Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 35: El precio del nuevo amanecer

Aeropuerto Internacional de Incheon, Seúl.

36 horas después de la detonación en Anatolia.

El cielo sobre Seúl no entendía de milagros cuánticos ni de dinastías enterradas; simplemente se limitaba a llorar una llovizna gris y pertinaz que difuminaba los rascacielos del distrito de Songdo. Cuando las puertas de la terminal VIP de Incheon se deslizaron para abrirse, el aire frío y cargado de polución de la capital surcoreana golpeó el rostro de Yoo Ha-yun, despertándola del letargo de un vuelo de once horas que se había sentido como un tránsito entre el purgatorio y la Tierra.

Vestía ropa civil ordinaria: unos vaqueros oscuros, un jersey de punto grueso y una gabardina beige que no llevaba el logotipo de ninguna corporación médica. Sus manos, desprovistas de guantes tácticos o jeringas de titanio, descansaban en los bolsillos. Al rozar la palma de su mano derecha contra el revestimiento de la gabardina, sus dedos tropezaron con la superficie lisa y fría del amuleto de jade blanco. Ya no vibraba. El fénix tallado en su superficie era solo piedra inerte, un testigo mudo de que la primera era había sido sellada bajo el polvo del desierto de Sanliurfa.

A su lado, Kang-dae caminaba con una lentitud inusual en él, pero manteniendo la espalda tan recta como el acero de la espada que ahora viajaba oculta en el equipaje de mano diplomático del secretario Kim. Llevaba un abrigo negro de solapas anchas que ocultaba por completo los vendajes que le oprimían el costado derecho. Sus ojos, del color de la noche más profunda de Joseon, miraban la hilera de berlinas negras que los esperaban en la acera con una fijeza sombría. Ya no había rastro de oro en sus pupilas; su mirada era la de un hombre que acababa de descubrir lo pesado que es el suelo cuando no se tiene un aura divina que te sostenga.

El secretario Kim dio un paso al frente, abriendo la puerta trasera de la primera berlina. Su brazo izquierdo continuaba inmovilizado en el cabestrillo ortopédico, pero su postura militar permanecía intacta.

—Bienvenidos a casa, señor, doctora Yoo —dijo Kim, su voz arrastrando un cansancio idéntico al de ellos—. El comité de crisis del Grupo Shinwha ha estado reunido desde la medianoche. La detención de la Matriarca ha provocado una caída del doce por ciento en la bolsa de Seúl, y los fiscales están exigiendo la comparecencia inmediata del presidente en funciones.

Kang-dae ayudó a Ha-yun a subir al vehículo antes de deslizarse él mismo al interior del asiento de cuero.

—Que sigan esperando, Kim —sentenció Kang-dae, su voz sonando áspera, desprovista de la arrogancia corporativa pero cargada de una fatiga puramente humana—. Mi primera parada no es la sede de Gangnam. Nos dirigimos al Hospital Central. La doctora Yoo tiene una guardia que cumplir.

Ha-yun lo miró de golpe, con las cejas arqueadas por la sorpresa.

—¿Una guardia? Kang-dae, acabo de pasar por tres paros cardíacos cuánticos, una persecución de drones y la destrucción del inicio del tiempo. Lo último que mi cerebro puede procesar es un diagnóstico de apendicitis en urgencias.

Kang-dae se giró hacia ella, sus dedos largos buscando su mano derecha dentro del bolsillo de la gabardina, entrelazándolos con una firmeza que pretendía ser un ancla.

—El mundo necesita ver que sigues siendo una médica ordinaria de Seúl, Ha-yun —explicó él, su pulso latiendo de forma templada contra la piel de ella—. La farmacéutica global de Suiza sigue buscando a la "anomalía biológica" que purificó los ríos. Si los satélites te ven registrar tu entrada en el hospital, vistiendo tu bata blanca y cosiendo heridas comunes, la corte de La Haya no tendrá argumentos legales para reclamarte. Tu normalidad es nuestra mejor armadura ahora.

Ha-yun exhaló un suspiro largo, apoyando la cabeza en el respaldo de cuero mientras la berlina se incorporaba a la autopista de la Libertad, devorando los kilómetros hacia el corazón de la ciudad. Miró la delgada línea de piel común en su muñeca derecha. El anillo plateado había desaparecido, pero al mirar a través del cristal empañado, sintió que el Seúl moderno ya no se sentía igual. Las luces de neón, los paneles publicitarios tridimensionales, el tráfico denso... todo parecía una pintura fresca colocada sobre un lienzo viejo que ella y el hombre a su lado habían ayudado a salvar.

Hospital Central de Shinwha, Distrito de Gangnam.

19:45 PM. 48 horas después del fin de la maldición.

El sonido de las puertas de la sala de urgencias abriéndose de par en par con un golpe hidráulico devolvió a Ha-yun a su elemento en un parparo. El olor a alcohol isopropílico, el pitido constante de los monitores de observación y el grito de los enfermeros coordinando las camillas la envolvieron como un manto familiar.

—¡Doctora Yoo! ¡Gracias a Dios que regresó! —el enfermero jefe, Min-ho, corrió hacia ella sosteniendo una tableta clínica—. El director del hospital nos dijo que estaba en una "conferencia médica de emergencia en el extranjero", pero el departamento de trauma ha sido un caos sin usted. Tenemos tres ingresos por colisión múltiple en la autopista de Gyeongbu y el quirófano cuatro está esperando confirmación de injerto.

Ha-yun se despojó de la gabardina, colgándola en su casillero de metal, y se enfundó la bata blanca de cirujana con un movimiento fluido que repitió por puro instinto de supervivencia. Se ajustó el estetoscopio alrededor del cuello, sintiendo el frío del metal contra su piel.

—Prepárenme dos viales de plasma reactivo y limpien el área de sutura tres, Min-ho —ordenó Ha-yun, su voz recuperando la modulación quirúrgica, rápida y precisa—. ¿Quién es el primer paciente?




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