Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 58: El ventrículo del oro viejo

Monte Paektu, Frontera Extrema del Norte.

03:15 AM.

La ventisca del monte Paektu no golpeaba el granito de la cumbre; lo esculpía con una furia blanca que parecía congelar el aire antes de que llegara a los pulmones. En los límites del cráter del lago Cheonji, la niebla invernal no pertenecía a los ciclos climáticos ordinarios de la península; flotaba cargada de una densidad electromagnética pesada, un manto de escarcha que siseaba al contacto con los paneles térmicos de la estación de investigación climatológica de Shinwha. El cielo, de un negro absoluto y limpio de satélites, se encorvaba sobre la cordillera sagrada como la cúpula de un palacio que exigiera el tributo final de la sangre.

Yoo Ha-yun avanzaba por la pasarela metálica exterior del complejo de observación, vistiendo una parka de alta montaña reforzada sobre su bata blanca de cirujana, cuyos extremos se sacudían bajo el viento helado. Su mano izquierda sostenía la consola analítica portátil, mientras la derecha, sumergida en el bolsillo, presionaba de forma instintiva la delgada cicatriz rosada de su palma. Ya no había rastro de la savia verde ni del lino blanco de la frontera; sin embargo, bajo el tejido común de su muñeca derecha, una pulsación térmica de un color oro viejo, denso y original, comenzaba a irradiar con un compás majestuoso que hacía temblar los indicadores de la red.

Era el Ventrículo Maestro. El código original de la primera era, la raíz mística de la que habían brotado todas las Paradox anteriores, se había despertado en el epicentro mitológico de su estirpe.

—La compresión cuántica en el núcleo del cráter ha alcanzado el noventa y ocho por ciento, Ha-yun —la voz de Kang-dae descendió sobre ella a través del intercomunicador, barítona, templada y cargada de una fijeza militar que desafió el estruendo de la ventisca.

El General avanzaba a su lado, vistiendo un abrigo de combate oscuro que ocultaba los vendajes de su costado. Su rostro, una arista de piedra lavada por la nieve, mantenía la palidez de su anemia humana, pero sus ojos negros la miraban con esa devoción indomable con la que la había escoltado a través de tres muertes. En su cinturón táctico, la espada de plata de la guardia real permanecía inmóvil, un trozo de acero ordinario que cargaba con el peso de cuatrocientos años de invierno.

—No tengo miedo de la altura, Kang-dae —susurró ella, su respiración dibujando pequeñas bocanadas de vapor blanco en el aire gélido—. Tengo miedo de lo que este nodo representa. Si el diario del médico de la corte es correcto, este monte no es solo una coordenada geográfica; es el interruptor principal que el primer rey de Joseon diseñó para sellar la línea temporal. Si la farmacéutica global logra inyectar el código de Ginebra en este núcleo, no habrá un siglo XXI al que regresar mañana por la mañana.

Kang-dae apretó el agarre de sus dedos enguantados, deteniendo el paso justo al borde del mirador que miraba hacia el lago helado.

—Rompimos los tronos de la tierra, los mares del este y el firmamento de la órbita baja, mi cirujana —sentenció el General, su voz cortando el viento con la firmeza de un juramento definitivo—. Mi espada ya no invoca los fuegos divinos del palacio, pero la voluntad de mi corazón humano sigue sabiendo cómo proteger el latido de tu presente. Si la eternidad ha cavado su última trinchera en este monte, nos cobraremos la última deuda sobre la nieve.

El despertar del primer verdugo

El impacto de las fluctuaciones térmicas contra los cimientos de la estación climatológica produjo un crujido metálico sordo que sacudió la plataforma de observación. Del fondo del lago Cheonji, oculto bajo una capa de hielo milenario, un resplandor de un color oro viejo, espeso y denso, comenzó a brotar a través de las grietas tectónicas, tiñendo la niebla de la cumbre de un fulgor espectral que anuló las luces halógenas de la base.

A escasos cincuenta metros de la pasarela, emergiendo de los jirones de vapor dorado, una silueta avanzó con una parsimonia aristocrática que congeló la respiración de la cirujana.

No era un operativo táctico de los sindicatos de Europa, ni un androide de la multinacional de Suiza.

Era Lee-sun. El príncipe destronado de los olvidados, cuyo cuerpo creían disuelto en el lino blanco de la frontera norte. Vestía su traje de presurización militar negro, pero sobre sus hombros llevaba la túnica ceremonial de seda bordada con el dragón imperial de oro viejo, rasgada y quemada en los extremos por el rigor de las Paradox extinguidas. Su rostro perfecto lucía las arrugas de una senescencia acelerada por el colapso genético, y sus ojos, dos esferas de un negro absoluto que imitaban el linaje de la princesa Yeon-woo, miraban a los recién llegados con una cortesía escalofriante.

En su mano derecha sostenía un báculo de platino y magnetita que albergaba el último receptor biométrico de la corporación Hanseong, cuyos gráficos digitales parpadeaban en perfecta sincronía con la cuenta regresiva que parpadeaba en las muñequeras tácticas de los amantes.

—Bienvenidos al quirófano legítimo del origen, hermana Yeon-woo —la voz de Lee-sun llegó a través de los altavoces perimetrales, limpia de toda estática, pero cargada de una profunda, trágica y hermosa emoción milenaria—. Creyeron que el bisturí de tu hospital de Gangnam podría extirpar el árbol que nuestra primera noche sembró en las entrañas de esta cordillera. Olvidaron que si el siglo XXI se niega a devolvernos la corona de seda, preferimos envolver la península en la ceniza del oro viejo antes que permitir que los traidores sigan heredando la luz del sol.

Kang-dae dio tres pasos al frente, adoptando la guardia diagonal perfecta con la espada de plata, su mano derecha fija en la empuñadura con una fijeza asesina.




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