Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 57: El pulso de la frontera blanca

Zona Desmilitarizada (DMZ), Frontera Norte de la Península.

23:45 PM.

La llovizna que había azotado las costas de Geoje y los muelles de Busan se había transformado aquí, en el paralelo treinta y ocho, en una niebla helada, densa y fantasmal que borraba los límites entre el presente y el olvido. La vegetación de la franja de contención, intocada por la civilización durante décadas, crujía bajo el viento del norte con un sonido sordo, similar al frotar de miles de pergaminos viejos. A lo lejos, las torres de vigilancia se erigían como centinelas mudos de una tregua geopolítica que estaba a punto de ser devorada por una guerra mística mucho más antigua.

Yoo Ha-yun avanzaba por el camino de tierra batida perimetral vistiendo una parka táctica oscura sobre su bata blanca de cirujana, cuyos puños permanecían firmemente ajustados para proteger sus manos del frío extremo. En su mano izquierda sostenía la terminal de análisis biológico portátil de Shinwha. Su mano derecha, sumergida en el bolsillo, rozaba de forma constante la delgada cicatriz rosada de su palma. Ya no sentía la savia verde del palacio ni la estática negra del firmamento; sin embargo, un hormigueo de un color blanco absoluto, denso y cegador, comenzaba a irradiar desde el tejido subcutáneo de su muñeca, respondiendo a la anomalía térmica detectada en los radares de la frontera.

A su lado, Kang-dae caminaba con una fijeza militar que desafiaba el terreno escarpado. Su imponente figura, envuelta en un abrigo de combate negro, proyectaba la sombra del General de la guardia real que regresa al último campo de batalla de su era original. Su rostro era una arista de granito lavado por la niebla, y sus ojos negros se entornaban cada vez que el pitido de la terminal del secretario Kim delataba un incremento en la presión cuántica del subsuelo. En su cinturón táctico, la espada de plata permanecía inmóvil, un trozo de acero común que cargaba con el veredicto definitivo de sus tres existencias.

Detrás de ellos, una unidad de transporte acorazado de Shinwha mantenía sus motores diésel al ralentí, listos para desplegar el equipo de contención en mitad del páramo.

—La fluctuación térmica en el sector de la central solar abandonada ha alcanzado el noventa y dos por ciento, doctora Yoo —la voz del secretario Kim llegó a través del auricular, transmitida desde la torre de Gangnam con una distorsión que delataba la saturación del espacio aéreo—. Las lecturas no muestran los patrones moleculares de las cepas anteriores. El sistema de la primera era ha entrado en la fase de Cierre del Lino. Está usando el plasma residual de los soldados caídos en el asedio original para congelar la causalidad del año 2026 desde la línea de demarcación.

Ha-yun se detuvo frente a la verja de alambre de espino que limitaba el acceso a la antigua central de energía solar de la frontera. Detrás del cercado metálico, los inmensos paneles reflectores, diseñados para captar la luz del sol moderno, parpadeaban con una luminiscencia de un color blanco absoluto, tan denso y puro que anulaba las sombras de la noche. El suelo mineral de la central no estaba cubierto de lodo ni de ceniza gris; una delgada capa de escarcha de cristal blanco corría por la tierra, congelando las raíces de la maleza en un suspiro electrónico que avanzaba hacia el sur.

—Es el ventrículo izquierdo del Velo, Kang-dae —articuló la cirujana, su mente analítica traduciendo la física del desastre con la rapidez de un diagnóstico de trauma de urgencias—. El médico de la corte de Joseon lo llamó el Sudario de la Nieve. Si permitimos que el pulso blanco complete la sincronización con los reflectores solares en los próximos sesenta minutos, la onda de choque térmica anulará el movimiento molecular de toda la península. Seúl no se convertirá en un imperio... se transformará en una fotografía estática, un instante congelado en mitad del invierno de 1622.

El espectro del palacio de lino

Antes de que los operativos de la guardia leal pudieran cortar la verja de espino, la niebla helada de la frontera se abrió en un vórtice silencioso, revelando una silueta que avanzaba por el campo de reflectores blancos con una parsimonia patricia que heló la sangre de los presentes.

No era un operativo táctico de la farmacéutica global, ni un mercenario de los sindicatos de Europa.

Era Lee-sun. El príncipe destronado que creían disuelto entre las chispas del hangar de Cheongju. Vestía su traje de presurización militar negro, pero sus hombros estaban cubiertos por una túnica ceremonial de lino blanco puro, desprovista de bordados imperiales, manchada del hollín místico de las Paradox extinguidas. Su rostro perfecto lucía las líneas de una vejez prematura provocada por el colapso genético, y sus ojos, dos esferas de un negro absoluto que imitaban la herencia del linaje real, miraban a Ha-yun con una cortesía escalofriante que delató la demencia final de su estirpe.

En su mano derecha sostenía un cilindro de cuarzo sellado que albergaba el último núcleo de magnetita pura de la Matriarca, cuyo fulgor blanco parpadeaba en perfecta sincronía con la escarcha que avanzaba por el lodo de la frontera.

—Bienvenidos al último acto del balance, hermana Yeon-woo —la voz de Lee-sun llegó a través de la frecuencia de emergencia de sus cascos, limpia de estática, pero cargada de una profunda y dolorosa emoción milenaria—. Creyeron que el acero ordinario del General podría cortar la red que sostiene el techo de nuestro Palacio legítimo. Olvidaron que en nuestro linaje, si la costura del tiempo no se cierra con un hilo de oro, preferimos envolver el presente en el sudario de lino de los olvidados.

Kang-dae dio tres pasos al frente, interponiendo el plano horizontal de su cuerpo entre el traidor y la cirujana. Su mano derecha desenvainó la espada de plata de la guardia real con un movimiento lento, pesado y lleno de una fijeza asesina que cortó el viento helado de la DMZ.




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