.
Kang-dae soltó un gemido ahogado, pero no cayó. Con un rugido de pura furia salvaje, giró sobre sus propios talones y, con un movimiento descendente de la espada de plata, decapito al atacante en un suspiro. Sin embargo, el esfuerzo hizo que tuviera que apoyarse en la columna de Ha-yun, con la respiración entrecortada y el rostro cubierto de un sudor helado. El veneno negro comenzaba a teñir las venas de su cuello de un color ceniza tétrico.