Hospital Central de Shinwha, Departamento de Trauma.
21:15 PM.
El sonido de la lluvia de finales de primavera golpeaba los inmensos ventanales de la sala de descanso de cirujanos con un compás amortiguado. Yoo Ha-yun permanecía sentada frente al monitor de su casillero digital, con una taza de té de crisantemo intacta entre las manos. La iluminación blanca del hospital perfilaba el cansancio en sus hombros, pero sus ojos negros mantenían esa fijeza clínica que la había convertido en la jefa de urgencias más joven de Gangnam.
Se desabrochó el puño de la bata blanca y contempló la palma de su mano derecha. La línea blanquecina de la antigua incisión quirúrgica lucía inerte, perfectamente integrada en los pliegues naturales de su piel mortal. Ya no había calor vegetal, ni el mercurio azul cobalto del elixir de Joseon. El Capitán del norte continuaba en un coma inducido estable en el pabellón de neurología de máxima seguridad, monitorizado como un ciudadano común. El pasado parecía haber agotado sus cartuchos biológicos.
Sin embargo, una extraña opresión en el esternón, un frío sordo que no respondía a la temperatura climatizada del hospital, le impedía respirar con normalidad.
—Doctora Yoo… la junta médica acaba de autorizar el traslado de los expedientes de contención al archivo pasivo de la torre presidencial —la voz del enfermero jefe, Min-ho, irrumpió en la sala al deslizarse la puerta batiente—. El secretario Kim dio el visto bueno desde Songdo. Parece que finalmente cerramos el inventario de la Paradox.
Ha-yun dejó la taza sobre la mesa metálica, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Gracias, Min-ho. Asegúrate de que los monitores de la cubícula siete queden indexados en la red ordinaria. No quiero que ningún residente tropiece con protocolos bloqueados.
El enfermero asintió y se retiró. Ha-yun se puso en pie, dispuesta a colgar su bata para encontrarse con Kang-dae en el apartamento de la costa, pero en el instante en que su mano izquierda tocó la manija del casillero, el monitor principal de la central de urgencias —conectado de forma encubierta a los servidores privados de Shinwha— emitió una única pulsación electrónica.
No fue un pitido agudo ni una alarma estridente. Fue un zumbido sordo, una frecuencia tan baja que hizo vibrar el cristal de su taza de té.
La pantalla táctil de la consola experimentó una transición cromática que le heló la sangre a la cirujana. Los gráficos habituales de los signos vitales se desvanecieron por completo. La pantalla no se tiñó del azul de las terminales, ni del rojo de la purga, ni del verde jade del palacio antiguo. El monitor se hundió en un color negro absoluto, denso, un espectro de vacío cuántico que comenzó a absorber los indicadores analíticos de la red como una mancha de tinta que se expande en el agua pura.
En el centro del vacío negro, una línea de texto cifrada apareció en la pantalla, emitida desde una estación automatizada que no figuraba en ninguna de las órbitas conocidas de la península:
"El equilibrio que firmaron en el jardín de las glicinas es solo el retraso de la última fase, doctora Yoo. Al destruir las cuatro terminales biológicas, el sistema no se extinguió... consumió el espacio intermedio que sostenía la causalidad de sus tres vidas. El verdadero Espejo no estaba en el agua ni en la roca. El Velo ha comenzado a devorar la memoria celular del único cuerpo que retiene el anclaje original de la guardia real. El General Kang-dae no está envejeciendo como un mortal común. Su miocardio está colapsando en la frecuencia del vacío negro en este mismo segundo".
El colapso del guerrero
Área Residencial de Songdo, Apartamento Ejecutivo.
21:30 PM.
La berlina negra del Grupo Shinwha frenó en seco frente al complejo de torres de cristal de Songdo, levantando una densa cortina de agua de lluvia sobre el asfalto. Ha-yun no esperó a que los operativos de seguridad abrieran la portezuela; empujó la puerta y corrió hacia el vestíbulo de mármol, con la bata blanca abierta ondeando tras ella y el kit de trauma portátil golpeándole el costado.
Cuando el ascensor de alta velocidad abrió sus puertas en la planta presidencial, el silencio que la recibió en el ático era sepulcral, roto únicamente por el siseo del sistema de climatización y el murmullo de la tormenta exterior que golpeaba los inmensos ventanales.
—¡Kang-dae! —gritó Ha-yun, su voz quebrándose por una emoción desgarradora que le llegó al fondo del alma.
Avanzó por el pasillo de madera oscura hacia el salón principal. Al cruzar el umbral, la tableta digital del secretario Kim se encontraba en el suelo, con la pantalla astillada parpadeando en esa misma estática de color negro absoluto que había visto en el hospital. Junto al sofá de sastre, de rodillas sobre la alfombra gris, permanecía el secretario Kim, intentando sostener con su único brazo libre el cuerpo inmóvil del General.
Kang-dae yacía de espaldas, con la cabeza apoyada en el regazo de Kim. Su jersey de punto gris claro estaba entreabierto, rasgado desde el cuello por la urgencia del secretario. El rostro del General, habitualmente una arista de piedra inquebrantable, lucía una palidez cadavérica, azulada en los extremos de sus labios patricios. Sus ojos negros, habitualmente fijos en Ha-yun con una devoción indomable, permanecían entornados, fijos en el techo con una opacidad que delataba la pérdida inminente de la conciencia.
Pero lo que provocó que a la cirujana se le paralizara el pulso fue el centro de su pecho.
Justo sobre el esternón de Kang-dae, donde la antigua marca de la guardia real se había disuelto tras la batalla del palacio, una cicatriz tridimensional de un color negro absoluto parpadeaba con una cadencia lenta y pesada. La marca no desprendía calor ni savia; absorbía la luz de las lámparas de la estancia, creando un sutil efecto de distorsión gravitatoria que hacía que el tejido de su piel humana se contrajera hacia el núcleo con cada latido agónico. Su miocardio registraba apenas veintiocho pulsaciones por minuto.