Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 46: El temblor en la frecuencia

El murmullo de la lluvia sobre el paraguas negro que Kang-dae sostenía se sentía como una melodía terrenal y pacífica mientras caminaban por la acera húmeda del distrito de Gangnam. Las luces de neón de Seúl se reflejaban en los charcos del asfalto, fragmentándose en mil destellos de colores que ya no imitaban las alertas de los terminales cuánticos. Por primera vez en meses, el aire no sabía a ozono ni a magnetita; sabía a café recién tostado, a tierra mojada y al humo de los restaurantes periféricos que iniciaban su jornada nocturna.

Yoo Ha-yun mantenía su mano izquierda entrelazada con la de él dentro del amplio bolsillo de su abrigo de lana. Al caminar, el sutil roce de sus dedos contra la palma derecha del General —donde la piel común ya mostraba una textura firme y cicatrizada— le devolvía una calma que ninguna teoría de la bioingeniería había logrado proporcionarle. Su mente de cirujana, acostumbrada a vigilar los signos vitales de la realidad, comenzaba finalmente a bajar la guardia.

—Estás muy callada, Ha-yun —dijo Kang-dae, su voz barítona descendiendo sobre ella con una modulación templada. Detuvo el paso justo antes de cruzar la intersección de la avenida de Teheran-ro, girándose para mirarla. Sus ojos, completamente negros y desprovistos del antiguo fulgor de la guardia real, la recorrieron con una ternura devota—. ¿Sigues pensando en el quirófano?

Ha-yun levantó la cabeza, la llovizna perlando los mechones oscuros de su cabello que se escapaban del abrigo. Esbozó una sonrisa hermosa, una línea suave que borró por completo la severidad aristocrática que su linaje le había impuesto en el pasado.

—Pensaba en el silencio, Kang-dae —susurró ella, apretando el agarre de sus dedos—. He pasado tres vidas escuchando el eco de una cuenta regresiva en mi cabeza, el siseo del elixir o el rugido de los servidores del norte. Estar aquí, en mitad del tráfico ordinario de Seúl, sabiendo que mi única preocupación de mañana es una sutura de bypass... se siente como el milagro más adictivo que hayamos diseñado.

Kang-dae se inclinó sutilmente, rozando con sus labios la frente de ella en un gesto que selló la paz de la acera.

—Te prometí un siglo común, mi cirujana —respondió él, su mano libre acomodándole el cuello de la gabardina—. Y la guardia real no acostumbra a romper sus juramentos ante el tiempo.

La interrupción del orden común

La tregua de los amantes, sin embargo, tenía la consistencia del cristal templado ante la presión de un universo que aborrece los vacíos de poder.

Cuando regresaron a la berlina negra del Grupo Shinwha que esperaba en el estacionamiento de la esquina, el secretario Kim no se encontraba en el asiento del copiloto. En su lugar, la pantalla táctil de la consola central del vehículo ya permanecía encendida, parpadeando con una luz de advertencia de color ámbar que tiñó el interior de cuero del habitáculo con un resplandor hostil.

Kang-dae cerró la portezuela, sus facciones endureciéndose en una arista de piedra al notar el cambio de atmósfera. Digitalizó su código de acceso técnico en el panel del volante, y la imagen holográfica tridimensional del secretario Kim se proyectó de inmediato en el centro del espacio. El rostro de Kim, habitualmente una máscara de disciplina corporativa, mostraba una palidez cenicienta que delataba que las noticias no pertenecían a los balances de la bolsa de Seúl.

—Señor… doctora Yoo… lamento romper el protocolo de descanso —la voz de Kim emergió de los altavoces con una distorsión de alta frecuencia—. Pero la central de monitoreo oceanográfico de la torre de Shinwha acaba de registrar una fractura en el protocolo de aislamiento.

Ha-yun se inclinó hacia adelante, su instinto médico alertándose al notar los gráficos térmicos que parpadeaban detrás de la figura holográfica de Kim.

—¿Qué ocurre, Kim? El Espejo del Abismo fue sellado con el anticuerpo hace dos semanas —declaró la cirujana, con la voz firme pero con el corazón dándole un vuelco trágico—. Los flujos de agua pesada en la fosa del Mar del Este se estabilizaron.

—El Espejo del Abismo está intacto, doctora —explicó el secretario, ampliando el mapa de la península hacia el sector insular del Pacífico Oriental, justo en el límite donde las corrientes del estrecho conectan con las fosas profundas del archipiélago vecino—. Pero la inyección del virus molecular que usted realizó en el miocardio del operario de Ginebra ha provocado un efecto de resonancia inversa. Al morir el patógeno dentro de una estructura vascular viva en Seúl, la información del código del norte no se extinguió… se licuó en los sistemas de cableado submarino remanentes que la corporación Hanseong instaló de forma encubierta.

Kim tecleó un comando y la proyección holográfica se enfocó en una estación de investigación geológica submarina abandonada, situada a cuatro mil metros de profundidad en la fosa de la costa este. En la pantalla, las lecturas térmicas mostraron una inmensa masa de energía que no era azul cobalto, ni plateada. Era de un color rojo oscuro, denso, similar a la sangre arterial que se coagula bajo el efecto de una toxina.

—Es una Línea de Sucesión Muerta —articuló Kang-dae, su voz bajando a una nota tétrica que heló el aire de la berlina. Su mano izquierda buscó de forma automática el estuche de la espada de plata que descansaba en el espacio trasero del coche—. El médico de la corte de Joseon lo advirtió en los pergaminos del búnker. Si el portal de la tierra y el del mar se cerraban con el mismo anticuerpo, el sistema místico de la primera era activaría un mecanismo de purga autónomo para borrar el siglo actual y evitar que el virus informático contaminara la línea original del pasado.




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