El destello violeta necrótico que parpadeaba en el vientre del dron de combate cortaba la negrura del Mar Negro con la precisión de un láser quirúrgico. A diez mil metros de altura, suspendidos en una cabina presurizada que de pronto se sentía tan frágil como un cascarón de huevo, Ha-yun y Kang-dae contemplaban la silueta geométrica del cazador invisible. El zumbido monótono de los motores del Gulfstream G650, que minutos antes invitaba a una falsa tregua, se transformó en una vibración hostil que sacudía el suelo de madera de nogal y hacía tintinear las copas de cristal en la cocina de la cabina.
—Presidente, el dron ha fijado nuestro sistema de navegación —la voz del capitán a través del intercomunicador delantero ya no arrastraba la calma del piloto corporativo; estaba al borde del colapso—. No están emitiendo señales de advertencia por radio. Acaban de activar un pulso de interferencia electromagnética localizado. Si se acercan cien metros más, los mandos de vuelo electrónicos del jet se congelarán. Nos convertiremos en una roca de cuarenta toneladas cayendo hacia el mar.
Kang-dae no se movió del ventanal, pero la línea de su mandíbula se tensó hasta volverse una arista de piedra. Su mano izquierda, envuelta en los puños de su camisa negra, apretaba la empuñadura de la espada de plata de la guardia real con tanta fuerza que las costuras del cuero crujían. Debajo de la tela, el vendaje de su costado comenzó a calentarse, una reacción refleja de su cuerpo que reconocía la proximidad de esa misma energía violeta que casi lo había devorado en el búnker del norte.
—No van a derribarnos, capitán —sentenció Kang-dae, su voz bajando a esa nota barítona y severa que aplacaba cualquier atisbo de pánico—. Si quisieran destruir el avión, ya habrían disparado un misil aire-aire desde la frontera de Rumanía. Lo que quieren es forzar un aterrizaje de emergencia en una base controlada por la farmacéutica. Mantenga la trayectoria hacia Estambul. Aumente la velocidad al límite de la resistencia estructural.
—¡Señor, si entro en velocidad supersónica a esta altitud con el frente de tormenta que se aproxima, las alas podrían sufrir una fatiga de material! —protestó el piloto.
—Haga lo que le ordeno —cortó el General, sus ojos negros fijos en el sensor circular del dron—. Prefiero romper las alas de este avión en el cielo que dejar que vuelvan a enjaular a Ha-yun en la tierra.
Ha-yun dio un paso al frente, colocándose al lado de él, sintiendo que la llovizna de las ventanillas parecía congelarse en patrones afilados que imitaban la escarcha de Joseon. Su muñeca derecha, libre de la marca plateada pero unida para siempre al flujo cuántico del elixir, comenzó a arder. El amuleto de jade blanco en el bolsillo de su abrigo de cachemira emitió una vibración sorda, un latido pesado que pareció sincronizarse con el parpadeo del dron enemigo.
—Están usando la misma frecuencia del espejo de bronce de Hanseong, Kang-dae —murmuró Ha-yun, sus ojos de cirujana analizando el espectro de luz que se filtraba por el cristal—. La farmacéutica global no solo compró los datos de la doctora Seo-yoon; han logrado miniaturizar el emisor de vacío cuántico y lo han montado en el arsenal de un dron militar. Si ese pulso violeta toca el fuselaje, no solo apagará los motores del avión... alterará la estructura de mi sangre a distancia. Quieren debilitarme antes de que toquemos suelo turco.
Kang-dae giró la cabeza despacio hacia ella. En mitad de la penumbra de la cabina VIP, iluminada únicamente por el mapa holográfico de Göbekli Tepe que seguía parpadeando sobre la mesa de centro, el rostro del hombre reflejó una desesperación desgarradora. Había sobrevivido a la inmortalidad del olvido, había destrozado los restos de su propia tragedia bajo el palacio real y había renunciado a su imperio corporativo solo para tener el derecho de verla respirar en una vida ordinaria. Pero el siglo XXI se negaba a dejarlos ir. El mundo moderno se había convertido en un laberinto de satélites, drones y corporaciones globales que perseguían sus almas con una saña que superaba la de los antiguos verdugos de la dinastía.
—No te van a tocar, Ha-yun —susurró él, su frente colapsando por una fracción de segundo contra la de ella, un gesto de pura y vulnerable devoción en mitad del abismo del aire—. Pasé cuatrocientos años aprendiendo a perderte en cada invierno. No crucé la frontera del tiempo para dejar que unos ejecutivos en Suiza te conviertan en un espécimen de laboratorio. Si tengo que cortar este cielo con el acero de mi espada, lo haré.
Antes de que Ha-yun pudiera responder, el Gulfstream sufrió una sacudida brutal que la lanzó directamente hacia el pecho de Kang-dae.
Las luces cálidas de la cabina VIP se apagaron de golpe, reemplazadas por el parpadeo rojo y tétrico de las luminarias de emergencia de los paneles del techo. El zumbido de las turbinas experimentó una deceleración súbita, un gemido metálico agónico que delataba que el pulso electromagnético del dron acababa de golpear el estabilizador de cola del jet. El avión comenzó a inclinar el morro hacia abajo, iniciando una caída libre a través del manto de nubes oscuras del Mar Negro.
—«Alerta de fallo en el sistema de control de vuelo. Transición a modo mecánico de emergencia»—, anunció la voz automatizada de la cabina delantera, distorsionada por la estática.
—¡Perdimos el motor derecho! —gritó el capitán desde los controles—. ¡El pulso del dron ha frito los ordenadores de flujo de combustible! ¡Nos vamos abajo!
A través del ventanal lateral, Ha-yun vio cómo el dron de combate MQ-9 Reaper se aproximaba a escasos cincuenta metros, descendiendo en paralelo al avión herido, como un buitre negro escoltando a su presa hacia la muerte. El sensor violeta de su panza brillaba ahora con una intensidad continua, un ojo necrótico que devoraba la poca energía eléctrica que le quedaba al Gulfstream.