El asfalto de la pista privada del hangar de Shinwha, en la periferia del Aeropuerto Internacional de Incheon, brillaba bajo la llovizna implacable de la medianoche. Las luces halógenas de la torre de control se filtraban a través de las gotas de agua, dibujando destellos ambarinos y azulados sobre el fuselaje cromado del Gulfstream G650, el jet corporativo que esperaba con las turbinas encendidas, emitiendo un zumbido agudo que hacía vibrar el suelo húmedo.
Para Yoo Ha-yun, cada paso hacia la escalerilla del avión se sentía como una amputación en seco de su realidad.
Llevaba puesto un abrigo largo de cachemira negro que el secretario Kim le había proporcionado a toda prisa, pero debajo seguía vistiendo el uniforme de paramédico de la corporación. En su mano derecha, oculta dentro del bolsillo, sus dedos rodeaban el amuleto de jade blanco. El objeto ya no desprendía el calor místico de la dinastía Joseon; se sentía denso, pesado, una reliquia del tiempo que parecía albergar una masa gravitatoria propia. Su muñeca, libre de marcas visibles, pulsaba con un hormigueo sutil que apuntaba hacia el oeste, como la aguja de una brújula biológica obsesionada con una coordenada invisible.
A su lado, Kang-dae avanzaba con la mandíbula apretada, su brazo izquierdo rodeando firmemente la cintura de ella. A pesar de las veinticuatro horas que habían pasado desde que su carne fue rasgada por el acero del norte, la debilidad del shock hipovolémico había sido sepultada bajo la férrea disciplina del General. Vestía un abrigo de sastre oscuro sobre una camisa negra entreabierta en el cuello, revelando el inicio de los vendajes quirúrgicos que le oprimían el pecho. Sus ojos negros, desprovistos del fulgor dorado pero cargados de una lucidez feroz, escaneaban el perímetro del hangar con la frialdad de un comandante que sabe que la retaguardia está a punto de ser flanqueada.
—Señor, los radares de la policía metropolitana acaban de registrar el despegue de dos helicópteros de la fiscalía especial desde el centro de Seúl —la voz del secretario Kim llegó a través del auricular táctico que Kang-dae llevaba en el oído izquierdo—. Tienen exactamente siete minutos antes de que el espacio aéreo de Incheon sea bloqueado por un decreto de seguridad nacional.
—Suficiente —respondió Kang-dae, su tono cortante, una orden militar que no admitía réplicas—. Kim, asegúrate de que el plan de vuelo hacia Estambul esté registrado bajo el código de una subsidiaria de Shinwha en el sector energético. Si los filtros de las Naciones Unidas saltan, diles que enviamos un equipo de prospección geológica.
—Entendido, General. Buena caza —el susurro final de Kim arrastró una reverencia implícita que atravesó la estática de la frecuencia antes de cortarse con un clic seco.
Ha-yun se detuvo al pie de la escalerilla de aluminio, el viento del hangar agitando los mechones húmedos de su cabello sobre el rostro. Giró la cabeza una última vez para mirar el horizonte de Seúl. A lo lejos, la silueta de los rascacielos de Songdo se recortaba contra el cielo gris de la tormenta, un monumento de neón y cristal al siglo XXI en el que ella había nacido, donde había estudiado anatomía, donde había tomado su primer café de guardia y donde, finalmente, había recordado que su alma le pertenecía a un guerrero de otra era.
—¿Tienes miedo, mi cirujana? —la voz de Kang-dae descendió sobre ella, perdiendo la rigidez del mando corporativo, tornándose en esa caricia de terciopelo que siempre le llegaba al alma. Sus dedos largos buscaron su barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos.
—No tengo miedo del viaje, Kang-dae —respondió ella, con las lágrimas amagando con brotar de sus ojos negros, pero sosteniéndole la mirada con una piedad majestuosa—. Tengo miedo de lo que vamos a encontrar en Anatolia. Destruimos el Trono del Retorno para salvar este siglo, pero si Göbekli Tepe es el origen de la anomalía... siento que estamos caminando directamente hacia la trampa de un dios que se aburrió de nuestra historia.
Kang-dae la atrajo contra su pecho, envolviéndola en el calor de su abrigo, un refugio de carne y hueso en mitad de la llovizna de Incheon.
—Entonces obligaremos a ese dios a reescribir sus reglas —susurró él contra su oído, sus labios rozando su piel húmeda—. Ya no somos los peones ciegos de la Matriarca ni del Ministro Yoon. Tenemos la memoria de Joseon y la ciencia de tu era. Si el tiempo quiere nuestra sangre para mantener su equilibrio, tendrá que venir a sangrar con nosotros. Sube al avión.
El vuelo sobre el abismo
El rugido de las turbinas del Gulfstream alcanzó su punto máximo cuando el jet se desprendió de la pista de Incheon, elevándose en un ángulo pronunciado que atravesó la densa capa de nubes de la tormenta en pocos segundos. Abajo, las luces azules y rojas de las patrullas de la fiscalía especial que irrumpían en el hangar privado se convirtieron en minúsculos puntos de luz difusa antes de desaparecer bajo el manto blanco de la atmósfera.
La cabina VIP del avión era un santuario de lujo silencioso: paneles de madera de nogal pulida, asientos de cuero crema y una iluminación tenue de color cálido que invitaba al descanso que sus cuerpos reclamaban a gritos. Sin embargo, sobre la mesa de centro de cristal, el mapa holográfico tridimensional de Göbekli Tepe seguía encendido, parpadeando con esa frecuencia matemática de color azul cobalto que el secretario Kim había extraído de los servidores caídos del norte.
Ha-yun se había despojado de la chaqueta de cachemira, sentada con las piernas recogidas en uno de los amplios sillones. Tenía el ordenador portátil de la doctora Seo-yoon abierto sobre las rodillas, escaneando los informes arqueológicos y geológicos que el software de la corporación había recopilado de forma encubierta en los últimos años.