Hospital Central de Shinwha, Área de Tránsito Crítico.
05:02 AM. Falta una hora para el amanecer.
El trayecto en la ambulancia de alta contención desde los suburbios del sur hasta el complejo hospitalario de Gangnam se había sentido como un descenso guiado por hilos invisibles. Dentro de la suite de aislamiento de la cubícula siete, el zumbido de los desfibriladores y el parpadeo de las pantallas médicas arrojaban una luz intermitente sobre el rostro del Capitán herido. El monitor principal registraba un ritmo cardíaco que oscilaba de forma caótica: un segundo se hundía en treinta y dos pulsaciones, y al siguiente se disparaba en picos de arritmia que hacían crujir los electrodos adheridos a su pecho.
Yoo Ha-yun permanecía al pie de la camilla. Se había despojado de la gabardina gris, quedando únicamente con su bata blanca de cirujana, cuyos puños revelaban la tensión acumulada en sus tendones. Sus dedos largos rozaron el teclado táctil de la consola biológica, intentando estabilizar el flujo de la solución salina de alta densidad molecular que acababan de inyectar.
—La presión arterial está colapsando, Min-ho —ordenó Ha-yun, su voz recuperando esa modulación quirúrgica, rápida y fría que utilizaba para camuflar el vuelco trágico de su propio pecho—. Prepara un vial de epinefrina pura y calibra el respirador al noventa por ciento. No podemos permitir que el tejido miocárdico entre en necrosis antes de que identifiquemos la naturaleza de este pulso.
—Doctora Yoo… mire la pantalla analítica —el enfermero jefe, Min-ho, dio un paso atrás, su mano temblando mientras sostenía la tableta digital de alta seguridad—. Los leucocitos no están respondiendo a la atropina. La secuenciación del plasma muestra que las moléculas no se están dividiendo... se están fusionando con una estructura orgánica vegetal de base resinosa.
Ha-yun se inclinó sobre el brazo rígido del Capitán. La línea de color verde jade, espesa y densa como la savia de un roble milenario, continuaba su ascenso implacable por la epidermis del antebrazo, devorando los capilares a una velocidad geométrica. Al tacto de sus guantes de látex, la piel del paciente no se sentía fría como la de un cadáver común; estaba hirviendo, desprendiendo un calor térmico que hacía que el sudor de su frente se evaporara en finos jirones de vapor que olían a madera vieja y a tierra mojada de palacio.
«Es el código de la tercera cepa», pensó, sintiendo una punzada de dolor que le llegó al alma. Llevó su mano derecha al bolsillo de la bata, donde la cicatriz de su propia muñeca comenzó a arder con un hormigueo febril que imitaba el ritmo del paciente. Al salvar el corazón de la Matriarca en la celda federal, había alterado la última ecuación de balance. El sistema místico no se había apagado; se había replegado hacia el subsuelo del origen.
La orden de la guardia leal
La puerta batiente de la cubícula siete se deslizó con un estallido hidráulico sordo. Kang-dae entró en la estancia, su imponente figura envuelta en un abrigo largo de lana negra que goteaba el agua de la llovizna de Seúl. Su rostro, habitualmente esculpido con la severidad inquebrantable de la piedra, lucía una palidez que delataba el esfuerzo de mantener su cuerpo humano ordinario bajo el peso del trauma acumulado.
Detrás de él, el secretario Kim mantenía una mano apoyada en el marco de la esclusa, con el rostro desencajado y la tableta de contrainteligencia parpadeando en un color ámbar hostil.
—El perímetro exterior de Gangnam está bloqueado, Ha-yun —la voz barítona del General descendió sobre la sala con la gravedad de un trueno—. Los radares de Shinwha confirman que la fluctuación electromagnética no se limita a este bloque de urgencias. Los servidores municipales del distrito de Jongno se han apagado por completo. La red civil está colapsando en un radio de tres kilómetros alrededor de las murallas antiguas.
Ha-yun se giró hacia él, sus ojos negros fijos en las pupilas de su General.
—No es una falla de la red, Kang-dae —explicó la cirujana, señalando el gráfico holográfico que acababa de proyectar en el centro de la cubícula—. Mira la coordenada de resonancia. El corazón de este Capitán está actuando como el ventrículo derecho de una Paradox reversible. Al conectarse sus venas con el suelo del palacio antiguo, el sistema está usando la savia de los árboles sagrados del Jardín Secreto para succionar el presente. Si su pulso se detiene en esta camilla antes de que sellemos el nodo del origen, la onda de choque desintegrará la materia orgánica de toda la capital en cuestión de minutos.
Kang-dae avanzó tres pasos, deteniéndose justo al lado de ella. Su mano derecha se deslizó bajo las solapas de su abrigo negro, aferrando la empuñadura de la espada de plata de la guardia real. El acero ordinario no emitió destellos de oro cuántico ni llamaradas divinas, pero el reflejo del metal bajo las luces fluorescentes lució un filo limpio, afilado y letal que desafió la atmósfera aséptica del hospital.
—Pasamos cuatrocientos años buscando una salida al invierno de Joseon, mi cirujana —susurró el hombre, su frente inclinándose por un milisegundo hasta rozar el hombro de ella, un gesto de pura y vulnerable devoción en mitad del caos—. No crucé la frontera de las eras para dejar que la raíz de un imperio muerto devore el asfalto de tu hospital. Secretario Kim, preparen la unidad de traslado táctico. Nos dirigimos al palacio de Changdeokgung de inmediato.
—Señor… el traslado de un paciente en asistolia incompleta a través del tráfico de Jongno es un suicidio clínico —intervino el enfermero Min-ho, sus ojos abiertos por el pánico ante el despliegue militar en su sección.