Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 37: Las cuentas del pasado

El silencio que se instaló en el pasillo de aislamiento del Hospital Central de Shinwha era denso, pesado, impregnado del frío artificial de los purificadores apagados y del olor a ozono que flotaba en el aire. Las pantallas de los monitores de la cubícula tres, alimentadas por sus baterías de emergencia, proyectaban un reflejo verdoso sobre las facciones perfectas de Lee-sun. El joven magnate que vestía el traje de tres piezas gris marengo mantenía la mirada fija en Ha-yun. Sus pupilas, dos pozos de un negro absoluto que imitaban la herencia biológica de la princesa Yeon-woo, no delataban prisa, sino la paciencia sádica de quien ha esperado cuatro siglos para ejecutar un movimiento perfecto.

—No te muevas, Lee-sun —la voz de Ha-yun cortó la penumbra. Su tono de cirujana, entrenado para la templanza en mitad de la peor hemorragia, ocultaba la violenta tormenta que golpeaba su esternón. Con la mano derecha oculta en el bolsillo de su bata blanca, sus dedos apretaban el granito inerte del amuleto de jade, buscando en la piedra un ancla que el siglo XXI parecía estar arrebatándole de golpe.

—Es una orden curiosa de parte de una hermana que me abandonó a la deriva del destierro —sonrió él, avanzando un paso. Sus zapatos de cuero italiano produjeron un chasquido limpio sobre el linóleo blanco—. Aunque entiendo tu cautela. Has pasado las últimas semanas tratando con sombras rústicas, con los peones analíticos de Hanseong y los arranques militares de tu General. Pero yo no vine a Seúl a reventar ventanales de cristal ni a hackear servidores cuánticos, Yeon-woo. Vine a reclamar los dividendos de nuestra tragedia.

—Mi nombre es Yoo Ha-yun —le espetó ella, irguiendo los hombros con una soberbia majestuosa que pareció rebotar en las paredes de cristal de la sección de aislamiento—. La princesa que conociste murió en el acantilado nevado de 1622. Este hospital es mi presente, y el hombre que está en la camilla tres es un paciente crítico bajo mi responsabilidad. Si diste la orden de apagar el suministro de energía de este sector, estás cometiendo un asesinato biológico en nombre de tus transacciones suizas.

Lee-sun soltó una risa corta, un sonido cristalino y patricio que carecía de cualquier rastro de remordimiento. Caminó hacia el panel de control de la esclusa y apoyó la palma sobre el cristal táctil inerte.

—El operario de la camilla tres ya cumplió su propósito en mi balance de activos, querida hermana —explicó, mirando de reojo el cuerpo del mercenario europeo, cuyas venas grises continuaban ramificándose bajo la piel—. Su ingreso en urgencias fue el cebo necesario para aislarte del aparato de seguridad de Shinwha. Y respecto al suministro eléctrico... no te preocupes. Las baterías de su soporte vital durarán exactamente cuarenta y dos minutos más. El tiempo justo para que cerremos nuestro trato.

La llegada del General

El sonido de unas zancadas pesadas, rápidas y coordinadas resonó en el extremo opuesto del pasillo oscuro. La puerta de seguridad reforzada de la sección de trauma fue arrancada de sus bisagras magnéticas con un gemido de metal torcido que ecoó en todo el piso.

A través de la penumbra, envuelto en un abrigo largo de sastre negro que se abría con el viento de su propio impulso, avanzó Kang-dae. Su rostro, esculpido con las líneas de una furia militar ancestral, estaba pálido por el trauma de la hemorragia de Paju, pero sus ojos negros fijos en el intruso destilaban un odio que desafiaba la fragilidad de su nuevo cuerpo mortal. En su mano derecha, sostenida por el estuche diplomático de terciopelo abierto, descansaba la espada de plata de la guardia real. El acero bendito no emitió fuegos cuánticos ni destellos dorados; el fin de la maldición lo había devuelto a su naturaleza humana, pero el filo de plata lucía un brillo limpio, afilado y letal.

—¡Aléjate de ella, Lee-sun! —el rugido del General vibró en el pasillo, una orden barítona que hizo que las luminarias parpadeantes del techo vacilaran.

Kang-dae se interpuso entre Ha-yun y el joven del traje gris, adoptando una guardia diagonal perfecta que cubría el flanco de la doctora con su propia vida. Su respiración era superficial, y un hilo de sudor frío le corría por la mandíbula, delatando que sus vendajes quirúrgicos comenzaban a ceder bajo el esfuerzo.

Lee-sun no desenvainó ningún arma. No retrocedió. Se limitó a mirar la hoja de plata con una curiosidad condescendiente, acomodándose los gemelos de oro viejo de su camisa con una calma exasperante.

—El General Kang-dae… —susurró el magnate del norte, entornando los ojos—. El perro guardián que prefirió ver arder el palacio real antes que permitir que mi palanquín regresara del exilio. Sigues oliendo a nieve y a lealtades baratas, comandante. Pero este no es el patio de piedra de Joseon. Tu espada de plata no puede cortar una transferencia electrónica indexada en la bolsa de Zúrich. Si dejas caer esa hoja sobre mi cuello en este instante, el software automatizado de Hanseong liberará las órdenes de venta masiva de las acciones preferentes de Shinwha. Para el amanecer, el imperio financiero de tu familia estará en bancarrota y la doctora Yoo será arrestada por el gobierno coreano como una amenaza para la seguridad sanitaria internacional.

—Prefiero ver el imperio de Shinwha convertido en cenizas en la bolsa, muchacho, que permitir que uses la sangre de Ha-yun para financiar tu corte de desterrados —siseó Kang-dae, dando un paso al frente. La punta de la espada de plata se detuvo a un milímetro del nudo de la corbata de Lee-sun.

—¡Kang-dae, detente! —intervino Ha-yun, colocando su mano izquierda sobre el hombro del General. Al contacto de sus dedos, sintió el temblor involuntario de los músculos del hombre; estaba usando el último aliento de su fuerza humana para sostener la guardia—. Lee-sun tiene razón en algo. No vino por mi plasma. Él ya obtuvo lo que quería cuando inyecté mi sangre en el Trono del Retorno.




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