Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 52: La raíz del desterrado

Palacio de Changdeokgung, Seúl.

05:43 AM.

La bruma del amanecer en el Jardín Secreto de Changdeokgung no se disipaba; flotaba a ras de suelo como un manto de vapor denso, pesado, que se enredaba en las raíces de los árboles sagrados que habían custodiado los secretos de la dinastía durante más de cuatro siglos. El aire de la mañana en el centro histórico de Seúl era gélido, impregnado de un olor a madera vieja, tierra mojada y a esa sutil estática que precedía a los grandes colapsos temporales. Las agujas de los rascacielos del distrito de Jongno se vislumbraban a lo lejos, siluetas de cristal y acero que observaban en silencio el epicentro de la última fractura.

Yoo Ha-yun avanzaba por el sendero de piedra que conducía al pabellón de Juhamnu, sosteniendo con su mano izquierda la tableta médica portátil de Shinwha. Vestía un abrigo largo de cachemira gris sobre su bata blanca de cirujana, cuyos extremos se humedecían con el roce de las hojas de los helechos. Su mano derecha, metida profundamente en el bolsillo, apretaba el apósito de silicona que protegía su palma. La cicatriz ya no dolía de forma ordinaria; pulsaba con una cadencia febril, un compás sordo que imitaba perfectamente los latidos que registraba el monitor del Capitán herido en la camilla móvil de alta contención.

A su lado, Kang-dae caminaba sin apartar los ojos de la negrura de los árboles. Su imponente figura, envuelta en una gabardina negra técnica que ocultaba los arneses tácticos y la empuñadura de la espada de plata, proyectaba la sombra del Comandante que se prepara para el asedio final. Su rostro era una arista de piedra lavada por la llovizna, y su respiración barítona salía en pequeñas bocanadas de vapor blanco.

Detrás de ellos, el secretario Kim y tres operativos de contrainteligencia empujaban la cápsula de aislamiento donde el Capitán del norte de 1622 permanecía conectado a los sistemas de soporte vital portátiles. Las alarmas electrónicas de la cápsula emitían un pitido intermitente y agudo que rompía la solemnidad milenaria del jardín.

—Doctora Yoo… la sincronización molecular entre las venas del Capitán y el subsuelo del palacio antiguo ha alcanzado el cincuenta y dos por ciento —informó el secretario Kim, su voz arrastrando una urgencia que hizo eco bajo los aleros de madera tallada del pabellón—. La red de fibra óptica periférica de Jongno está sufriendo micro-cortos de energía. El color verde jade está absorbiendo las frecuencias de la red civil.

Ha-yun se detuvo justo al borde del estanque de Buyongji, cuyas aguas, habitualmente mansas y cubiertas de hojas de loto muertas, hervían en círculos concéntricos perfectos. Del fondo del agua no emanaba el vapor azul cobalto del mar, ni el rojo oscuro de la fosa; una luz de un verde jade espeso, denso, similar a la savia concentrada de un roble milenario, iluminaba las profundidades del estanque, tiñendo los visores de los terminales con un fulgor místico y vegetal.

—La paradoja ha regresado a su ventrículo original, Kang-dae —analizó la cirujana, su mente analítica traduciendo la física cuántica del entorno—. Este estanque no es un elemento ornamental del siglo XVII. Es la esclusa de drenaje biológico que el médico de la corte diseñó para purgar los residuos del elixir cuando el palacio original fue quemado. Al inyectar el shock químico en la Matriarca, activamos el retorno autónomo de la savia sagrada. El Capitán es solo la aguja que está enhebrando el pasado con el asfalto de nuestro presente.

El reencuentro en el pabellón de las glicinas

Antes de que los operativos pudieran posicionar la cápsula de contención en el centro del patio de piedra, una silueta emergió de las sombras del pabellón de Juhamnu, descendiendo las escaleras de granito con una parsimonia aristocrática que congeló la sangre de los presentes.

No era un soldado del norte, ni un operativo de la farmacéutica global.

Era Lee-sun. El príncipe destronado que el secretario Kim había registrado abordando un vuelo privado hacia Europa. Vestía su traje de neopreno militar negro de la fosa del mar, pero sobre sus hombros llevaba una capa ceremonial de seda verde oscuro, bordada con el dragón de tres garras de los herederos olvidados. Su rostro perfecto lucía una palidez casi translúcida, y sus ojos negros, fijos en Ha-yun, destilaban la serenidad de quien ha aceptado que el único final posible para su linaje es el incendio absoluto de la historia.

En su mano derecha no sostenía un detonador cuántico, ni un arma de fuego moderna; empuñaba una daga ceremonial de bronce viejo, cuyo pomo de jade parpadeaba en perfecta sincronía con el color verde espeso del estanque.

—Bienvenidos al jardín de la abdicación, hermana Yeon-woo —la voz de Lee-sun descendió por las escaleras de piedra con una modulación gélida, limpia de estática, pero cargada de una profunda y dolorosa emoción dinástica—. Creíste que el asfalto de tu hospital en Gangnam te protegería del invierno. Olvidaste que la tierra de este palacio recuerda cada gota de sangre que derramamos para construir tu corona de seda.

Kang-dae dio tres pasos al frente, interponiendo el plano horizontal de su cuerpo entre el traidor y la cirujana. Su mano derecha se deslizó bajo la gabardina, aferrando la empuñadura de la espada de plata de la guardia real con una fijeza indomable.

—Tu juego se quedó sin servidores en Europa, muchacho —sentenció el General, su voz barítona resonando con la autoridad de un trueno contenido en mitad de la bruma—. Las cuentas de Zúrich están vacías y la Matriarca duerme en una celda de hormigón de la que nunca volverá a despertar. No tienes un imperio que reclamar en este siglo.




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