El descenso del Gulfstream G650 a través de la atmósfera del sudeste de Turquía no fue una aproximación aerodinámica, sino una caída violenta y desesperada entre los desfiladeros de las montañas de Taurus. El fuselaje del jet, debilitado por la sobrecarga cuántica en el Mar Negro, crujía con un lamento de metal herido cada vez que el capitán forzaba los alerones mecánicos para esquivar las corrientes de aire térmico del desierto. Abajo, la provincia de Sanliurfa se extendía como un océano de colinas áridas y tierras ancestrales teñidas por la penumbra de la madrugada, ajena a la tormenta invisible que transportaba aquel pájaro de acero.
En la cabina VIP, el pulso de Kang-dae se había convertido en una línea casi plana.
Ha-yun no se había apartado de su lado ni un solo segundo. Con las rodillas clavadas en la alfombra y el abrigo de cachemira manchado con la sangre del General, mantenía dos dedos presionados con firmeza sobre la arteria carótida del hombre. Treinta y dos latidos por minuto. El miocardio del guerrero estaba claudicando, apagándose como una estrella que agota su último gramo de combustible de hidrógeno. Sus facciones, esculpidas con la severidad aristocrática de la guardia real, lucían una palidez azulada bajo el parpadeo de las luces de emergencia.
—Doctora Yoo, ¡estamos en aproximación final! —la voz del capitán resonó por los altavoces, quebrada por el pánico—. No hay luces de pista. Es una franja de tierra clandestina en mitad de la meseta. ¡Sujétese como pueda!
Un segundo después, los neumáticos del Gulfstream impactaron contra el suelo de tierra batida con un estallido ensordecedor. El avión rebotó violentamente, arrastrando el ala izquierda por el polvo del desierto y levantando una densa cortina de arena que golpeó los ventanales. El freno de emergencia bloqueó los mandos con un chirrido hidráulico agónico y, tras doscientos metros de derrape descontrolado, el jet se detuvo en seco en mitad de la nada, con el motor izquierdo desprendiendo un hilo de humo negro que se disipó bajo el viento de Anatolia.
Ha-yun no esperó a que la presión de la cabina se estabilizara. Se puso de pie, tomó la espada de plata de la guardia real con su mano izquierda y, cargando el cuerpo inconsciente de Kang-dae con la ayuda del copiloto, forzó la apertura manual de la puerta de emergencia.
El aire del desierto turco la golpeó de lleno. Era un aire seco, cálido, que sabía a polvo milenario y a tormenta de arena inminente.
A cincuenta metros del avión, con las aspas girando en un ritmo perezoso que cortaba la penumbra, esperaba el helicóptero médico con los logotipos del Grupo Shinwha. Junto a la aeronave, cuatro hombres con uniformes tácticos de color gris —pero con los rostros cubiertos por máscaras de neopreno de la farmacéutica suiza— mantenían las miras láser de sus armas apuntadas directamente hacia la escalerilla del jet.
—¡Deprisa, doctora Yoo! El doctor Vance no es un hombre paciente —gritó el líder de los operativos en un inglés perfecto, haciendo una señal para que dos de sus hombres avanzaran a recoger el cuerpo de Kang-dae.
—¡No lo toquen! —bramó Ha-yun, su voz resonando con una autoridad imperial que hizo que los mercenarios vacilaran por una fracción de segundo.
Colocó el plano de la espada de plata de la guardia real de forma transversal sobre el pecho de Kang-dae, mientras los paramédicos de la comitiva del secretario Kim, atrapados dentro del helicóptero bajo encañonamiento, observaban la escena con impotencia.
—Yo misma lo moveré. Si uno solo de sus dedos roza el costado herido del General y altera la frecuencia de su pulso, derramaré el plasma real sobre este barro y su máquina de Göbekli Tepe no volverá a encenderse en este siglo. Caminen.
El operativo del norte, midiendo la ferocidad en los ojos negros de la cirujana, bajó sutilmente el cañón de su arma y asintió. Subieron a Kang-dae a la camilla de trauma del helicóptero, y en menos de sesenta segundos, la aeronave se elevó hacia el cielo estrellado, dirigiéndose directamente hacia las colinas sagradas de Sanliurfa.
El santuario del inicio
Sitio Arqueológico de Göbekli Tepe, Recinto D.
05:30 AM. Faltan 30 minutos para el amanecer.
Visto desde el aire, el complejo arqueológico de Göbekli Tepe no lucía como las fotografías de los catálogos históricos. Las excavaciones oficiales de la UNESCO habían sido cubiertas por una inmensa carpa geodésica de lona blanca de alta resistencia que aislaba el sector del Recinto D de los satélites espías y de los turistas curiosos. Sin embargo, bajo la lona, la farmacéutica global de Suiza había instalado un laboratorio de contención cuántica que profanaba la piedra neolítica con la frialdad de la bioingeniería moderna.
Cuando el helicóptero aterrizó en el perímetro de seguridad, Ha-yun fue escoltada por el pasillo de andamios metálicos que descendía hacia el corazón del santuario de doce mil años de antigüedad.
Al entrar al Recinto D, la escala de la anomalía la dejó sin aliento. Los imponentes pilares de piedra en forma de 'T', esculpidos mucho antes de que la humanidad descubriera la escritura o la agricultura, se alzaban como gigantes mudos rodeando la fosa central. Las tallas de zorros, escorpiones y buitres de las rocas no eran estáticas; debido a la sobrecarga cuántica que el Trono del norte había provocado, los relieves de piedra absorbían la iluminación artificial, devolviendo un resplandor de un color azul cobalto profundo que hacía vibrar el aire con una nota musical constante, un zumbido agudo que hacía que los dientes castañearan de frío.
En el centro exacto de los pilares, suspendida sobre un campo magnético industrial que desprendía chispas doradas, se alzaba la esfera de aleación de plata y magnetita: el Núcleo de la Primera Era.