El rugido de los motores del Gulfstream G650 se transformó en un gemido sordo cuando el jet corporativo de Shinwha comenzó a sobrevolar los picos colosales y afilados de la cordillera del norte de Joseon. Abajo, el paisaje se ponía de manifiesto como un océano de roca, cañones profundos y nieves eternas que desafiaban la soberbia de la ingeniería humana. El cielo, de un azul índigo casi negro debido a la altitud, no mostraba las nubes grises de Seúl, sino una claridad árida que hacía que cada arista de la montaña pareciera tallada por el cincel de un dios implacable.
Yoo Ha-yun miraba a través del ventanal de la cabina VIP, vestida con ropa táctica de alta montaña que reemplazaba, de forma definitiva, su bata blanca de cirujana. En su regazo, el mapa holográfico tridimensional de la cordillera prohibida parpadeaba con una intensidad de color azul cobalto que hacía temblar la luz de la estancia.
La cicatriz invisible de su muñeca derecha no mostraba dolor, sino una pulsación térmica constante, un compás que se aceleraba a medida que el avión se internaba en el espacio aéreo del norte ancestral. El eco del estilográfico de platino que había hundido en el hospital de Gangnam no se había apagado; había viajado por la red de satélites para despertar el polo opuesto de la causalidad planetaria en esta porción oculta del mapa.
—Faltan quince minutos para el aterrizaje en la pista minera periférica, Ha-yun —la voz de Kang-dae descendió sobre ella, suave, barítona, desprovista de la rigidez del mando militar pero imbuida de una preocupación infinita.
El General se sentó a su lado, vistiendo una cazadora táctica oscura que ocultaba los vendajes de su costado herido. Sus ojos, completamente negros y humanos, fijos en ella con una devoción que desafiaba la distancia, reflejaban el peso de un hombre que sabe que está arrastrando al amor de su vida al rincón más hermético de la frontera oriental.
—No tengo miedo de las montañas, Kang-dae —susurró ella, entrelazando sus dedos con los de él, sintiendo el calor real y ordinario de su piel—. Tengo miedo de lo que la farmacéutica global ha construido en estos valles. Si el secretario Kim tiene razón y Lee-sun financió esta excavación desde Europa utilizando los activos remanentes de Hanseong, no estamos viniendo a buscar una reliquia... estamos entrando al quirófano de un orden mundial que quiere diseccionar nuestro futuro.
Kang-dae apretó su agarre, besándole la frente con una lentitud que detuvo el zumbido de las turbinas en la conciencia de la doctora.
—Rompimos el Trono del norte y sellamos el interruptor del Mediterráneo, mi cirujana —sentenció el General—. Mi espada de plata ya no brilla con fuegos divinos, pero el acero de la guardia real sigue sabiendo cómo proteger el latido de tu corazón. Si la eternidad ha cavado su trinchera en estas tierras altas, nos cobraremos la última deuda sobre la roca.
La terminal del este
El impacto de los neumáticos contra la pista de tierra batida de la mina de altura sacudió el fuselaje del Gulfstream con una violencia brutal. El avión derrapó entre los muros de piedra caliza, levantando una inmensa cortina de polvo blanco que cubrió los ventanales antes de detenerse en seco al borde de un precipicio que se hundía en la nada del valle.
Cuando la compuerta hidráulica se abrió, el aire enrarecido y helado de la cordillera oriental golpeó los pulmones de Ha-yun como una bocanada de cristales secos. La altitud mareaba, pero la adrenalina de sus guardias de urgencias se activó por puro instinto de supervivencia.
A escasos cien metros de la pista, oculta entre los pliegues tectónicos de la montaña, la farmacéutica global de Suiza había instalado un complejo de contención biológica que profanaba la geografía del este. Inmensas estructuras de lona reforzada y generadores industriales zumbaban con una fuerza que hacía vibrar el suelo mineral. Pero lo que heló la sangre de la cirujana fue el resplandor que escapaba de la boca de la mina principal: una luz de un azul cobalto denso, espeso, que siseá al contacto con el aire de la tarde, idéntica al fluido del elixir del último latido.
—Doctora Yoo… General Kang-dae… los estábamos esperando —una voz de modulación perfecta, patricia y gélida llegó desde la plataforma de andamios de la entrada.
Lee-sun avanzaba entre los operarios técnicos vestido con un abrigo de sastre gris marengo que contrastaba con la rudeza de la roca ancestral. Su cabello oscuro, peinado hacia atrás con precisión aristocrática, enmarcaba un rostro que reflejaba la misma simetría perfecta de Ha-yun. Sus ojos, dos esferas de un negro absoluto que imitaban la herencia del linaje real, miraban a los recién llegados con una cortesía escalofriante.
—Llegaron justo a tiempo para el balance de cierre —sonrió el magnate del norte, señalando la maquinaria de bioingeniería cuántica que se internaba en las profundidades del pozo de la cordillera prohibida—. El doctor Vance falló en Turquía porque creyó que la ciencia de Europa podía controlar el interruptor principal de forma unilateral. Pero yo entiendo la inmunología de nuestra sangre, hermana. El virus del año 2026 que inyectaste en el hospital de Seúl no destruyó el sistema; obligó a la masa cuántica a buscar el polo a tierra en esta región.
Kang-dae dio un paso al frente, su mano izquierda buscando de forma automática la empuñadura de la espada de plata de la guardia real que colgaba de su cinturón táctico. Sus ojos negros se clavaron en el cuello de Lee-sun, donde la delgada línea de sangre de la noche anterior ya había cicatrizado en una marca delgada.
—Tu empresa de inversiones no tiene acciones que comprar en estas montañas, muchacho —siseó el General, su voz barítona cortando el viento helado de la cordillera—. Los fondos de Zúrich siguen congelados por el fallo biométrico de Ha-yun. Estás jugando con un hardware que no puedes pagar.