Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 42: El latido del Mar del Este

El zumbido del Gulfstream G650 se había estabilizado en una nota monótona y sorda mientras el jet corporativo de Shinwha nivelaba sus alas a doce mil metros de altura, sobrevolando las aguas oscuras del Mar del Japón. A través de la ventanilla de la cabina VIP, el amanecer dorada que habían dejado atrás en las montañas orientales comenzaba a disolverse en un frente de nubes bajas, densas y grisáceas que envolvían la costa de la península coreana en un abrazo de bruma invernal extemporánea.

Yoo Ha-yun permanecía sentada con las piernas recogidas en el amplio sillón de cuero crema. Tenía la mirada fija en la gasa que envolvía la palma de su mano derecha. La sangre ya había dejado de manar, pero el corte —limpio, profundo, quirúrgico— seguía latiendo con el ritmo de su propio corazón. Ya no había descargas eléctricas bajo su piel, ni el brillo azul cobalto del elixir real. Sin embargo, al mirar el monitor de navegación del avión, una extraña sensación de vacío le oprimía el pecho.

Habían cerrado la terminal de la cordillera prohibida. Habían desarmado los algoritmos financieros de Lee-sun en un parpadeo. Pero el instinto de la médica que evalúa un cuadro clínico crítico le decía que el universo no se cura de una herida de cuatro siglos con una simple sutura biológica.

—Deberías dejar que te revise esa palma —la voz de Kang-dae interrumpió el murmullo de las turbinas.

El General se había cambiado la cazadora táctica ensangrentada por una camisa de sastre negra de algodón egipcio, cuyos primeros botones permanecían abiertos. Su rostro, habitualmente una máscara de piedra tallada, lucía las ojeras grises de una anemia severa, pero sus ojos negros —profundos, completamente humanos— mantenían esa fijeza indomable que siempre le llegaba al alma. Se sentó en el brazo del sillón de Ha-yun, tomando su mano herida con una delicadeza infinita, como si temiera romper el último lazo que los unía al presente.

—Soy cirujana, General —intentó sonreír ella, aunque la voz se le quebró por el cansancio—. Sé cómo cuidar de una incisión menor. Lo tuyo es más preocupante. Tu costado se abrió de nuevo en la plataforma. Tuviste suerte de que la sobrecarga no provocara una hemorragia masiva en tu cavidad peritoneal.

Kang-dae no respondió de inmediato. Se limitó a delinear con el pulgar el borde de la venda de Ha-yun, sintiendo el calor real, ordinario y cálido de su piel.

—No fue suerte, Ha-yun —susurró él, su frente inclinándose despacio hasta rozar la de ella, un gesto de devoción silenciosa en mitad del cielo—. Fue tu pulso. En el instante en que aferraste mi espada en la montaña, sentí que mi cuerpo humano recordaba por qué valía la pena sangrar. Ya no soy el inmortal que camina entre las tumbas de Joseon esperando el invierno. Si mi corazón se detiene mañana, moriré sabiendo que el último latido fue tuyo.

Ha-yun cerró los ojos, permitiendo que una lágrima solitaria limpiara el hollín que aún le quedaba en las mejillas. Se aferró al cuello de su camisa negra, aspirando el olor a pino húmedo y a cuero que siempre emanaba de él. El amor de sus tres vidas ya no dependía de un hilo rojo cuántico o de las directrices de una corporación; se había transformado en la simple y hermosa fragilidad de dos mortales que regresaban a casa.

La anomalía de las aguas profundas

La paz de la cabina VIP fue rota por un pitido electrónico persistente, agudo y de alta prioridad, que brotó de la consola principal del avión. El mapa holográfico tridimensional que el secretario Kim mantenía encendido sobre la mesa de centro experimentó una transición cromática brutal. La proyección de las montañas coreanas se desvaneció, siendo reemplazada por un gráfico térmico de alta definición que se enfocaba en el lecho marino del estrecho de Corea, justo en el límite de las aguas territoriales entre Seúl y el archipiélago vecino.

El secretario Kim, con el brazo izquierdo inmovilizado en el cabestrillo ortopédico pero con los ojos abiertos por el espanto, entró a la cabina delantera tambaleándose por la turbulencia menor.

—Señor… doctora Yoo… la alerta del Pacífico Occidental acaba de ser validada por los sensores oceanográficos de la división de bioingeniería de Shinwha —anunció Kim, su voz temblando—. No es una fluctuación atmosférica ordinaria.

Kang-dae se enderezó de golpe, sus facciones endureciéndose bajo la luz tenue del jet. —¿Qué registran los sensores, Kim?

—Cuando la doctora Yoo inyectó el anticuerpo en el nodo de la plataforma oriental, la masa cuántica que Lee-sun intentaba succionar no se disipó en la roca —explicó el secretario, expandiendo el holograma con un movimiento rápido de sus dedos—. El software de contención del norte desvió el excedente de energía a través de los cables de fibra óptica submarinos que Hanseong instaló en el lecho del Mar del Este. La fluctuación térmica ha encendido una tercera y definitiva coordenada a trescientos metros bajo el nivel del mar, en una fosa tectónica inactiva.

Ha-yun se levantó del sillón, acercándose a la mesa holográfica. Al analizar los gráficos de densidad molecular, sus pupilas se contrajeron de horror puro.

En el centro de la fosa submarina, una estructura geométrica masiva —un complejo de templos sumergidos construido con la misma aleación de magnetita y piedra volcánica que habían visto en Göbekli Tepe— brillaba con un resplandor de un color azul cobalto continuo. Pero lo que heló la sangre de la cirujana fue la lectura de presión del núcleo: el sistema no estaba cerrado; estaba succionando el agua pesada de las corrientes marinas, utilizándola como un refrigerante biológico para estabilizar un proceso de reversión temporal masivo que ya iba por el doce por ciento de ejecución automática.




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