Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 29: El umbral de la superficie

El colapso del búnker místico del norte no se produjo con la estridencia de una demolición convencional, sino con un gemido telúrico que pareció brotar de las entrañas mismas de la península. A las espaldas de Kang-dae y Ha-yun, las réplicas de las columnas de granito del Palacio de Joseon, esculpidas en la roca viva, comenzaron a agrietarse de arriba abajo, soltando láminas de piedra volcánica que se pulverizaban al chocar contra las losas del patio simulado. El lago subterráneo de agua pesada, despojado de la inducción cuántica que mantenía su brillo violeta, se agitaba en olas densas y oscuras que tragaban los terminales de computación de la doctora Seo-yoon con un siseo sordo.

Kang-dae corría por el túnel de infiltración con una zancada larga y felina, ignorando el dolor agudo que nacía del costado de su torso, donde el sable del norte había rasgado su carne. Su brazo izquierdo aprisionaba el cuerpo de Ha-yun contra su pecho con una fuerza que combinaba el pánico a perderla con la devoción del soldado que resguarda su único tesoro. La espada de plata de la guardia real, sostenida en su mano derecha, ya no irradiaba el fuego furioso de la batalla; emitía una luz blanca, constante y protectora, una linterna divina en mitad del polvo asfixiante que comenzaba a inundar el pasadizo.

Ha-yun mantenía los brazos alrededor del cuello del General, con la cabeza apoyada en el hueco de su hombro. A pesar de los giros violentos de la huida, su mente ya no experimentaba la fragmentación de las visiones. El plasma purificado y el elixir azul que corrían por sus vasos sanguíneos se habían asentado en una calma biológica perfecta. Sus recuerdos estaban allí: ordenados, lúcidos, entrelazando la precisión quirúrgica del Seúl de 2026 con la memoria trágica de la princesa Yeon-woo. Ya no batallaba contra el pasado; lo gobernaba desde su presente.

—Falta poco, Ha-yun… resiste —la voz de Kang-dae llegó a sus oídos, ronca, pesada por el esfuerzo y el humo que inundaba la cripta.

—No me voy a ir a ningún lado, Kang-dae —respondió ella en un susurro, apretando el agarre de sus dedos en la nuca del hombre. Sintió el sudor helado de su piel y el compás acelerado de su corazón batiéndose contra sus costillas. Como cirujana, sabía que él estaba al límite de su resistencia física. La adrenalina de la batalla estaba cediendo, dejando paso al trauma del tejido muscular de su costado.

Delante de ellos, la silueta de la doctora Seo-yoon se recortaba contra la penumbra. La bioingeniera corría con tropiezos, su hanbok blanco de luto manchado de hollín y deshilachado por los bordes. En su mano derecha se aferraba a un disco duro de titanio blindado, el último residuo de los datos cuánticos del Trono del Retorno. Su ambición global había quedado reducida a una huida desesperada por la supervivencia en la roca oscura.

De repente, una réplica más violenta sacudió el techo del pasadizo.

Un descomunal bloque de magnetita se desprendió directamente sobre el trayecto de Seo-yoon. La científica soltó un grito agudo al ver la sombra de la piedra descender hacia ella. Instinctivamente, se arrojó hacia el suelo, rodando sobre la escarcha del túnel justo cuando el bloque impactaba con el suelo con el estruendo de un trueno, bloqueando el pasillo a tres metros de distancia de la salida. El impacto astilló la roca, enviando metralla de piedra volcánica en todas direcciones.

Kang-dae plantó los pies en seco, derrapando sobre las losas heladas, protegiendo el cuerpo de Ha-yun con su propia espalda mientras los fragmentos de piedra rebotaban contra su chaleco táctico.

El túnel había quedado sellado a escasos cincuenta metros de la escalinata que conducía al templo budista del Monte Dorasan.

—¡Maldición! —escupió el General, dejando a Ha-yun de pie con delicadeza, apoyándola contra la pared de roca menos afectada por las grietas.

Kang-dae avanzó hacia el derrumbe, levantando la espada de plata para evaluar la estabilidad de la obstrucción. El bloque de granito medía más de dos metros de alto, encajado perfectamente entre las paredes laterales del pasadizo como un tapón neumático. Detrás de la piedra, se escuchaban los quejidos de la montaña que continuaba asentándose sobre la cripta del norte.

—Presidente… ayúdeme —la voz de la doctora Seo-yoon llegó desde el suelo, amortiguada por el polvo.

Su pierna izquierda había quedado atrapada por debajo de uno de los fragmentos menores del desprendimiento. El disco duro de titanio permanecía a unos centímetros de sus dedos, brillando con una luz azul intermitente que indicaba que la transferencia remota de datos seguía activa, buscando una señal satelital que ya no existía en el subsuelo.

Ha-yun se deslizó por la pared de roca, ignorando el mareo de su propia pérdida de plasma. Su instinto médico se activó de forma automática al ver la posición de la pierna de Seo-yoon. Se arrodilló al lado de la mujer que minutos antes había intentado desangrarla en el Trono del Retorno.

—No se mueva, Seo-yoon —ordenó Ha-yun, sus manos moviéndose con rapidez clínica por encima del muslo de la científica, evaluando el pulso femoral—. El bloque menor está comprimiendo la arteria tibial. Si Kang-dae mueve la piedra sin el ángulo adecuado, el flujo masivo de toxinas musculares entrará a su sistema y sufrirá un paro cardíaco por aplastamiento en menos de un minuto.

Seo-yoon la miró con los ojos desorbitados, las lágrimas limpiando canales limpios en el hollín de sus mejillas. La lógica implacable de la bioingeniera se desmoronó ante la piedad científica de la cirujana.

—¿Por qué me ayuda? —articuló la científica con un hilo de voz—. Vendí su código… intenté borrar su era…




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