Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 44: La última esclusa del alma

La esclusa de inundación técnica del Hanseong-03 se cerró detrás de ellos con un silbido neumático sordo, amortiguado por las toneladas de agua que ya presionaban las compuertas exteriores del sumergible. El espacio era milimétrico, apenas un cubículo de titanio iluminado por el parpadeo intermitente de una luminaria estroboscópica de color azul de emergencia. El sonido del agua de mar inyectándose a alta presión en la cámara comenzó a llenar el habitáculo, subiendo rápidamente desde sus botas técnicas hasta cubrir sus rodillas en un abrazo gélido que sabía a salitre y a abismo.

Yoo Ha-yun tragó saliva, sintiendo cómo el aire reciclado de su casco de buceo autónomo de alta presión se volvía espeso y con sabor a metal. A través del visor de cuarzo reforzado, sus ojos negros se clavaron en el rostro de Kang-dae. Separados apenas por los milímetros de sus respectivos visores, el General la miraba con una intensidad que traspasaba la penumbra roja del habitáculo.

Kang-dae extendió su mano enguantada, buscando la de ella bajo el agua turbulenta que ya les llegaba a la cintura. El apósito de silicona que protegía la herida en la palma de Ha-yun experimentó una tracción dolorosa por la presión hidrostática, pero en el instante en que los dedos del General rodearon los suyos, el dolor físico se disolvió en una corriente de calidez absoluta. Era el mismo agarre, la misma fijeza indomable con la que él la había sostenido sobre la nieve de Joseon y en mitad de la vorágine corporativa de Seúl.

—Una vez que crucemos este umbral, Ha-yun, no habrá ordenadores de a bordo ni mamparos de titanio que nos resguarden —la voz de Kang-dae llegó a través del canal de radio interno del casco, arrastrando una vibración profunda, barítona, que pareció estabilizar el ritmo cardíaco de la cirujana—. Volvemos a ser dos soldados en campo abierto. Mantente sujeta a mi arnés táctico. El oleaje de la fosa es traicionero.

—He pasado tres vidas aprendiendo a seguir el ritmo de tus pasos, General —respondió ella, forzando a su voz a sonar con esa soberbia majestuosa que pertenecía a su linaje real—. No te deshagas de mí bajo el agua.

Kang-dae asintió con una fijeza de piedra. Con su mano libre, desenganchó el estuche estanco de polímero negro acoplado a su cinturón y extrajo la espada de plata de la guardia real. El acero bendito, sumergido por completo en el agua de mar pesada de la fosa, no se encendió en llamaradas divinas ni en el oro cuántico de sus antiguas glorias; el fin de la maldición lo había despojado de su magia, pero el reflejo blanco del metal ordinario relució bajo la luz de la esclusa con una pureza letal, un filo quirúrgico listo para cortar la última hebra de la traición.

El agua cubrió sus cascos por completo. Con un estallido hidráulico final, la compuerta exterior se abrió hacia el abismo, y los dos amantes fugitivos fueron eyectados hacia la negrura absoluta del Mar del Este.

El santuario del silencio eterno

Caminar sobre la superficie de la cúpula central del templo sumergido se sentía como hollar la superficie de un planeta muerto. A trescientos metros de profundidad, desprovistos de la gravedad ordinaria de la superficie, cada paso de Ha-yun y Kang-dae requería una sincronización muscular extrema. Los focos halógenos acoplados a sus hombros cortaban los jirones de niebla marina, revelando la inmensidad de los bloques de magnetita y piedra volcánica que formaban el complejo ancestral.

A cincuenta metros de distancia, la silueta masiva del sumergible de asalto de la corporación Hanseong permanecía posada sobre las ruinas de las columnas concéntricas, con sus potentes focos encendidos, simulando los ojos de un monstruo mitológico al acecho.

En el centro exacto del patio sumergido, el Espejo del Abismo latía. Era un disco descomunal de bronce y plata, de más de veinte metros de diámetro, encajado directamente en la roca viva del lecho marino. El artefacto no era estático; las aleaciones de su superficie se movían en círculos concéntricos concéntricos, como las manecillas de un reloj místico que contara los segundos hacia la destrucción de la era moderna. Una luz de un azul cobalto espeso, denso, emanaba de las uniones del metal, tiñendo el agua circundante de un fulgor espectral que hacía vibrar los visores de sus cascos.

La compresión temporal en las pantallas auxiliares de sus muñequeras tácticas ya registraba el cuarenta y dos por ciento de ejecución automática.

De repente, una silueta emergió de la cabina de descompresión lateral del sumergible de Hanseong, descendiendo hacia el Espejo con una fluidez que delataba un entrenamiento militar riguroso. Era Lee-sun. El príncipe del norte avanzaba utilizando un propulsor autónomo acoplado a su espalda, sosteniendo en su mano derecha un arpón neumático industrial de alta presión cuyo extremo llevaba una punta de platino conectada a los cables de fibra óptica que aún colgaban de la cúpula.

—¡Llegaron al acto de clausura, hermana Yeon-woo! —la voz de Lee-sun irrumpió en la frecuencia de radio de emergencia de sus cascos, distorsionada por la densidad del agua, pero manteniendo esa modulación patricia, gélida y despiadada—. Miren a su alrededor. Este es el verdadero Palacio que nos fue prometido. No el de madera quemada de Seúl, sino este trono de piedra que el tiempo construyó para los desterrados.

El magnate del norte se posicionó en el centro exacto del Espejo del Abismo, justo donde los círculos de bronce convergían en un orificio cilíndrico que desprendía ráfagas continuas de vapor azul cobalto.

—Tu virus de Seúl bloqueó las cuentas de Zúrich, Yeon-woo, pero el Espejo no entiende de transacciones bancarias —siseó Lee-sun, levantando el arpón neumático—. El agua pesada de esta fosa está lista para proyectar la reversión total. Si no estampas el residuo del elixir de tu muñeca en la ranura central en los próximos sesenta segundos, perforaré el núcleo con esta punta de platino. La Paradox resultante desintegrará la materia orgánica de toda la costa oriental antes de que el sol termine de salir en la superficie.




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