Puerto Militar de Busan, Costa Sureste de Corea.
02:14 AM.
La lluvia en Busan no caía, se estrellaba de forma horizontal, empujada por un viento tiranizado que levantaba olas de hasta cuatro metros contra los muelles de hormigón negro. El Mar del Este, habitualmente una extensión de aguas mansas y profundas, rugía en mitad de la madrugada como una bestia herida que intentara escupir los secretos que los hombres habían enterrado en su lecho.
Cuando el convoy de berlinas oscuras del Grupo Shinwha se detuvo al borde del dique seco número cuatro, los neumáticos derraparon sobre el asfalto inundado, levantando cortinas de agua salada. Las puertas se abrieron al unísono y una docena de hombres del equipo de contrainteligencia leal, liderados por el secretario Kim, desplegaron un perímetro de seguridad con linternas de alta potencia. Sus haces de luz blanca cortaban la bruma marina, revelando la silueta imponente del Hanseong-03, un sumergible de exploración científica profunda de titanio negro y fibra de carbono que flotaba en el muelle inundado.
Yoo Ha-yun descendió del vehículo vistiendo un traje de neopreno técnico de alta presión térmica bajo un abrigo largo e impermeable de color azul marino. Tenía el cabello oscuro recogido en una coleta tirante que acentuaba la palidez de sus pómulos y la severidad de sus ojos negros. Al respirar el aire cargado de salitre y combustible diesel, sintió que el corte en la palma de su mano derecha —protegido ahora por un apósito impermeable de silicona— pulsaba con una cadencia febril.
A su lado, Kang-dae avanzaba sin mirar al suelo, su cuerpo imponente envuelto en el mismo traje de compresión profunda. Su rostro, esculpido con las líneas de una fijeza militar que desafiaba su propia anemia, lucía una rigidez de mármol. En su mano derecha, guardada en un estuche estanco de polímero negro acoplado a su cinturón táctico, transportaba la espada de plata de la guardia real. El acero bendito ya no ostentaba el oro cuántico de Joseon, pero el peso del metal ordinario seguía sintiéndose como una prolongación natural de su brazo.
El secretario Kim se acercó a ellos tambaleándose bajo la fuerza del vendaval, sosteniendo una pantalla digital protegida contra el agua.
—Señor, doctora Yoo… el buque factoría de la farmacéutica global ha iniciado el anclaje dinámico justo sobre la vertical de la fosa —informó Kim, su voz compitiendo con el estruendo de las olas que rompan contra el dique—. Han descendido dos campanas de buceo táctico y tres robots de control remoto equipados con taladros de percusión de diamante. El núcleo del Espejo del Abismo está registrando una compresión temporal del treinta y cuatro por ciento. Si logran perforar la cúpula de magnetita del templo sumergido en las próximas dos horas, la fluctuación invertirá la línea causal de toda la península de forma irreversible.
Kang-dae miró el sumergible de titanio negro, cuya escotilla superior ya permanecía abierta, despidiendo un zumbido electrónico templado.
—No les daremos dos horas, Kim —sentenció el General, su voz barítona descendiendo sobre el muelle con la autoridad de un trueno—. Introduce las coordenadas de navegación táctica directamente en el ordenador de a bordo del Hanseong-03. Nadie en la superficie debe saber que hemos descendido. Si el buque suizo intenta interferir con nuestra frecuencia, corta sus comunicaciones por satélite utilizando el protocolo de interferencia de Shinwha.
—Entendido, señor —Kim hizo una inclinación de cabeza solemne, sus ojos reflejando una devoción trágica—. Que la fortuna de la primera era los acompañe en la oscuridad.
Kang-dae tomó a Ha-yun por la cintura con un movimiento fluido, ayudándola a descender por la escalerilla metálica hacia el interior de la escotilla del sumergible. Cuando la pesada compuerta de titanio se cerró sobre ellos con un golpe hidráulico seco y hermético, el rugido de la tormenta de Busan se extinguió por completo, siendo reemplazado por la atmósfera confinada, el olor a oxígeno reciclado y la luz roja de la cabina de pilotaje que tiñó sus rostros de un tono carmín tétrico.
El descenso al reino de los ahogados
El Hanseong-03 se deslizó fuera del muelle militar en silencio, hundiéndose en las aguas negras del Mar del Este como un depredador de las profundidades. A través de la semiesfera de cristal blindado de la proa, Ha-yun vio cómo la luz de la luna y los haces de las linternas de la superficie se disolvían en un verde esmeralda espeso, antes de que la oscuridad absoluta del océano devorara el contorno del mundo conocido.
El sumergible descendía a un ritmo de cuarenta metros por minuto. Las lecturas de los ordenadores de a bordo parpadeaban en las pantallas táctiles periféricas: cien metros... ciento cincuenta... doscientos metros de profundidad. La presión hidrostática del exterior aumentaba de forma exponencial, haciendo que las juntas de titanio del casco emitieran crujidos metálicos sutiles que ponían a prueba los nervios de la cirujana.
Ha-yun permanecía sentada en el asiento del copiloto, con los dedos largos de su mano izquierda apretando el amuleto de jade blanco que había colocado sobre la consola de navegación. La piedra inerte comenzó a experimentar un sutil cambio térmico; ya no estaba fría como el granito común, sino templada, y una finísima línea de un color azul cobalto casi imperceptible comenzó a dibujarse en las grietas del fénix tallado.
—El Espejo nos está llamando, Kang-dae —susurró ella, su mirada fija en el abismo exterior—. Siente la Paradox que inyecté en la montaña. El agua del mar está actuando como un conductor de alta densidad. Cada latido de mi corazón está siendo replicado por la resonancia de la fosa.