El segundero del reloj de pared de la sección de aislamiento parecía golpear con la fuerza de un mazo contra el pecho de Ha-yun. Los sesenta segundos otorgados por Lee-sun caían como gotas de ácido sobre un linóleo blanco que ya no representaba la seguridad de la medicina, sino el perímetro de una emboscada perfecta. Afuera, a través de los cristales blindados empañados por la llovizna, las luces rojas y azules de la fiscalía y de la corte de La Haya giraban en un compás tétrico, proyectando sombras alargadas y amenazantes que devoraban el pasillo principal de urgencias.
Kang-dae no retrocedió un solo centímetro. Su esmoquin negro y sus ropas corporativas habían quedado en el pasado, pero el porte del General de la guardia real se mantenía intacto bajo el abrigo de sastre oscuro. Sus dedos, largos y pálidos por la anemia que aún arrastraba desde los campos de arroz de Paju, apretaban la empuñadura de la espada de plata con una fijeza desesperada. Un hilo de sangre roja, densa y humana, comenzó a filtrarse a través del vendaje quirúrgico de su costado derecho, empapando la tela de su camisa negra. Estaba al límite de sus fuerzas biológicas, desprovisto de cualquier regeneración mística, pero su mirada dorada —un eco de pura voluntad que desafiaba a la muerte— permanecía clavada en el cuello de Lee-sun.
—Si cruzan esa puerta, muchacho —siseó Kang-dae, su voz barítona vibrando con la gravedad de un trueno contenido—, te aseguro que los investigadores internacionales no encontrarán un espécimen que estudiar. Encontrarán el cadáver del hombre que se cobró la última deuda de tu estirpe. No vas a tocar a Ha-yun mientras yo respire en este siglo.
Lee-sun no se inmutó. Observó la mancha de sangre que crecía en el costado del General con un desprecio casi estético, manteniendo su bolígrafo estilográfico de platino suspendido sobre el pergamino de seda antigua.
—Tu sacrificio es obsoleto, comandante —replicó el magnate del norte, su tono de modulación perfecta y patricia cortando el aire de la esclusa—. La fuerza bruta pertenece a las eras bárbaras de Joseon. En el año 2026, el poder se mide en la velocidad de una orden de captura internacional y en la liquidez de un fondo soberano en Zúrich. Hermana, quedan treinta segundos. Si tu plasma purificado no valida ese pergamino, la aguja de platino de este estilográfico no será lo único que extraiga el elixir. Los investigadores de La Haya usarán un protocolo de contención forzada. Te convertirán en una prisionera del estado antes del amanecer.
Ha-yun miró a Kang-dae. Vio el temblor involuntario en sus rodillas, el sudor frío que le perillaba la frente y la opacidad que comenzaba a amenazar el fondo de sus ojos negros. Como cirujana, sabía que el General estaba entrando en un choque neurogénico y traumático masivo; sostener la espada de plata en esa posición diagonal perfecta le estaba desgarrando las fibras del miocardio. Si no cedía, su corazón se detendría en mitad del linóleo antes de que la fiscalía pudiera derribar el cristal.
Miró el bolígrafo de platino. El micro-cartucho de color azul cobalto brillaba con una densidad tóxica, una sustancia de mercurio cuántico lista para succionar el anticuerpo de su muñeca derecha. Al hacerlo, el mundo moderno perdería su único escudo contra los brotes latentes del virus necrótico, entregando la causalidad planetaria al monopolio financiero de Europa. Pero si se negaba, vería morir al hombre que la había guardado durante cuatrocientos años en sus brazos, en esta misma sala de urgencias que ella consideraba su santuario.
—Está bien —declaró Ha-yun en un susurro que silenció el zumbido de las baterías de emergencia.
Dio un paso al frente, apartando sutilmente la mano de Kang-dae del plano de la espada. Su rostro lucía la palidez de la porcelana real, pero sus ojos negros se encendieron con esa soberbia majestuosa que pertenecía a la princesa Yeon-woo.
—Ha-yun, ¡no! —intentó gritar el General, pero el dolor del costado le bloqueó las cuerdas vocales, obligándolo a doblarse de rodillas sobre el suelo, utilizando la hoja de plata como un bastón agónico para no desplomarse por completo.
—Firma, hermana. Reclama tu libertad ordinaria —le instó Lee-sun, una chispa de codicia dinástica iluminando sus facciones perfectas mientras le extendía el estilográfico.
Ha-yun tomó el bolígrafo de platino con su mano derecha. Al contacto con el metal frío, la delgada línea de piel común en su muñeca —la cicatriz invisible de su Promesa— ardió con un fuego líquido que le recorrió el antebrazo. Se inclinó sobre la mesa técnica de aislamiento, posicionando la punta de platino sobre el pergamino de seda donde el fénix decapitado la esperaba.
Los investigadores internacionales y los agentes de la fiscalía de Seúl ya golpeaban el cristal exterior de la esclusa con sus herramientas de apertura hidráulica, levantando una nube de chispas y estática.
Sin embargo, en el último milisegundo antes de estampar la firma, la mente de la cirujana Yoo Ha-yun ejecutó un movimiento que Lee-sun, en su soberbia financiera, jamás habría previsto en sus algoritmos de Zúrich.
Ha-yun no presionó la punta del estilográfico sobre el espacio en blanco de la abdicación legal. Con un movimiento rápido, preciso y quirúrgico —la misma velocidad con la que realizaba una incisión de emergencia en la carótida—, giró el bolígrafo de platino en su mano y hundió la punta afilada directamente en el centro del pecho del operario europeo que yacía moribundo en la camilla tres de aislamiento.
La punta de platino perforó el miocardio del mercenario, justo donde la necrosis de ceniza grises se concentraba en su tejido vascular.