Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 50: El último compás de la sala de espera

El amanecer sobre el distrito de Gangnam se abría paso con una timidez de cristal, tiñendo las fachadas vidriadas de la avenida Teheran-ro de un rosa pálido que apenas lograba disipar la bruma del amanecer. En la central de emergencias del Hospital Central de Shinwha, el ritmo no se detenía por el cambio de luz. El siseo de las puertas automáticas, el murmullo de los residentes intercambiando historiales y el eco amortiguado de los pasos sobre el linóleo blanco marcaban la pauta de un Seúl ordinario que continuaba despertando ajeno a los secretos sepultados en el norte de la península.

Yoo Ha-yun permanecía de pie frente al lavabo de acero quirúrgico del área de trauma. El agua tibia corría entre sus dedos largos, lavando los restos de desinfectante tras una guardia nocturna que se había extendido por pura inercia profesional. Al levantar la mirada hacia el espejo, sus ojos negros —limpios, profundos— reflejaban la fatiga de la médica, pero también una paz que su alma no había experimentado en tres vidas.

Se miró la palma de la mano derecha. La cicatriz de la incisión de la montaña era ahora una línea blanquecina, casi imperceptible, perfectamente integrada en la anatomía de su piel común. Ya no sentía el fuego cuántico ni la vibración febril del elixir. Tras el sellado definitivo del coma de la Matriarca, las deudas imperiales de Joseon parecían haber sido saldadas en su totalidad, dejando únicamente el eco de una bata blanca almidonada.

—Doctora Yoo, la ambulancia del sector sur acaba de ingresar por la rampa uno —la voz del enfermero jefe, Min-ho, irrumpió en el lavadero, rompiendo su silencio clínico—. Es el caso del dispensario periférico que reportó la alerta epidemiológica menor a la medianoche. El paciente presenta un cuadro de deshidratación severa y un síncope de origen desconocido.

Ha-yun se secó las manos con una toalla de papel, ajustándose el estetoscopio alrededor del cuello con un movimiento mecánico y preciso.

—¿Se mantienen los parámetros de aislamiento, Min-ho? —preguntó, su voz recuperando esa modulación gélida e impecable que camuflaba cualquier atisbo de duda.

—El protocolo de nivel dos está activo por precaución, doctora, pero los análisis preliminares de sangre no muestran patógenos conocidos. El director cree que es solo un caso de agotamiento por desnutrición. El paciente fue encontrado en los límites de un complejo residencial abandonado en los suburbios.

Ha-yun avanzó por el pasillo central de urgencias, empujando la puerta batiente de la cubícula siete con una mano firme. Al dar el paso al frente, la iluminación fluorescente de la sala iluminó la camilla de trauma, y el corazón de la cirujana experimentó un vuelco trágico que le heló la respiración en la garganta.

La paradoja del espejo roto

El paciente tendido en la camilla no era un civil ordinario de los suburbios del sur.

Era un hombre de unos treinta años, de facciones orientales afiladas que Ha-yun reconoció con la nitidez del trauma puro. Vestía los restos de un traje militar de gala de la facción del norte, desprovisto de insignias, pero con la tela de sastre gris desgarrada por el roce de la maleza. Su rostro lucía la palidez de la porcelana rota, pero lo que provocó que a Ha-yun se le congelara la sangre no fue su indumentaria.

Debajo de las sábanas clínicas, el brazo derecho del hombre permanecía rígido. Sobre su piel, una ramificación de filamentos grises, similares a la ceniza de Joseon, rodeaba una cicatriz en forma de media luna idéntica a la que Kang-dae había llevado en su costado durante cuatro siglos. Sin embargo, la marca no parpadeaba con el azul cobalto de la terminal del este ni con el rojo oscuro de la purga del Pacífico. Emitía un resplandor de un color verde jade espeso, denso, un espectro lumínico que el software de Shinwha jamás había registrado en sus bases de datos cuánticos.

—No... no puede ser —murmuró Ha-yun en un susurro que no superó el pitido del monitor cardíaco.

Se acercó a la camilla, sus dedos enguantados buscando la carótida del soldado: el pulso registraba cuarenta y dos latidos por minuto, una bradicardia crítica que se espaciaba en un compás que imitaba el latido agónico de la Matriarca en el penal federal. Al revisar sus pupilas con la linterna de exploración, descubrió que el iris del hombre no estaba nublado por cataratas ordinarias; una fina red de líneas concéntricas verdes giraba en su retina como las manecillas de un reloj místico que contara los segundos hacia un destino imprevisto.

El Velo no se había apagado con el coma de la anciana; se había fragmentado en una tercera y última cepa biológica que el sistema inmunológico del presente no sabía cómo combatir.

—Doctora Yoo… la tableta de Shinwha está experimentando una transición forzada —la voz de Min-ho vibró a su espalda, arrastrando un pavor absoluto mientras le extendía el dispositivo digital de alta seguridad.

La pantalla del hospital se había bloqueado, borrando los análisis clínicos para proyectar un mapa de la península coreana en alta resolución. Pero las tres terminales que la farmacéutica global había intentado controlar —el búnker de la frontera, la montaña del este y la fosa del mar— figuraban en un color gris inerte, completamente inactivas. En su lugar, un cuarto punto de resonancia magnética, situado en el centro exacto del palacio antiguo de Changdeokgung, en el corazón histórico de Seúl, comenzó a parpadear con esa misma luz verde jade que el soldado portaba en sus venas.

Al lado del mapa, una línea de texto cifrado apareció en la pantalla, firmada por una cuenta anónima indexada en la red de Mónaco:
"El colapso de las tres terminales mecánicas ha devuelto la Paradox al origen del tejido, doctora Yoo. Al salvar el corazón de la Matriarca con tu química del presente, creaste un puente inverso que la primera era ha utilizado para enviar al último heraldo de la guardia real de 1622 directo a tu quirófano. Tienen exactamente tres horas antes de que el latido verde de la cubícula siete complete la sincronización con el suelo del palacio antiguo. El juego del tiempo no busca tus transacciones en Suiza… busca la abdicación de tu propia existencia en la superficie de Seúl".




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