Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 53: El veredicto del loto negro

Palacio de Changdeokgung, Seúl.

06:12 AM. Diez minutos después de la disolución.

La capa de seda verde de Lee-sun permanecía sobre las losas de granito húmedas del pabellón de Juhamnu, hundiéndose lentamente en el lodo blando del sendero a medida que la bruma del amanecer se retiraba. El príncipe del norte se había desvanecido, pero el Jardín Secreto de Changdeokgung no había recuperado su silencio patrimonial. El agua del estanque de Buyongji, aunque ya no hervía con el espeso verde jade de la paradoja vegetal, mantenía una quietud antinatural, una superficie tan pulida y oscura que parecía un espejo de obsidiana diseñado para reflejar los cielos rotos de la península.

Yoo Ha-yun continuaba de rodillas al lado de la cápsula de aislamiento del Capitán herido. Su bata blanca de cirujana, desprovista de la protección del abrigo gris, estaba manchada de la estática y el hollín de los conectores eléctricos que acababan de colapsar. Tenía los dedos fijos en el monitor del soporte vital portátil, vigilando la transición molecular del paciente.

La aguja de titanio seguía clavada en el orificio de inducción. El ritmo cardíaco del soldado del norte se había estabilizado de forma artificial en cuarenta y dos latidos por minuto, pero la secuenciación de su plasma en la pantalla de Shinwha ya no mostraba la ramificación resinosa de la savia. El virus molecular del año 2026 había congelado la transmutación biológica justo en el límite del ventrículo derecho, atrapando al heraldo de Joseon en un limbo clínico definitivo.

—La compresión térmica ha bajado a cero en el perímetro de Jongno, doctora Yoo —la voz del secretario Kim llegó desde el borde del estanque, rompiendo la solemnidad del patio—. Los servidores municipales de la capital están reiniciando sus sistemas de forma secuencial. La fluctuación verde ha sido contenida.

Ha-yun no respondió. Se levantó despacio, sintiendo que sus piernas amenazaban con ceder bajo el peso de una fatiga que le perforaba los huesos. Se miró la palma de la mano derecha, donde la gasa que envolvía su incisión quirúrgica comenzaba a humedecerse con una mezcla de sudor y el agua de la llovizna que persistía sobre el palacio antiguo. La cicatriz ya no emitía calor; estaba fría, común, reducida a la honestidad de la carne mortal.

A su lado, Kang-dae envainó la espada de plata de la guardia real en su gabardina negra técnica con un movimiento lento y pesado que delató el límite de sus fuerzas físicas. Su rostro esculpido lucía una palidez de tiza, y un hilo de sudor helado le corría por la mandíbula, evidenciando que la anemia severa seguía cobrándose el esfuerzo de la guardia diagonal perfecta.

Avanzó hacia ella y, rodeando sus hombros con sus brazos largos y poderosos, la atrajo contra su pecho con una desesperación templada que lavó el hollín de sus facciones. Ha-yun hundió el rostro en el tejido de su jersey gris marengo, escuchando el compás regular, ordinario y humano de su corazón batiéndose contra su oído. Habían cerrado la cuarta terminal; las raíces del pasado habían sido cortadas con la química del presente.

—Se terminó, mi cirujana… esta vez de verdad —susurró el General, sus labios buscando la frente de ella con una ternura devota que detuvo el viento de la mañana en la conciencia de la doctora—. Ya no hay príncipes que reclamen tu plasma, ni imperios de seda que nos obliguen a sangrar en la nieve.

Ha-yun cerró los ojos, permitiendo que las lágrimas de puro alivio desbordaran sus párpados, deslizándose por sus mejillas hasta perderse en el cuello del abrigo del hombre. Tres vidas de exilio, persecuciones y laboratorios cuánticos se habían reducido al simple y hermoso derecho de respirar el aire limpio de la aurora de Seúl en sus brazos. El año 2026 finalmente se abría ante ellos como una llanura pacífica.

La última firma de la corporación

Sede Central del Grupo Shinwha, Planta Presidencial.

14:30 PM. Ocho horas después del asedio.

El sol de la tarde lograba finalmente perforar el frente de nubes bajas, inundando la inmensa oficina ejecutiva de Kang-dae con una claridad dorada que limpiaba las sombras de la noche anterior. Sobre el escritorio de cristal negro, rodeado de carpetas notariales y contratos de disolución de activos de Hanseong, el secretario Kim depositaba la tableta digital de alta seguridad con su mano derecha libre. Su cabestrillo ortopédico continuaba ajustado bajo su traje de sastre, pero su postura militar había recuperado la templanza de la rutina corporativa.

—Señor… los apoderados legales de la farmacéutica global en Ginebra han firmado el acta de desistimiento definitivo ante los tribunales de Seúl —informó Kim, su voz arrastrando un cansancio idéntico al de ellos—. Tras el fallo biométrico de la cápsula en Changdeokgung, los inversores de Europa han clasificado la Paradox como un "activo biológico inestable no recuperable". Han vendido el resto de sus acciones preferentes al banco custodio de Shinwha por un valor nominal. Legalmente, el proyecto del Velo ha dejado de existir en los registros internacionales.

Kang-dae permanecía de pie frente al ventanal de cristal blindado, mirando cómo los vehículos en la avenida de Teheran-ro fluían con el ritmo ordinario de la rutina comercial de Gangnam. Vestía un traje de sastre negro de tres piezas que ocultaba por completo los vendajes de su costado, y aunque sus facciones mantenían la severidad aristocrática del mando supremo, sus ojos negros fijos en el tráfico reflejaban la calma del soldado que ha entregado su última posición de guardia.

—¿Y el Capitán del norte, Kim? —preguntó el General, sin girarse.




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