Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 36: La firma en la sombra

El aire dentro de la cubícula tres del área de aislamiento parecía haberse congelado bajo el zumbido monótono de los purificadores de presión negativa. Yoo Ha-yun continuaba de pie a un lado de la camilla, con las manos enguantadas suspendidas en el aire y la mirada clavada en la muñeca derecha del paciente inconsciente. Debajo del plástico translúcido de la sábana térmica, la línea azul cobalto parpadeaba con la cadencia exacta de un cronómetro digital, dibujando sobre la piel humana el ideograma de la Sucesión.

—Doctora Yoo… los trajes de contención biológica ya están en la esclusa de entrada —la voz del enfermero jefe, Min-ho, vibró a través del intercomunicador de la pared, rompiendo el silencio aséptico de la sala—. Pero el director del hospital está en la línea tres. Exige saber por qué una supuesta anemia periférica ha bloqueado el protocolo del ala norte de urgencias.

Ha-yun no apartó los ojos de la marca azul. Sus dedos se movieron con rapidez clínica, ajustando la mascarilla N95 sobre su rostro antes de presionar el botón del intercomunicador con el codo.

—Dígale al director que el paciente presenta un cuadro de shock endotóxico con sospecha de patógeno modificado en laboratorio —mintió ella, manteniendo su voz en una modulación fría y precisa que camuflaba el vuelco trágico de su corazón—. Si abrimos esta esclusa sin el sellado cuántico de los filtros, la sección entera entrará en cuarenta y ocho horas de cuarentena obligatoria. Que anule los ingresos civiles de la próxima hora.

Apagó el comunicador de un golpe. Se inclinó sobre el paciente, un hombre de rasgos europeos cuyas ropas tácticas, ahora apiladas en una bolsa de residuos biológicos, llevaban el bordado invisible de una corporación con sede en Ginebra. Al revisar sus pupilas con la linterna clínica, Ha-yun descubrió que el iris del hombre no estaba dilatado por la inconsciencia común; una fina red de filamentos grises, similares a la ceniza de Joseon, comenzaba a ramificarse desde su nervio óptico.

La farmacéutica global de Suiza no estaba buscando un receptor en Turquía. Habían enviado a sus propios operarios infectados a Seúl para forzarla a actuar en su propio terreno.

—Viniste a buscar mi sangre… —susurró Ha-yun, sintiendo una punzada de rabia y dolor que le llegó al alma.

Se llevó la mano derecha al pecho, donde el amuleto de jade blanco guardado en el bolsillo de su bata blanca se sentía como un trozo de hielo que le perforaba las costillas. El elixir azul que había asimilado en Anatolia no era una cura pasiva; era un faro genético activo. Cada vez que un cuerpo infectado por el código del norte se aproximaba a ella, su propio sistema circulatorio respondía con una taquicardia refleja que la dejaba sin aliento.

El peso del trono de cristal

Sede Central del Grupo Shinwha, Planta Ejecutiva.

22:30 PM.

El cristal astillado del vaso de whisky seguía sobre el escritorio de cristal negro de Kang-dae, rodeado por un charco espeso de licor ámbar y tres gotas de esa sangre roja, puramente humana, que el General había derramado al conocer la identidad del nuevo dueño de Hanseong.

Kang-dae no había permitido que el servicio médico de la torre le aplicara una sola sutura en la palma de la mano. Mantenía el puño cerrado, sintiendo el dolor físico del corte como un recordatorio brutal de que su inmortalidad había caducado, pero su furia militar permanecía intacta.

El secretario Kim permanecía de pie frente a él, tecleando con dificultad en la tableta digital de alta seguridad mientras su brazo inmovilizado en el cabestrillo se tensaba con cada línea de datos financieros que cruzaba la pantalla.

—Señor… la orden de compra de las acciones leales de Hanseong fue ejecutada a través de un banco custodio en Zúrich —informó Kim, su voz arrastrando una gravedad que helaba el aire de la oficina presidencial—. El capital utilizado para la adquisición no proviene de las cuentas congeladas de la Matriarca en Seúl. Son fondos que permanecían latentes en una bóveda de seguridad dinástica desde el año 1910, registrados bajo el sello del Príncipe Heredero del Norte.

Kang-dae se giró despacio hacia el ventanal, su abrigo negro cayendo en líneas rígidas que imitaban la silueta de su antigua armadura de Joseon.

—Lee-sun… —el nombre brotó de su pecho como un eco sangriento—. El hermano menor de Yeon-woo. El niño que lloraba en el palanquín del destierro. Su linaje no solo sobrevivió en las montañas del norte, Kim. Usaron el oro de la corte real que fue enviado al exilio para construir un imperio financiero en las sombras de Europa mientras nosotros creíamos que Shinwha gobernaba el mercado de Seúl.

—El príncipe Jin-wook se dejó capturar en el búnker de la frontera, señor —analizó Kim, sus ojos fijos en el holograma tridimensional de la península que parpadeaba en la mesa de centro—. El Trono del Retorno del norte era solo un cebo biológico. Sabían que la doctora Yoo inyectaría su sangre para salvarlo a usted, y al hacerlo, el ADN de la princesa Yeon-woo activaría los algoritmos de desencriptación de las cuentas suizas de la antigua corte. Ella acaba de firmar, con sus propias venas, la transferencia de riqueza más grande de la historia de Asia.

El sonido de una notificación de alta prioridad en el teléfono satelital de Kang-dae cortó la tensión de la sala con un pitido seco. El remitente era un canal cifrado de la sección de traumas del Hospital Central de Shinwha.

Kang-dae abrió el mensaje con un movimiento rápido de sus dedos largos. Al leer las líneas de texto escritas por Ha-yun desde el área de aislamiento, las pupilas del General se contrajeron y su rostro adoptó una severidad que hizo que el secretario Kim diera un imperceptible paso atrás.
"Kang-dae… el segundo ciclo ya está aquí. Tengo a un operario de Ginebra en la camilla tres de aislamiento. Presenta la necrosis de ceniza combinada con el código de barra del norte. Vinieron por mí, pero no traen armas… traen un mensaje biológico que está programado para abrirse en mi sangre en menos de sesenta minutos. Ven al hospital. Trae la espada de plata".




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