Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 56: El umbral del cielo negro

Base Aeroespacial Privada del Grupo Shinwha, Cheongju.

09:12 AM.

El zumbido de los extractores de aire industriales en el hangar subterráneo número nueve ahogaba el murmullo de la tormenta que se retiraba de la costa este. La iluminación cenital, de un blanco clínico y despiadado, se reflejaba en las placas de aleación de titanio y fibra de carbono del Hanseong-V, el vector de mantenimiento suborbital de despegue vertical que descansaba en el centro de la plataforma de lanzamiento. La nave no ostentaba los colores de las agencias espaciales gubernamentales; era una silueta ejecutiva, estilizada y oscura, diseñada por la división de ingeniería avanzada de Shinwha para dar soporte a su red de satélites en la órbita baja.

Yoo Ha-yun permanecía en la pasarela de embarque, vestida con un traje de presurización intravehicular de alta tecnología, ceñido al cuerpo y de color blanco perla, que reemplazaba de forma definitiva su gabardina y su bata de cirujana. Tenía el casco colgado del arnés del muslo izquierdo, permitiendo que el aire acondicionado del hangar le enfriara las facciones. Sus dedos largos, enguantados en polímero térmico, acariciaban el monitor de su muñequera táctica.

La delgada línea rosada de su palma ya no sangraba, pero bajo el tejido común de su muñeca derecha, la pulsación febril persistía en una frecuencia sorda, un eco amortiguado que vibraba en perfecta sincronía con los condensadores de grafito del satélite que giraba a cuatrocientos kilómetros sobre sus cabezas.

—El vector ha completado la carga de combustible criogénico, Ha-yun —la voz de Kang-dae descendió sobre ella, cargada de esa modulación barítona, templada y profunda que siempre le devolvía el eje en mitad de la vorágine.

El General avanzaba por la pasarela vistiendo el mismo traje de presurización en un tono gris militar oscuro. Su rostro, esculpido con las aristas inquebrantables del Comandante Supremo de la guardia real, mantenía la palidez de su anemia humana, pero sus ojos negros la miraban con una devoción indomable. En su cinturón táctico, fijado mediante cierres magnéticos estancos, transportaba la espada de plata. El acero ordinario ya no poseía el oro cuántico del palacio, pero el peso del metal representaba el anclaje definitivo de sus tres existencias.

—¿Estás segura de que tu software de contención médica puede aislar una frecuencia estratosférica desde la cabina, mi cirujana? —preguntó Kang-dae, deteniéndose a escasos centímetros de ella, sus manos largas buscando las suyas para transmitirle el calor real de su piel humana.

—El Espejo del Firmamento está usando el Hanseong-Sat-05 como un amplificador biológico, Kang-dae —respondió Ha-yun, mirándolo a los ojos con esa soberbia majestuosa que pertenecía a su estirpe—. La señal del vacío negro no es un código informático ordinario; es el residuo transcriptor de la Paradox que extraje de tu pecho en Songdo. Si no acoplamos nuestra consola de trauma directamente al bus de datos del satélite antes de que la compresión térmica llegue al cien por cien, la descarga de inducción inversa borrará la memoria celular de Seúl en un suspiro electrónico. Tengo que entrar en ese quirófano a oscuras.

Kang-dae apretó su agarre, inclinando la frente hasta rozar la de ella en un beso mudo que detuvo el rugido de las turbinas en la conciencia de la doctora.

—Pasamos cuatrocientos años aprendiendo a morir bajo el cielo de Joseon, Ha-yun —susurró el General contra sus labios—. No voy a dejar que un fragmento de bronce flotante decida el final de nuestra era entre las estrellas. Entraremos juntos.

La interrupción en la pasarela

Antes de que los amantes pudieran cruzar la escotilla neumática del Hanseong-V, las alarmas perimetrales del hangar subterráneo mutaron de golpe, abandonando el tono amarillo de preparación para encender un parpadeo de color ámbar hostil que inundó la plataforma de una iluminación tétrica.

La pasarela de granito vibró sutilmente cuando la triple compuerta de seguridad del ala norte fue derribada desde el exterior mediante un dispositivo de descompresión forzada. Una nube de vapor y chispas blancas invadió el muelle de embarque, revelando una silueta que avanzaba entre los jirones de niebla con una parsimonia aristocrática que congeló la respiración de la cirujana.

No era un operativo leal del secretario Kim.

Era Lee-sun. El príncipe destronado de los olvidados, cuyo cuerpo creían disuelto en las brumas del palacio antiguo de Changdeokgung. Vestía un traje de presurización militar negro de alta presión, desprovisto de logotipos corporativos, pero con la capa ceremonial de seda verde oscuro ondeando tras sus hombros, rasgada por el rigor de las fluctuaciones cuánticas. Su rostro perfecto lucía una palidez translúcida, y sus ojos, dos esferas de un negro absoluto que imitaban la herencia del linaje real, miraban a Ha-yun con una cortesía escalofriante que delató la locura final de su estirpe.

En su mano derecha no empuñaba la daga de bronce viejo; sostenía una unidad de control satelital de platino y grafito, cuyos indicadores digitales parpadeaban en perfecta sincronía con la estática de color negro absoluto que parpadeaba en las pantallas del hangar.

—Llegaron al último conteo del balance, hermana Yeon-woo —la voz de Lee-sun llegó a través de los intercomunicadores de la pasarela, limpia de toda distorsión, pero cargada de una profunda y trágica emoción milenaria—. Creyeron que el bisturí de tu hospital de Gangnam podría extirpar la raíz que la primera era sembró en el firmamento.

Kang-dae dio tres pasos al frente, adoptando la guardia militar diagonal perfecta, su mano derecha buscando la empuñadura de la espada de plata de la guardia real de forma automática. Sus ojos negros se clavaron en el cuello de Lee-sun, donde la cicatriz de la fosa del mar permanecía como una marca delgada.




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