El viento de la alta atmósfera aullaba contra el fuselaje del Gulfstream G650 como un coro de almas atrapadas entre dos épocas. En la cabina VIP, el silencio posterior a la explosión mística era más sofocante que el rugido de las turbinas supervivientes. El aire apestaba a ozono quemado, a plástico fundido del panel técnico abierto y al aroma inconfundible y aterrador de la sangre humana fresca.
Yoo Ha-yun estaba de rodillas sobre la alfombra de cachemira, con las manos temblando de una forma que jamás se habría permitido en el quirófano del Hospital de Shinwha. Tenía los dedos hundidos en la carótida de Kang-dae. El pulso del General no era el de un guerrero invencible; era un aleteo caótico, superficial y espasmódico. Su corazón, forzado a actuar como el conductor de un rayo de energía cuántica para salvar el avión, estaba entrando en fibrilación ventricular.
—No te atrevas, Kang-dae… no te atrevas a dejarme aquí —el susurro de Ha-yun se rompió en un sollozo ahogado.
Con un movimiento fluido nacido del pánico, rasgó por completo la camisa negra del hombre. Los parches térmicos quirúrgicos que cubrían su costado derecho se habían desprendido por la fuerza de la descarga, revelando que la herida del norte se había reabierto de par en par. Pero esta vez, lo que manaba de sus venas no era el veneno violeta de la Corporación Hanseong ni el fluido azul del elixir. Era sangre roja, espesa y caliente. Su cuerpo había cobrado la deuda del tiempo de golpe: al renunciar a la inmortalidad para vivir en el año 2026, su biología ya no poseía el factor de regeneración cuántica. Si su corazón se detenía en mitad de este cielo, moriría para siempre.
—¡Capitán! ¡¿Cuánto falta para el espacio aéreo turco?! —gritó Ha-yun hacia la cabina delantera, sin apartar los ojos del rostro pálido del General.
—¡Cruzando la costa de Sinope en este instante, doctora Yoo! —respondió el piloto, su voz distorsionada por la tensión del control mecánico—. ¡Pero los radares civiles de Ankara nos están ordenando desvías hacia una base militar! Si no acatamos la orden en diez minutos, el control aéreo turco enviará dos cazas F-16 para escoltarnos a tierra.
—¡No aterrice en una base militar! —ordenó Ha-yun, inyectando la dosis de adrenalina directamente en la vía central del cuello de Kang-dae—. Diríjase a las coordenadas de Sanliurfa. Si la farmacéutica global tiene el control del perímetro de Göbekli Tepe, ese es el único lugar del planeta donde la máquina original puede estabilizar su ritmo cardíaco. ¡Vuele bajo! ¡Use el relieve de las montañas de Taurus para ocultarse de los radares!
La aguja de la jeringa cayó al suelo con un tintineo sordo. Ha-yun entrelazó sus manos y comenzó a realizar las compresiones torácicas sobre el esternón de Kang-dae. Uno, dos, tres... Cada impacto de sus palmas contra el pecho del hombre hacía que la cicatriz invisible de su propia muñeca derecha ardiera con un fuego líquido. Podía sentir la paradoja en sus propias venas: el elixir azul que ella había asimilado en el palacio real intentaba comunicarse con el acero de la espada de plata que reposaba a unos centímetros, pero el cuerpo de Kang-dae era un puente roto que bloqueaba la corriente.
—Por favor… —las lágrimas de la cirujana caían calientes sobre los labios pálidos del General—. Pasamos cuatrocientos años muriendo en el invierno de Joseon. Me encontraste en una sala de urgencias, me enseñaste a recordar el sabor de tu nombre... No puedes dejarme sola en un siglo que no entiendo sin ti. ¡Vuelve!
Bajo la presión de sus manos, el pecho de Kang-dae experimentó una contracción violenta. El General abrió los ojos de golpe.
Sin embargo, las pupilas que miraron a Ha-yun ya no contenían el negro azabache de la calma ni el oro líquido de la soberbia divina. Eran los ojos de un hombre moribundo, nublados por la bruma de la muerte inminente, pero fijos en ella con una lucidez herida que le llegó al alma. Su mano izquierda, debilitada y fría, se elevó con un esfuerzo supremo hasta rozar la mejilla húmeda de la doctora.
—Ha-yun… —su voz fue un siseo que apenas superó el murmullo del viento—. Siento… el peso de los años. Todos los inviernos que te busqué… están cayendo sobre mi cuerpo en este instante.
—No hables, Kang-dae. Guarda el oxígeno —le suplicó ella, cubriendo la mano fría del hombre con la suya—. Estamos llegando a Turquía. La máquina original está allí. Podemos revertir el trauma de la descarga.
Kang-dae esbozó una sonrisa débil, una mueca llena de una ternura desgarradora que evocó al guerrero que se desangraba sobre la nieve de 1622 para que la princesa pudiera huir.
—Mi cirujana… la máquina de Göbekli Tepe no es una cura —articuló él, una gota de sangre brotando de la comisura de sus labios—. Es un altar. El mensaje de la farmacéutica es real. Mi cuerpo del siglo XXI fue creado por el software del Velo utilizando el eco de mi muerte pasada. Si la terminal de Seúl fue destruida, mi existencia en esta era es una línea de código que se está borrando. El tiempo… no me quiere aquí.
—¡Me importa un demonio lo que quiera el tiempo! —rugió Ha-yun, su soberbia imperial despertando con la fuerza de una tormenta en mitad de su bata blanca—. He pasado tres vidas viendo cómo los verdugos deciden nuestro destino. Si el universo quiere borrar tu código, reescribiré la ciencia entera con mis propias manos. No te vas a morir, General. Es una orden médica.
Kang-dae cerró los ojos sutilmente, el pulso en su carótida volviendo a espaciarse en una bradicardia crítica de treinta latidos por minuto. Su mano se deslizó de la mejilla de ella, quedando inerte sobre la alfombra.
En ese instante de desesperación absoluta, la pantalla del ordenador portátil de la doctora Seo-yoon, que permanecía encendido sobre el asiento de cuero, experimentó una transición cromática brutal. El mapa holográfico de Göbekli Tepe se apagó, reemplazado por una secuencia de vídeo en tiempo real que se activó de forma forzada a través de un canal satelital encriptado.